Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.
Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.
El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.
Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.
Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.
Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.
Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.
Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.
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Capítulo 6 — Heridas que todavía duelen
Los días posteriores a aquel incidente, todo empezó a cambiar poco a poco.
Los vecinos que antes solo observaban a Mela de lejos comenzaron a acercarse. Ya no eran murmullos a sus espaldas, sino saludos sencillos frente a su casa.
—Mel, ¿qué andas haciendo?
—Mel, ¿ya comiste?
—Si necesitas algo, nomás dime.
Mela les respondía a todos con una sonrisa, sin incomodidad alguna.
Dora era quien más la visitaba. Ahora hablaba con más cautela, pero también con más franqueza. A veces llegaba solo a sentarse en el porche, con un plato de plátanos fritos o simplemente a hacerle compañía mientras Mela barría el patio.
—De verdad te lo agradezco, Mel. Si no hubiera sido por ti... —Dora agachó la cabeza, sin saber qué habría sido de ella si hubiese seguido callada.
Mela solo sonrió. —Ya pasó. No le des más vueltas. Ahora Benito también recibió su merecido. Así que mejor pensemos en cómo seguir adelante.
Dora asintió.
Y no solo era Dora. Yolanda, que antes era la que más preguntaba, ahora pasaba de vez en cuando con un manojo de verduras. Susana, que al principio se había mostrado recelosa, empezó a quedarse a conversar más rato. Incluso las mujeres que antes solo habían sido voces anónimas en el corrillo ahora se acercaban a trabar amistad.
Una tarde, se reunieron todas en el porche de Mela.
La brisa soplaba despacio, arrastrando un aroma a tierra y hojas. No había ningún tema trascendental, solo charla ligera que fluía con naturalidad.
—Mel —la llamó Yolanda mientras pelaba cacahuates—. ¿Qué piensas hacer de ahora en adelante?
Mela, que estaba regando las plantas del patio, se detuvo un momento.
—No tengo ningún plan grandioso —respondió con honestidad—. Solo quiero vivir tranquila aquí. Quizá... empezar a sembrar hortalizas.
—¿Sembrar? —Susana se sorprendió—. ¿Quieres volverte agricultora?
Mela esbozó una sonrisa breve. —Sí. Quiero aprender. Además, la mayoría de la gente en el pueblo se dedica al campo, ¿no?
Lucía asintió con calma. —Eso es cierto. Pero llevas mucho tiempo viviendo en la ciudad. Entonces...
Dora le dio un leve codazo, indicándole que no siguiera por ahí. Luego miró a Mela. —No hay nada de malo en dedicarte al campo. También es un buen trabajo.
Mela sonrió y volvió la vista a las plantas. —Aquí... voy a empezar de cero.
La frase hizo que el silencio se asentara un instante.
Unos momentos después, Mela se volvió hacia ellas. —¿Por aquí cerca hay algún terreno baldío que se pueda trabajar?
La pregunta les despertó el interés de inmediato.
—Creo que sí —respondió Yolanda, haciendo memoria—. En la orilla del pueblo hay un terreno vacío. Pero está en una ladera.
—Sí —confirmó Dora—. Alguna vez intentaron sembrar ahí, pero siempre fracasó.
—Ya nadie lo quiere —agregó Susana.
Mela asintió despacio. —¿Y si yo quisiera intentarlo?
Se miraron entre ellas.
—Pues... se puede —concedió Dora—. El dueño lleva años desentendido. Pero ya te dijimos: otros lo intentaron y fracasaron. Si estás dispuesta a esforzarte, tal vez funcione.
—No tal vez. Seguro que funciona —exclamó Lucía.
Mela sonrió. —No importa. —Se puso de pie, caminó hasta el borde del patio y posó los ojos en la orilla del pueblo, que apenas se distinguía a lo lejos.
Tierra que nadie quería. Tierra que daban por perdida. Por alguna razón, le resultaba familiar.
Respiró hondo. Antes, había construido su vida entera para los demás. Había cuidado algo que, al final, nunca fue realmente suyo.
Pero ahora quería intentar cuidar algo sencillo. Algo que tal vez fracasaría. Pero que al menos sería suyo.
Curvó apenas los labios. —Si se cuida bien, debería poder crecer —murmuró.
Esa mañana, Mela fue a buscar al dueño del terreno en compañía de Dora. Después de los trámites correspondientes, la tierra pasó a ser suya. La compró con el dinero de la compensación que había recibido de Arman.
El precio no fue alto, porque el terreno estaba abandonado y no producía nada. Pero con la determinación que la empujaba, Mela se propuso cuidar aquella tierra y convertirla en el comienzo de su emprendimiento.
Al día siguiente, el terreno en la orilla del pueblo empezó a cambiar de cara.
La maleza que antes crecía sin control fue arrancada poco a poco. La tierra compacta comenzó a abrirse, aunque todavía estaba lejos de quedar pareja.
Mela se plantó con el azadón en las manos. Le faltaba un poco el aire y el sudor le corría por las sienes.
—Pesa bastante, ¿eh? —murmuró.
—Obvio que pesa —replicó Yolanda mientras arrancaba hierba con las manos—. ¿Creías que era como barrer el piso de la casa?
