Helena De la Vega está dispuesta a todo con tal de no presenciar el día más infeliz de su vida: la boda del hombre que ama con su propia hermana. Desesperada y sin medir las consecuencias, recurre a Leonardo de la Torre, su leal amigo de la infancia y el único hombre con el poder suficiente para desatar una tormenta de celos.
El trato es simple: fingir un romance apasionado frente a las cámaras de la alta sociedad.
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Capitulo 17
El frío aire húmedo de la montaña se coló por la rendija de la puerta que Leonardo no había cerrado del todo. Sin embargo, en el interior del chalet, la temperatura parecía haberse elevado hasta un punto de ebullición.
Helena sintió el impacto de la presencia de Leonardo como una ola de calor directo sobre su piel. Dio un paso involuntario hacia atrás, pero el borde de la mesa de madera pulida le cortó el paso, dejándola atrapada entre el mueble y la imponente figura que avanzaba hacia ella.
—¿Cómo me encontraste? —logró pronunciar Helena, apretando las manos contra la madera para ocultar el temblor que amenazaba con traicionarla.
Leonardo no respondió de inmediato. Caminó con la gracia pausada de un cazador que sabe que la presa ya no tiene adónde correr. Se quitó las gotas de lluvia del cabello con un movimiento despreocupado de la mano, sin apartar ni un segundo esos ojos grises que brillaban con un fuego oscuro e implacable.
—¿De verdad creíste que un chalet familiar no registrado en el catastro público iba a ser un obstáculo? —preguntó él. Su voz era un susurro rasposo que pareció acariciarle la garganta a Helena, provocándole un escalofrío febril—. Compré la hipoteca de esta propiedad a través de un fondo de inversión hace seis meses, Helena. Conozco cada tabla de este suelo, cada llave y cada rincón.
El aire se le escapó a Helena de los pulmones. La revelación fue otro golpe a su golpeada ilusión de autonomía.
—Estás demente... —susurró, sintiendo una mezcla sofocante de pánico y una atracción traicionera que le hacía arder el vientre—. Esto ya no es un juego, Leonardo. Me aislaste, manipulaste a mi familia, compraste mi vida y ahora me persigues hasta aquí. ¡Déjame en paz!
Leonardo acortó la distancia final de un solo paso. Se colocó a tan escasos centímetros de ella que Helena pudo sentir la radiación de calor que salía de su pecho. El aroma a lluvia fresca, pino y a su perfume penetrante la envolvió como un abrazo físico, anestesiándole la voluntad.
—Nunca te voy a dejar en paz —murmuró él, inclinándose sobre ella hasta que la punta de su nariz rozó la piel sensible tras la oreja de Helena.
Un estremecimiento violento recorrió la columna vertebral de ella. Helena ahogó un jadeo cuando sintió los labios húmedos de Leonardo depositar un beso lento y abrasador en la curva de su cuello.
—Saliste de la suite a las tres de la mañana —continuó él, bajando una estela de besos febriles hacia su clavícula, provocando que a ella se le erizara la piel del escote del jersey de punto—. Apagaste tu teléfono a las tres y doce. Tomaste un taxi en la avenida principal y llegaste aquí a las cinco y cuarenta. Podría haberte detenido en la puerta del edificio, Helena. Podría haber bloqueado tu cuenta bancaria o mandado a detener ese taxi. Pero quería ver hasta dónde llegaba tu ilusión de libertad.
—¿Querías... ponerme a prueba? —articuló ella con dificultad, echando la cabeza hacia atrás contra la pared para intentar alejarse de la tortura placentera de su boca, aunque el movimiento solo le dejó expuesto más cuello.
—Querías cazar —corrigió él, erguimiéndose apenas lo suficiente para clavar su mirada en la de ella.
