Una CEO implacable, fría y adicta al control que vive bajo la sombra de una traición pasada. Un técnico de mantenimiento alegre, gigante y de espíritu libre que contagia ritmo de salsa y sonrisas a cada paso. Cuando los mundos opue stos de Ariadna Riquelme y Jonathan Guedez chocan en los pasillos de un corporativo de lujo, el caos está garantizado. Entre hojas de cálculo imposibles, miradas que queman y un choque cultural inminente, Jonh pondrá de cabeza la perfecta y fría rutina de la jefa... demostrando que la armadura más dura a veces solo necesita un buen golpe de sabor y un corazón dispuesto a latir sin permiso.
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EL CHOQUE DE DOS MUNDOS
El sol de la mañana iluminaba con fuerza la imponente casa de campo de la familia Riquelme, un refugio de lujo rodeado de amplios jardines verdes y rosales perfectamente alineados. Sin embargo, la paz visual de aquel paraje estaba a punto de verse interrumpida por un sismo cultural de proporciones épicas. A las diez en punto, un viejo sedán americano se detuvo ruidosamente frente a la entrada principal, expulsando una bocanada de humo y un eco inconfundible: una mezcla vibrante de acordeones y el repique alegre de unas maracas que salían a todo volumen por las ventanillas bajadas.
Ariadna Riquelme, de pie en la escalinata de la entrada, sintió que el ojo le latía con fuerza. Llevaba puesto un vestido blanco de lino de diseñador, impecable, sencillo y de corte estricto que parecía una armadura de alta costura frente al inminente caos. A su lado, su madre, Mariana, lucía una sonrisa divertida, mientras su padre, Arturo, sostenía una copa de coñac con una expresión de genuina emoción infantil.
—Por fin un poco de vida en este mausoleo —murmuró Arturo con una sonrisa socarrona, saboreando el momento.
La puerta del sedán se abrió y de él descendió Donato Guedez, luciendo su inseparable gorra desteñida y una franela cómoda, seguido inmediatamente por Esperanza, quien cargaba entre las manos una bandeja cubierta con un paño de lino del que emergía un aroma inconfundible a maíz tostado y mantequilla: arepas recién hechas. Detrás de ellos bajaron los abuelos, Eusebio con su bastón de madera tallada y su sombrero de cogollo, apoyado en el brazo de Catalina, cuyos ojos brillaban con una picardía infinita. Pero el plato fuerte emergió del asiento trasero: Jonathan "Jonh" Guedez, convertido en el coloso de la fiesta, vistiendo una camisa de trabajo arremangada que dejaba ver sus brazos esculpidos y una sonrisa capaz de iluminar el valle entero.
—¡Buenos días, familia Riquelme! —exclamó Jonh con su potente voz caribeña, haciendo que varios pájaros huyeran de los árboles cercanos—. ¡Llegó la artillería pesada del sabor!
Ariadna sintió que el aire le faltaba. Antes de que pudiera aplicar su protocolo de contención, Donato se adelantó con los brazos abiertos y le dio un abrazo tan cálido y rotundo que dejó a la CEO completamente rígida, como una estatua de mármol atrapada en un tractor.
—¡Pero miren a la jefa! ¡Si es más hermosa en persona que en los informes de mi muchacho! —bromeó Donato, dándole una palmada amistosa en la espalda que casi le saca el aire a Ariadna.
Esperanza no tardó en acercarse con su paso firme y maternal. Ignorando por completo la postura defensiva de la joven, le encasquetó una arepa caliente directamente en las manos.
—Deje esa cara de que se trago un limón, muchacha. Un buen bocado de esto le acomoda las ideas y le alegra el alma —dijo Esperanza con una ternura tan absoluta que Ariadna no supo cómo negarse ni dónde poner los ojos.
El contraste era brutal. Por un lado, la alta sociedad representada por los Riquelme en su máxima expresión de etiqueta contenida; por el otro, la estirpe de los Guedez, desbordando autenticidad, música llanera, risas estruendosas y una alegría incorruptible que desafiaba cualquier norma corporativa.
Eusebio, a sus ochenta y cuatro años, se acercó apoyándose en su bastón y, guiñándole un ojo a Arturo, sacó una pequeña armónica del bolsillo de su camisa.
—Don Arturo —dijo el abuelo con voz cascada pero firme—. ¿O qué, nos vamos a quedar aquí parados como espantapájaros o vamos a buscar dónde se pica la carne? Porque el estómago manda y la música no espera.
Arturo soltó una carcajada abierta, una de esas risas que hacía años no se escuchaban en la mansión, y le tendió la mano al viejo músico.
—Tiene usted toda la razón, Don Eusebio. Síganme, la parrilla está lista y el licor bueno también.
Mientras los hombres se retiraban hacia el área de la barbacoa entre anécdotas de trabajo y bromas de pueblo, Ariadna se quedó paralizada con la arepa humeante en las manos. Daniela Padrón, que había aparecido de la nada con un vaso de limonada en mano, se le acercó por el costado con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Ves, Ariadna? Te dije que necesitabas un poco de caos —susurró Daniela con picardía—. Ese gigante tuyo sabe cómo mover los cimientos de este corporativo y de tu propia casa.
Ariadna la fulminó con la mirada, pero antes de que pudiera replicar, una sombra alta y bronceada se proyectó sobre ella. Jonh se habia acercado, desprendiendo ese aroma fresco y limpio que tanto la descolocaba, con una sonrisa que rozaba la provocación cariñosa.
—¿Y bien, Jefa? ¿La arepa aprueba el control de calidad o necesita una auditoría de sabor? —preguntó Jonh inclinándose ligeramente hacia ella, con sus ojos claros fijos en los de la CEO.
Ariadna tragó saliva, sintiendo que toda su estructura mental, milimétricamente diseñada, se desmoronaba castillo de naipes tras castillo de naipes. Miró la arepa, miró los ojos de Jonh, y por primera vez en años, en lugar de congelar la situación con una orden estricta, dio un pequeño mordisco. El sabor era increíble.
—Está... aceptable, Sr. Guedez —logró decir Ariadna con un hilo de voz que intentaba mantener la dignidad.
Jonh soltó una carcajada sincera y contagiosa.
—Con el tiempo aprenderá a decir "deliciosa", Jefa. Se lo prometo.
Y mientras la música empezaba a sonar a lo lejos bajo el sol del mediodía, Ariadna supo que ya no había vuelta atrás. El Glaciar no solo se estaba derrumbando; estaba disfrutando del agua.