Antes de morir en una sangrienta operación militar en la Tierra, la vida del protagonista tuvo un solo propósito: pagar el tratamiento contra el cáncer de su hermana menor. Cada noche, para calmar su dolor, le leía novelas de romance. Tras perderla, cayó en combate poco tiempo después.
Para su sorpresa, despierta como Alexander von Ashford, poderoso Duque y General del Imperio de Valerius. La transmigración ocurre un mes después de partir a una guerra absurda, tras la trágica caída de su caballo. Ahora, un nuevo espíritu toma las riendas de su destino.
Al cruzar los recuerdos del cuerpo con los conocimientos de la novela, comprende la realidad: está dentro del libro. En la historia original, tras tres años de guerra, el Duque regresaba para descubrir que su esposa Elena y su hijo Theo de tres años habían muerto trágicamente.
Con su astucia táctica y la memoria del cuerpo, el exmilitar actuará rápido para cambiar el destino.
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Capítulo 18: El cruce del valle y la sombra en la niebla
El golpe seco con el que Kael cerró la puerta del carruaje resonó en el interior del habitáculo como el portazo de un destino que ya no tenía marcha atrás.
Segundos después, el crujido de las riendas y el sobrecogedor rechinar de las ruedas de hierro sobre la grava marcaron el inicio de la marcha. El coche dio un violento sacudón, obligándome a aferrarme al borde del asiento mientras la casona secundaria y los muros del palacio ducal comenzaban a quedarse atrás, envueltos en la penumbra del amanecer.
Acomodé a Theo a mi lado, envolviéndolo con el embozo de su abrigo de lana. El niño apretaba con fuerza a su pequeño oso de peluche contra el pecho, sintiendo a través de la tela la rigidez del sello ducal de hierro que llevaba cosido en las entrañas.
A medida que el transporte ganaba velocidad por el camino rural, la ansiedad comenzó a atenazarme el cuello como una mano de hielo.
«¿Y si Evelyn no creyó del todo mi actuación?», pensaba con el corazón martilleándome en las costillas. «¿Y si Gerald envió una escuadra de asesinos para emboscarnos en el camino antes de que alcancemos el punto de extracción?».
La duda era un veneno abrasador. Sabía que la cita con la guardia de sombras de Alexander estaba fijada a las nueve de la mañana en el viejo molino del Valle de Kaelen. Pero faltaban casi tres horas para esa hora. Tres horas en las que estábamos completamente desprotegidos, a merced de cuatro guardias imperiales contratados por Gerald que nos miraban con abierto desprecio.
Deslicé la mano izquierda por debajo del pliegue de mi falda hasta sentir la forma fría y reconfortante de la empuñadura de cuero de la daga en mi muslo. Toqué el acero para darme fuerza.
«Si la princesa intentó matar a Theo en su propia fiesta, no dudará en eliminarnos en la soledad de este camino si sospecha lo más mínimo», me repetí con determinación. «Si alguien abre esta puerta con intenciones oscuras antes de llegar al valle, le clavaré este filo sin vacilar».
Theo alzó la mirada hacia mí. Sus grandes ojos celestes notaron el temblor casi imperceptible de mis hombros y la rigidez de mis facciones.
—¿Mamá? —susurró con un hilito de voz, apretándose más contra mi costado—. Estás muy fría... ¿Pasó algo malo?
Forcé una sonrisa tibia, tragándome el nudo de nervios que me ahogaba, y me incliné para quedar a su altura. Le tomé el rostro entre mis manos cálidas.
—No, mi amor, nada malo —le dije con voz suave pero firme, asegurándome de que cada una de mis palabras le infundiera valor—. Escúchame con mucha atención, Theo. Recuerda lo que te hablé anoche en la habitación.
El niño parpadeó, prestando absoluta atención.
—Dentro de un rato, cuando el carruaje entre en un bosque con mucha niebla, va a haber mucho ruido afuera —le expliqué despacio, acariciándole la mejilla—. Escucharás gritos, caballos y espadas. Pero no quiero que te asustes, ni que llores, ni que tengas miedo. ¿De acuerdo?
—¿Vienen los hombres malos de la princesa? —preguntó Theo con voz temblorosa.