Sus manos, grandes y de dedos largos, subieron por los costados de Helena. Sus palmas se posaron en su cintura, apretando con la fuerza justa para pegarla a su cuerpo. La firmeza del abdomen de Leonardo contra el de ella desató una corriente eléctrica que hizo que los muslos de Helena temblaran.
—Quería que entendieras una cosa antes de la boda —dijo él en un murmullo imperioso—. Quería que comprobaras por ti misma que no hay mar, ni montaña, ni ciudad en este mundo donde puedas esconderte de mí. Mi influencia no es solo dinero o contratos, Helena. Es esto.
En un movimiento fluido y dominante, Leonardo metió la mano por debajo del jersey de punto de Helena, tocando directamente la piel desnuda de su espalda. Sus dedos fríos por la lluvia contrastaron de forma salvaje con el calor abrasador de la piel de ella, haciéndola arquearse instintivamente hacia su contacto.
—Leo... no... —suplicó ella, aunque el hilo de voz sonó más como una rendición que como una protesta.
—Dime que me odias —exigió él, deslizando la otra mano hacia su nuca para tomarla del cabello con firmeza, obligándola a mirarlo—. Dime que me odias mientras tu corazón late desbocado contra mi pecho. Dime que quieres que me vaya mientras te mueres porque te toque como lo hice anoche.
Helena abrió la boca para mentir, para gritarle que lo despreciaba por haber destruido su mundo, pero las palabras se ahogaron en su garganta. Estar cerca de Leonardo era como estar al borde de un precipicio y sentir el deseo irresistible de saltar. Su mente le gritaba que huyera de la jaula, pero su cuerpo, traicionero y hambriento, reconocía en él al único dueño de sus sentidos.
—No puedes obligarme a volver... —consiguió decir, intentando apoyar las manos en los hombros de él para mantener la distancia, aunque sus dedos terminaron enredándose en la tela mojada de su jersey.
—No voy a obligarte a nada, dulce Helena —dijo él, dedicándole una sonrisa oscura que le heló la sangre y le encendió el vientre al mismo tiempo—. Vas a volver conmigo por tu propia voluntad. Porque sabes que si te quedas aquí sola, te vas a consumir pensando en lo que dejamos a medias.
Sin darle tiempo a procesar la provocación, Leonardo atrapó sus labios en un beso voraz, definitivo y cargado de una posesividad absoluta. No hubo delicadeza; fue una declaración de dominio que le robó el aire. Su lengua se abrió paso con maestría, reclamando cada rincón de su boca con una intensidad que hizo que las rodillas de Helena cedieran por completo.
Si no hubiera sido porque Leonardo la sostuvo firmemente de las caderas, pegándola contra la mesa, Helena habría caído al suelo. Un gemido ahogado se escapó del pecho de ella, rindiéndose a la marea de sensaciones que solo él era capaz de provocarle. Sus manos abandonaron toda resistencia y se aferraron al cabello oscuro y húmedo de Leonardo, tirando de él para profundizar un beso que sabía a victoria para él y a una hermosa derrota para ella.
Leonardo bajó la mano que tenía en su espalda hasta la curva de su glúteo, alzándola ligeramente sobre el borde de la mesa. La fricción de sus cuerpos en la penumbra del chalet congelado borró el frío de la mañana, sustituyéndolo por un fuego sofocante.
—Eres mía, Helena —murmuró él contra sus labios entrecortados, mordisqueando suavemente su labio inferior hasta sacarle otro jadeo—. Puedes correr todo lo que quieras. La cacería siempre va a terminar de la misma forma: contigo en mis brazos.
Helena cerró los ojos, apoyando la frente contra el cuello de él, sintiendo el latido pesado y constante de su pulso. La huida había terminado. La cacería había concluido en cuestión de horas, y mientras las manos de Leonardo continuaban reclamando su piel bajo la ropa, Helena comprendió la aterradora verdad: no importaba qué tan lejos intentara volar, la jaula de oro de Leonardo era el único lugar donde su cuerpo se sentía verdaderamente vivo.