Scarlett Harrington lleva tres años casada con Ethan Collins. Durante todo ese tiempo creyó tener el matrimonio perfecto, construyendo un hogar junto al hombre que amaba y en quien confiaba plenamente.
Sin embargo, todo cambia el día que regresa antes de lo previsto de un viaje de negocios para sorprender a su esposo. La sorpresa termina siendo para ella cuando encuentra a Ethan en la cama con su propia mejor amiga. En un solo instante, el amor, la confianza y los sueños que había construido se hacen pedazos.
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Capitulo 11
A la mañana siguiente, Scarlett bajó al jardín con cautela, buscando un rincón tranquilo donde sentarse sin molestar a nadie. Allí estaba Alessandro, junto a una mesa de piedra, revisando unos papeles y hablando por teléfono en voz baja. Al verla, terminó la llamada enseguida, se levantó y le hizo una seña amable hacia la silla libre.
—Buenos días —dijo con su tono pausado y serio—. ¿Le apetece un café? O agua fresca, o quizás té…
—Té estaría muy bien, gracias —respondió ella, sentándose despacio, manteniendo cierta distancia—. No quería interrumpirle.
—No me interrumpe —aseguró él, sirviéndole una taza con cuidado—. Estaba revisando cuentas de los viñedos, nada urgente. Espero que haya descansado.
—Un poco —admitió ella, mirando el vapor que salía de la taza—. Es todo tan… distinto aquí. Tan silencioso.
—El silencio ayuda a escucharse a una misma —comentó él sin mirarla con insistencia—. No hay prisa por acostumbrarse. Tómese el tiempo que necesite.
Scarlett jugueteó con el asa de la taza, la desconfianza aún alerta en su interior.
—¿Sabe… sabe por qué estoy aquí?
—Sé que necesita paz —respondió él con sencillez—. Y que mi hermana la quiere mucho. Es suficiente para mí. No necesito saber detalles que no me corresponden.
Ella levantó la vista, sorprendida.
—¿No tiene curiosidad? Todo el mundo suele preguntar, o mirar como si…
—Como si fuera alguien a quien hay que compadecer —la completó él con calma—. La curiosidad no es respeto, Scarlett. Y compasión no es lo que usted necesita. Necesita ser tratada como la mujer que es, sin etiquetas ni historias ajenas.
Esa sinceridad directa, sin rodeos ni falsas lástimas, la dejó sin palabras. Estaba tan acostumbrada a las palabras dulces que ocultaban mentiras, que esa forma de hablar tan escueta y limpia le resultaba extraña… y a la vez, profundamente tranquilizadora.
—Nadie me había hablado así en mucho tiempo —confesó bajito—. Sin intentar adivinar nada, sin juzgar.
—No tengo derecho a juzgarla —dijo él, mirándola a los ojos con una seriedad cálida—. Y tampoco voy a llenarla de palabras vacías. Solo quiero que sepa que aquí está a salvo. Nadie la presionará, nadie la obligará a nada. Si algún día quiere hablar, o necesita algo, estaré. Si no, también está bien.
Scarlett sintió que una pequeña parte de esos muros que había levantado empezaba a ceder, casi sin darse cuenta.
—Gracias, Alessandro. De verdad.
Él asintió con una media sonrisa apenas esbozada, y volvió a sus papeles, dejándola tranquila a su lado, sin invadir su espacio, sin exigirle nada más que su propia presencia.
Pasaron unos minutos en un silencio agradable, solo roto por el canto de los pájaros y el suave movimiento de las hojas al viento. Scarlett seguía con la mirada fija en su taza, luchando contra el hábito de buscar segundas intenciones en cada gesto.
—Suele pasar —dijo Alessandro de repente, sin levantar mucho la vista de los papeles—. Cuando uno ha sido engañado, termina esperando la mentira incluso en la verdad más sencilla.
Scarlett alzó la vista, sorprendida de que hubiera dado justo en el punto que ella intentaba ocultar.
—¿Se nota tanto? —preguntó con una media sonrisa triste.
—Se nota en cómo se sienta, en cómo mira antes de hablar —respondió él con naturalidad—. No es una crítica. Es solo que… yo sé reconocer cuando alguien lleva una armadura puesta.
—¿Y usted también la lleva? —se atrevió a preguntar ella, con una curiosidad que le nació de golpe.
Alessandro hizo una pausa breve, y por un instante pareció mirar muy lejos.
—A veces. Pero aprendí que las paredes protegen, pero también impiden que entre la luz. Aquí nadie va a intentar derribar las suyas a golpes. Si alguna vez decide abrir alguna puerta, será porque usted quiera. Y si no… nadie se lo tomará a mal.
—Es muy extraño —reconoció Scarlett—. Estoy acostumbrada a que me pidan explicaciones, a que me digan qué debería sentir o hacer. Usted… usted solo me deja estar.
—Estar ahí es lo más importante cuando alguien está herido —aseguró él con firmeza—. No hace falta decir mucho. Solo hay que saber esperar.
Scarlett sintió que la garganta se le apretaba levemente, pero esta vez no era de dolor, sino de una gratitud inmensa y desconocida.
—No sabe cuánto le agradezco esto.
—No tiene que agradecerme nada todavía —respondió él, y esta vez su sonrisa fue un poco más amplia, iluminando sus ojos oscuros—. Solo cuide de usted misma. Eso es suficiente por ahora.