Su sangre puede coronar reyes... o enterrarlos.
Cuando un omega despierta con la marca de un alfa vampiro ardiendo en su cuello, descubre demasiado tarde que no es una víctima: es la última arma que todos quieren poseer.
Y el alfa que lo reclamó no piensa soltarlo... ni vivo, ni muerto.
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Capítulo 10: Despertar
La luz no fue luz.
Fue sangre convertida en fuego blanco.
Kael sintió cómo el medallón se fundía contra su pecho. No quemaba la piel… quemaba más adentro. La marca en su cuello estalló en un resplandor tan intenso que Damien tuvo que entrecerrar los ojos. El poder de la última reina y el de Kael se reconocieron, se midieron y, al final, se aceptaron.
El grito que salió de la garganta de Kael no fue de dolor. Fue de reconocimiento.
Damien lo sostuvo con fuerza, ambos brazos rodeándole la cintura, el pecho pegado a su espalda. A través del vínculo recién completado, el alfa recibió todo: cada oleada de poder, cada fragmento de memoria antigua, cada segundo en el que Kael dejaba de ser solo el joven que servía café y se convertía en algo más.
*No te sueltes de mí*, ordenó Damien a través del lazo, la voz mental ronca y urgente.
Kael no pudo responder con palabras. Solo pudo aferrarse a esa presencia oscura y constante que era Damien mientras el mundo dentro de su cabeza se rehacía.
Imágenes.
Una mujer de cabello negro hasta la cintura, ojos del mismo ámbar que ahora brillaba en la marca de Kael, sentada en un trono de piedra negra. A su alrededor, vampiros de pura sangre inclinaban la cabeza. La luna sobre el castillo no era roja… era del color de la sangre recién derramada.
La misma mujer, años después, de pie frente a un altar idéntico al que acababan de usar. Su voz resonó dentro de la mente de Kael como si hablara directamente a él:
*Si algún día mi sangre regresa… que no lo haga sola. Que traiga consigo a quien sea capaz de protegerla incluso de los antiguos.*
La visión cambió.
Batallas. Cielos cubiertos de ceniza. Un príncipe de la Casa Voss —no Damien, pero con los mismos ojos rojos— jurando de rodillas frente a aquella reina. La misma sangre que ahora corría por las venas de Damien había jurado proteger la línea real siglos atrás.
Kael arqueó la espalda. El poder seguía entrando. Ya no era un goteo. Era un torrente.
Damien gruñó contra su cuello. El vínculo se tensó hasta casi doler. El alfa estaba absorbiendo parte de esa energía para que Kael no se quemara por dentro. Kael lo sintió: el esfuerzo, el riesgo, la determinación absoluta de no dejarlo caer.
*Estoy aquí*, le envió Damien. *No te voy a soltar.*
La luz comenzó a concentrarse. Ya no llenaba toda la caverna. Se reducía al cuerpo de Kael, a la marca, al medallón que ahora parecía parte de su piel. Las figuras antiguas que se habían materializado observaban en silencio. Algunas inclinaron la cabeza. Otras permanecieron inmóviles, evaluando.
La más alta, la que había hablado antes, dio un paso adelante. Su forma se volvió un poco más sólida.
—La sangre lo acepta —declaró. Su voz era el sonido de piedra rozando piedra—. El último de la línea real ha despertado.
Kael cayó de rodillas. Damien cayó con él, sin soltarlo ni un segundo. El medallón ya no estaba en su mano. Ahora era una gema incrustada justo debajo de la marca, como si siempre hubiera pertenecido allí. La luz se suavizó hasta convertirse en un brillo constante y profundo.
El silencio que siguió fue pesado.
Kael respiraba con dificultad. Cada inhalación traía consigo información nueva: el olor de la piedra antigua, el eco de corazones que no latían desde hacía siglos, y, por encima de todo, la presencia de Damien. El vínculo se había transformado. Ya no era solo una conexión. Era un canal abierto. Podía sentir el control férreo del alfa, la herida que todavía no terminaba de cerrarse en su costado, y una emoción oscura y posesiva que no intentaba ocultarse.
Damien apoyó la frente contra la sien de Kael.
—¿Puedes oírme? —preguntó en voz baja, casi temiendo la respuesta.
