Él es el padre de su mejor amiga... Pero también el dueño de sus fantasías más prohibidas.
Cristóbal es un hombre maduro, exitoso y comprometido con su familia, alguien a quien todos ven como un ejemplo de responsabilidad. Pero desde el día que conoció a Julieta, la joven compañera de su hija, nada ha sido igual. Cada encuentro la hace más irresistible, cada mirada profundiza una conexión que no debería existir.
Ella es joven, dulce e "inocente" ... Y él lucha por no caer en la tentación.
Julieta siempre ha visto en Cristóbal algo más que el padre de su mejor amiga: un hombre que despierta en ella emociones que nunca imaginó sentir. A pesar de saber que está jugando con fuego, no puede evitar buscarlo, soñarlo, desearlo con una intensidad que la abruma.
Un amor que desafía los límites, un deseo que no sabe de reglas.
Entre secretos, mentiras por omisión y el miedo a destruir vidas enteras, Cristóbal y Julieta se ven envueltos en una pasión que amenaza con consumirlos...
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Capítulo 14.
Cristóbal.♥️
No debería pensar en esto. No debería revivirlo una y otra vez como si fuera una película tatuada en mi memoria. Pero lo hago. Maldita sea, lo hago.Ese beso.Esa caricia fugaz, sus labios prendidos de mis labios me dejó ardiendo, sediento de más, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera ella.
Julieta… La mejor amiga de mi hija. La muchacha que casi he visto crecer, transformarse en más mujer frente a mis ojos. Y ahora esa mujer es un incendio que me consume desde dentro.
El sabor de su boca sigue en la mía, como si el tiempo no hubiera avanzado desde ese instante. Dulce, joven, prohibida. Me saboreo con el recuerdo, con el calor que me dejó en los labios, con la chispa que recorrió todo mi cuerpo al sentirla tan cerca. Cerré los ojos después, intentando convencerme de que era una locura, de que no podía volver a pasar. Pero el cuerpo miente, y lo mío ya no es sólo físico. Lo que siento por ella va más allá de un simple deseo.
Esta noche, apenas cerré los ojos en la cama, ella me invadió. Soñé con Julieta como nunca debí hacerlo. Sus manos recorriendo mi piel, sus labios en mi cuello, mi nombre escapando de su garganta entre gemidos. Yo la hacía mía, una y otra vez, y ella se entregaba como si me perteneciera desde siempre. Era tan real que desperté sudando, jadeando, con un calor que no podía controlar.
Me levanté, preso de la ansiedad. Por un instante, lo confieso, pensé en ir a su habitación. Abrir esa puerta, encontrarla durmiendo, acercarme a ella. Pero me contuve. No soy un maldito enfermo. No puedo. No debo.Así que bajé a la cocina, buscando un vaso de agua fría, algo que me devolviera el control.
Y entonces la vi.
La tentación hecha mujer.Julieta estaba inclinada sobre el refrigerador, con un pijama diminuto, el cabello suelto desordenado y ese aire de inocencia mezclado con sensualidad que me vuelve loco. La luz blanca de la nevera iluminaba sus piernas, su cuello, la curva perfecta de su cintura. Sentí cómo la sangre me golpeaba las sienes, cómo mi cuerpo reaccionaba sin piedad.
—¿No puedes dormir? —le pregunté con mi voz grave, dejó caer la botella, se asustó, se golpeó y luego volteó hacia mí, como si no supiera el efecto que causaba.
Sus respuestas me incendiaron más. Mi mirada la devoraba. Y cuando nuestros ojos se encontraron, no hubo vuelta atrás.
—Julieta… —susurré, acercándome más de lo que debería—. Quiero besarte.
Vi cómo tragaba saliva, cómo su respiración se aceleraba. Un rubor le tiñó las mejillas, pero no retrocedió. Al contrario, se inclinó hacia mí, sus labios temblando apenas.
—Yo también quiero… —confesó, casi en un murmullo que me atravesó el pecho como una descarga eléctrica.
Ese “también” fue mi condena y a la vez mi libertad. No esperé más. La tomé del rostro con una mano, con torpeza y urgencia, y la besé. Esta vez sin reservas, sin miedo, sin disimulos.
El mundo desapareció.
Su boca era fuego y suavidad, el calor exacto que me faltaba para sentirme vivo. El sabor de ella me embriagaba, un dulce veneno del que no quería escapar. Sus labios se movían contra los míos con la misma hambre, con la misma necesidad. Y ese suspiro que dejó escapar me rompió en mil pedazos.
La apreté contra mí, sintiendo el temblor de su cuerpo, el aroma de su piel, ese perfume a vainilla mezclado con algo tan suyo, tan adictivo. Era como beber agua después de años de sed, como encontrar un oasis en medio del desierto.
Quería más. Dios, cuánto más quería.
Mis manos temblaban al rozar su cintura, y ella no se apartó, no me rechazó. Se quedó conmigo, respondiendo, entregándose. Por un momento, me dejé arrastrar. Imaginé subirla al mesón de la cocina, sentirla bajo mí, escucharla gemir mi nombre como en mis sueños.
Y entonces, el maldito gato maulló.
Un ruido seco, el salto sobre la mesa, el vaso que casi se cae. Ese sonido bastó para que ambos nos separáramos bruscamente, respirando agitados, mirándonos con los labios hinchados y el corazón a punto de estallar.
La realidad nos golpeó de lleno.
Julieta bajó la mirada, mordiéndose el labio, nerviosa. Yo pasé una mano por mi cabello, maldiciendo en silencio. Maldiciendo al gato, a la hora, a mí mismo.
No tenía palabras. Sólo podía pensar en lo cerca que estuve de perder el control, de cruzar una línea de la que no hay retorno.
La miré, tan hermosa, tan peligrosa, tan mía en un rincón oculto de mi deseo. Y entendí que ya no había marcha atrás. Lo que sentía por ella no era pasajero. No era un capricho. Era más fuerte que cualquier norma, que cualquier miedo.
Julieta no es una niña. Es una mujer. Y es la mujer que me está volviendo loco.
La mujer que deseo con cada fibra de mi ser.
Pero también es la mejor amiga de mi hija.
Y esa es mi cruz.
La vi alejarse hacia las escaleras con pasos apresurados, como si temiera que su cuerpo la delatara. Y yo me quedé ahí, con los labios ardiendo, con el corazón latiendo como un tambor de guerra, con un juramento silencioso en mi pecho:No voy a poder resistirme mucho más.
Julieta ya no es sólo una tentación.Es mi condena.Y quizás… también mi salvación.
Que te mejores pronto te mando un abrazo de oso.