Duda tiene veintitrés años, una startup exitosa y una familia que adora. Creció viendo a su padre tratar a su madre como una reina y a su hermano ser el mejor esposo del mundo. Por eso tiene claro lo que quiere: un amor real, una familia propia, hijos. No acepta menos.
Pedro tiene veintiocho años, administra uno de los centros comerciales más grandes de la ciudad y vive solo, como le gusta. Después de que su padre destruyó a su familia con mentiras e infidelidades, Pedro se juró una cosa: nunca repetir esa historia. Sin compromisos, sin hijos, sin riesgo de convertirse en lo que más detesta.
Cuando el destino los pone a trabajar juntos, la conexión es instantánea, pero el problema también: ella sueña con todo lo que él se niega a querer.
Entre cenas familiares ruidosas, un sobrino de cuatro años que lo adopta sin pedir permiso, cinco perros que no entienden de espacio personal y un mejor amigo que no sabe quedarse callado, Pedro empieza a sentir que su vida perfectamente ordenada se llena de grietas.
Y Duda descubre que enamorarse del hombre equivocado se siente exactamente como enamorarse del correcto.
¿Puede alguien cambiar lo que juró que nunca cambiaría? ¿O hay diferencias que ni el amor es capaz de resolver?
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Cap. 17
Gabriela y Helô siguieron mirándolos, atentas a cada detalle, a cada cruce de miradas.
— ¿Y Pedro? —preguntó Gabriela—. ¿Será que él también está enamorado?
— Lo está, pero todavía no se ha dado cuenta... —respondió Helô—. Algunas personas tardan un poco más en entender lo que el corazón les dice... intentan racionalizar el amor como si fuera un problema matemático. Pero parece que Duda ya rompió la primera barrera...
En la sala, Pedro no entendía bien lo que sintió ante lo que Felipe dijo con la inocencia típica de un niño. Pero un calor extraño y agradable se le extendió por el pecho.
Y él, que siempre mantenía distancia con los niños, se sintió extrañamente cómodo con Felipe parloteando a su lado.
Felipe insistía en conversar con Pedro, contándole historias sobre dinosaurios, sobre la escuela y cuánto le gustaba a Juju comerse las chanclas del abuelo. Pedro escuchaba con atención, pero siempre mirando a Duda, que estaba extrañamente callada.
— Voy a tomar un poco de agua...
Duda, por su parte, buscó refugio en la cocina; necesitaba recomponerse. En cuanto entró, sintió todas las miradas sobre ella. Gabriela y su mamá la observaban con sonrisas cómplices, y Eduardo la miró de reojo con esa mirada protectora de padre, haciéndola sentir que la cara le ardía todavía más.
— No empiecen con las preguntas... —Duda tomó un poco de agua, bebió, pero no volvió a la sala. Sacó los platos del mueble y empezó a poner la mesa.
Helô solo rio quedito, y Gabriela la miró.
— Duda, de nada sirve disimular, se te nota en la cara... —dijo Gabriela sonriendo.
Poco después la cena fue servida. La mesa estaba abundante como siempre, todo preparado con mucho esmero por Eduardo.
En cuanto la familia empezó a acomodarse, Felipe corrió a su silla y señaló directo a la silla vacía junto a él.
— ¿Pedro... puedes sentarte aquí? —preguntó Felipe al sentarse en su silla, mirando a Pedro con expectativa.
Pedro no supo qué responder, sintiéndose rehén de la pregunta inocente y de la sonrisa dulce de Felipe. Entonces, simplemente jaló la silla y se sentó al lado del niño, que sonrió.
En cuanto el plato de Felipe fue servido por su abuelo, el niño tomó una papa crujiente con su tenedor y la puso en el plato de Pedro.
— La papa que hace el abuelito es muy rica, es lo que más me gusta —explicó Felipe mirando a Pedro—. ¡Pruébala!
Pedro miró al niño, después a la papa, y no pudo contener una sonrisa sincera.
— Gracias —respondió, tomando el tenedor y probando la papa—. De verdad está deliciosa, tu abuelo merece una felicitación.