—No —negué con la cabeza, manteniendo una mirada fija y llena de certeza—. Vienen los hombres de tu papá. Son guerreros de la guardia de sombras que tu padre envió especialmente para rescatarnos. Vendrán a sacarnos de este carruaje para llevarnos a su castillo. No nos harán daño.
Theo respiró hondo, mirando el rostro de su padre reflejado en mi promesa, y asintió con la cabecita.
—Entendido, mamá. No me voy a asustar. Me quedaré abrazado a ti.
—Ese es mi valiente caballero —murmuré, besando su frente y envolviéndolo fuertemente entre mis brazos.
El tiempo transcurrió con una lentitud tortuosa. Una hora. Dos horas. Miraba fijamente a través de la pequeña ventanilla con cortinas grisáceas, observando cómo los campos abiertos iban dando paso a los pinos frondosos y a las rocas escarpadas que anunciaban la entrada al Valle de Kaelen.
El reloj de mi bolsillo marcaba las ocho y cincuenta y cinco de la mañana.
Una bruma espesa, blanca y helada comenzó a colarse por las rendijas de la madera del carruaje. El sonido de los cascos de las monturas resonaba con un eco ahogado sobre la tierra húmeda del desfiladero. Estábamos cruzando el tramo del viejo molino de piedra.
La tensión en el habitáculo era tan aplastante que apenas podía respirar. Llevé la mano hacia la funda de mi pierna, sujetando la empuñadura de la daga lista para desenfundar en una fracción de segundo.
De pronto, un silbido agudo e implacable cortó el aire.
—¡Aaaah! —gritó el chofer desde el pescante exterior, seguido inmediatamente por el impacto sordo de una flecha pesada contra la madera del carruaje.
El transporte se detuvo en seco con un frenazo brutal que nos proyectó hacia adelante. Los cuatro guardias de la escolta comenzaron a gritar en pánico, desenvainando sus espadas precipitadamente.
—¡Nos atacan! ¡Son bandidos! ¡Protejan el carruaje! —bramó el capitán de la guardia afuera.
Pero el contraataque fue devastador y aterradoramente silencioso. Se escucharon choques rápidos de acero, el relincho aterrorizado de los caballos y el impacto pesado de los cuerpos de los guardias al caer derribados sobre el lodo. En menos de veinte segundos, el griterío de los escoltas de Evelyn se apagó por completo, sustituido únicamente por el silbido del viento y el goteo del agua sobre el techo.
Theo ahogó un pequeño gemido y se apretó contra mi pecho, cerrando los ojos con fuerza. Lo cubrí con mi propio cuerpo, manteniendo la mano derecha oculta tras mi espalda, aferrando el mango de la daga con una fuerza desesperada.
«Llegó el momento», pensé, sintiendo la gota de sudor frío que corría por mi sien. «¿Son los hombres de Alexander... o es una emboscada de traidores?».
Pasos pesados y firmes resonaron sobre la grava mojada, acercándose con lentitud hacia la puerta del carruaje.
El pomo de hierro emitió un chasquido metálico. La puerta se abrió de par en par, dejando entrar una ráfaga de aire helado y la bruma blanca del valle.
En el umbral, recortado contra la niebla, se erguía una figura imponente y alta, envuelta en una capa de viaje de lana oscura sin ningún escudo a la vista. El capuchón le cubría la mitad superior del rostro en sombras, pero su postura erguida, rígida y cargada de una autoridad aplastante llenó por completo el habitáculo.
Mantuve la cabeza en alto, escondiendo la daga tras la falda, lista para atacar si daba un solo paso en falso.
El hombre encapuchado dio un paso al frente, y al alzar levemente el rostro hacia la luz, el destello de dos ojos celestes tan fríos como el hielo del norte me paralizó por completo la respiración.
que obra tan magistral
ya quiero ver arder a esos traidores
ya quiero ver asustados a los traidores cuando el ya empiece a dar órdenes con el sello 👏🤭
malditos como los odio y ese Julian su envidia y ambición lo destruiría y esa bruja ya me cae bien mal
estos acabarán amándose mucho
no nos dejen con la incertidumbre
ya quiero verla llegar con Alexander
malditas vivoras y que bueno que no tienen el sello