Dora soltó una risita. —Pero ya se nota, Mel. Ya va tomando forma.
Mela contempló la tierra, que todavía estaba lejos de estar lista para la siembra. Pero al menos ya no era un terreno salvaje.
—Sí.
Volvieron a la faena. Las manos sucias de tierra, los pies cubiertos de polvo, pero sin queja alguna. Para Mela, era la primera vez que sentía un cansancio que, en vez de agotarla, la tranquilizaba.
Sin embargo, esa calma se quebró con unos pasos apresurados y un grito.
—¡Mel! ¡Mel!
Mela giró la cabeza.
Lucía y Susana venían corriendo hacia ellas, con la respiración entrecortada. Las dos traían el rostro tenso.
—¿Qué pasa? —preguntó Mela.
Susana le tendió el celular sin rodeos. —Mira tú misma.
Mela frunció el ceño, tomó el teléfono y vio un video que se estaba reproduciendo. En la pantalla aparecía gente elegantemente vestida en una fiesta, con luces brillantes y música suave de fondo.
Y ahí, en medio de la imagen, una figura que conocía de sobra: Arman.
El hombre vestía un traje caro y sonreía de oreja a oreja saludando a los periodistas. A su lado, una mujer atractiva le sostenía el brazo con total aplomo.
Era Camila.
El corazón de Mela pareció detenerse un segundo. Pero no mostró ninguna reacción.
En el video, un periodista preguntó sobre el avance del negocio y el lanzamiento de un nuevo producto de la empresa. Después, otro reportero se atrevió a preguntarle a Arman por el divorcio.
Sí, el divorcio se había tramitado de forma reservada. Nadie conocía la razón por la que Mela había demandado la separación. Pero por más cuidado que se ponga en guardar un secreto, al final siempre termina por salir. Y no fueron pocos los que lamentaron la ruptura, porque la relación nunca había estado envuelta en escándalos.
Por eso, cuando la gente se enteró, casi nadie podía creer que hubiera existido una tercera persona en aquel matrimonio.
Pero Camila no se conformó con el silencio. Esbozó una sonrisa y respondió a la pregunta con absoluta seguridad.
—Yo no fui la tercera en el matrimonio de Arman y Mela. Yo soy la mujer a la que Arman ama. —Posó los ojos en él y sonrió con dulzura—. Yo fui su primer amor.
El murmullo en el video se disparó.
Camila continuó, con un tono que daba a entender que estaba aclarando la verdad.
—Si hablamos de quién fue realmente la tercera, fue Mela. Ella me arrebató a Arman. Si no hubiera sido por ella, nosotros habríamos estado juntos desde siempre.
Mela contuvo el aliento. La brisa que un momento antes le refrescaba la piel pareció quedarse quieta.
Dora la observó con cautela. —Entonces... fue por esa mujer que tú... —empezó a decir en voz baja, pero no se atrevió a terminar.
Mela no contestó. Pero su silencio fue respuesta suficiente.
Dora exhaló despacio, posó la mano en el hombro de Mela y le dio unas palmaditas suaves. Susana, en cambio, resopló de pura rabia.
—¡Qué descarada!
Todas se volvieron, un poco sorprendidas.
—Esto es lo que pasa cuando la gente tiene estudios pero no usa la cabeza —siguió, indignada—. ¿Dónde se ha visto que la esposa legítima sea la otra?
Lucía asintió de inmediato. —Exacto. Como dicen los jóvenes, eso es hacerse la víctima.
—¡Sí! —terció Yolanda—. No le hagas caso, Mel. Ya te vamos a conseguir un hombre mucho mejor que tu exmarido.
—¡Eso mero! —corearon las demás.
Mela las recorrió con la mirada, una por una. Las mujeres que tiempo atrás hablaban de ella a sus espaldas ahora estaban de pie a su lado.
Esbozó una pequeña sonrisa. —Gracias —les dijo con sinceridad—. Pero por ahora eso no me quita el sueño.
Se miraron entre ellas y volvieron a posar los ojos en Mela.
—No importa. Lo que importa es que seas feliz —dijo Dora con suavidad.
Mela asintió.
La tensión que se había apoderado del momento se fue disolviendo poco a poco. Sobre todo cuando Lucía se plantó en medio del grupo, levantó las dos manos como si estuviera rezando y proclamó con cara de absoluta seriedad:
—Que Dios bendiga a Arman y a esa mujer. —Hizo una pausa solemne—. Y que se vayan derechito al cielo. Amén. —Y, sin cambiar un ápice la expresión, les mostró el dedo medio.
Dora le dio un manotazo en la mano por reflejo. —¡Oye! ¡Ese dedo!
Yolanda soltó una carcajada. —¡Ay, Lucía! ¡Siempre sales con tus cosas!
Susana se tapó la boca, entre risitas. —Esta es víctima de las redes sociales.
Mela también sonrió, reconfortada por la compañía de todas ellas. Posó la vista en la tierra que tenía delante y volvió a aferrar el azadón.
Aunque el pecho todavía le pesaba y la herida no había cicatrizado del todo, sentía que podía seguir adelante.