Felipe sonrió satisfecho y puso otra papa más en el plato de Pedro antes de empezar a comer.
Duda se sentó al otro lado de Pedro, y sus ojos se encontraron, y ella le sonrió; él le devolvió la mirada, sintiendo el corazón latir más fuerte.
Aun rodeado por la familia de Duda y con Felipe parloteando a su lado, Pedro solo podía prestarle atención a ella. Y Duda, aun respondiendo las preguntas de su mamá y jugando con los sobrinos, no dejaba de mirarlo.
Pedro, poco a poco, fue acostumbrándose, e incluso se sintió a gusto, invadido por una sensación nueva, algo tan cómodo que, de una manera que lo asustaba, pensó que podría acostumbrarse a esa rutina.
Eduardo observaba todo en silencio, y Heitor, al lado de su padre, solo sonreía, divirtiéndose con la situación totalmente nueva y que dejaba callada a la persona más parlanchina de la familia.
La cena siguió animada, con risas y mucha plática. Felipe no se despegaba de Pedro, explicándole con entusiasmo cada detalle de los dinosaurios que tenía en el regazo.
Pedro escuchaba al niño con paciencia, respondiendo a las preguntas que hacía con un interés que resultaba sorprendente viniendo de él.
En ese instante, Duda los observaba con la barbilla apoyada en la mano y una sonrisa suave en los labios, y cada vez que Pedro la miraba, un calor le invadía el pecho.
— Y dígame, Pedro... —Eduardo se dirigió a Pedro mirándolo fijamente, haciendo que su hija volteara en su dirección—. ¿Es usted casado?
Todos se quedaron en silencio ante la pregunta de Eduardo. Heitor detuvo el tenedor en el aire, y Duda abrió los ojos enormes, lanzándole una mirada de reproche a su padre.
— No, señor. No soy casado —respondió Pedro.
— ¿Y hijos? —continuó Eduardo—. ¿Tiene?
Pedro sintió la mirada de Duda sobre él. Dudó por un instante, mientras su mente regresaba a los traumas de su pasado.
— No, no tengo hijos. Y... no pretendo tenerlos.
El silencio que siguió fue más pesado. Helô levantó una ceja mirando a su hija, Gabriela cruzó una mirada rápida con Heitor. Duda bajó los ojos al plato por un momento, y aun así no pudo esconder el leve cambio en su expresión. Había sorpresa y algo que se parecía a la decepción.
Felipe, ajeno a la tensión, puso otra papa más en el plato de Pedro.
Eduardo siguió observando a Pedro con atención, sin hostilidad, pero con preocupación paternal.
Duda sintió que el pecho se le apretaba. Ella no conocía el pasado complicado de Pedro, las cicatrices que le habían quedado de la relación con sus padres. Pero aun así, escuchar a Pedro decir que no quería tener hijos con tanta naturalidad y convicción, le dolió.
Ella intentó continuar la cena con normalidad y fingir que aquella respuesta no la había afectado, pero sí lo había hecho, y mucho. Y aunque Duda sabía que era demasiado pronto para pensar en una relación seria con Pedro, saber que esa diferencia de pensamiento existía le dolió más de lo que esperaba.
Claro que no quiere.
Pensó sin entender por qué estaba sorprendida. Pedro parecía ser exactamente el tipo de hombre que huía de los vínculos afectivos, que solo pensaba en el trabajo.
Duda recordó la llamada de Pedro esa mañana, llamada que le había alegrado el corazón y que le había dejado una sonrisa tonta en los labios durante todo el día ante la expectativa de volver a verlo. También recordó el cosquilleo en el estómago cuando le abrió el portón.
Y ahora, todo lo que había sentido parecía no tener sentido, porque no estaban en la misma página, y Duda estaba molesta consigo misma por haber permitido que su corazón se encantara con alguien que acababa de conocer y que jamás podría ver el futuro de la misma forma que ella.
A su lado, Pedro volvió a comer sin percibir la tormenta silenciosa que acababa de provocar en Duda y en su corazón. Sintió una extraña incomodidad, y sus ojos encontraron a Duda, notando que algo en su semblante había cambiado.