Kael asintió. Cuando habló, su voz sonó distinta. Más grave. Más segura.
—Te siento… en todas partes.
Damien cerró los ojos un instante. El alivio que atravesó el vínculo fue tan intenso que Kael casi se mareó.
La figura antigua volvió a hablar.
—El despertar es solo el comienzo, Omega de Sangre Real. Tu poder todavía es inestable. Necesitarás tiempo… y un ancla. El Voss que te acompaña ya ha comenzado a servir como tal. Pero los de arriba no te darán tiempo.
Como si sus palabras lo hubieran invocado, un estruendo lejano sacudió la caverna. Polvo cayó del techo. El sonido de piedra rompiéndose y voces gritadas llegó desde el túnel por el que habían entrado.
Damien se puso de pie de inmediato, levantando a Kael con él. No soltó su cintura.
—Llegaron —dijo con voz helada.
La figura antigua inclinó la cabeza.
—Las puertas de hierro no detendrán a quienes están dispuestos a ofrecer sangre suficiente. Tienes dos caminos, joven real. Quedarte y enfrentarlos aquí, con nosotros como testigos… o seguir más profundo, hacia el corazón de las catacumbas, donde incluso los antiguos dudan de entrar.
Kael miró a Damien. A través del vínculo le hizo una pregunta silenciosa.
Damien respondió de la misma forma: *Donde tú vayas, voy.*
Kael apretó la mandíbula. El poder nuevo todavía le quemaba bajo la piel, inquieto, pidiendo salir. Pero recordaba la advertencia de Damien. Todavía no tenía control completo.
—Nos vamos más profundo —decidió en voz alta.
La figura antigua asintió una sola vez.
—Entonces corre, Sangre Real. Y que tu ancla no te falle.
Damien no esperó más. Tomó la mano de Kael y tiró de él hacia un pasaje estrecho que se abría al otro lado de la caverna. Las figuras antiguas se apartaron para dejarlos pasar. Algunas inclinaron la cabeza al ver a Kael. Otras simplemente observaron con ojos brillantes e imposibles de leer.
El nuevo túnel era más bajo y más húmedo. La luz de la marca de Kael —ahora más intensa y estable— iluminaba el camino. Detrás de ellos, el estruendo se hacía más fuerte. Gritos. El sonido de metal contra piedra. Y un olor nuevo que filtró hasta ellos: feromonas hostiles mezcladas con sangre fresca.
—Están ofreciendo sacrificios para forzar las runas —murmuró Damien mientras corrían—. Alguien de las Casas mayores está desesperado por alcanzarte.
Kael no respondió. Concentraba toda su atención en no tropezar y en mantener el poder bajo control. Cada paso hacía que la gema bajo su marca latiera. Podía sentir las presencias antiguas a su espalda, observando, juzgando.
El túnel descendió en espiral. El aire se volvió más frío. Más pesado. Damien se detuvo de pronto y empujó a Kael contra la pared, cubriéndolo con su cuerpo. Una oleada de poder hostil pasó a pocos metros de ellos, como un viento negro. Provenía de atrás.
—Uno de los de arriba tiene sangre antigua diluida —susurró Damien contra su oído—. No es purosangre, pero es lo suficientemente fuerte como para rastrearnos.
Kael sintió el corazón acelerársele. A través del vínculo, Damien le envió calma forzada y una promesa clara:
*No te tocarán.*
Siguieron corriendo.
Después de lo que parecieron horas —aunque el tiempo se sentía distorsionado en aquellas profundidades— el túnel se abrió en una segunda caverna. Esta era más pequeña. En el centro había un lago negro y quieto. El agua no reflejaba la luz de la marca de Kael. La absorbía.
Damien se detuvo al borde del agua. Su expresión se endureció.
—Este lugar… no debería existir todavía.
Kael miró el lago.
—¿Qué es?
—El Espejo de los Juramentos —respondió Damien en voz baja—. Aquí la última reina hizo jurar a las casas que aún eran leales. Y aquí… algunos de esos juramentos todavía están vivos.
Antes de que pudiera explicar más, una voz familiar resonó detrás de ellos.
—Al fin.
Ambos se giraron.
El vampiro de cabello plateado que había llevado el mensaje al castillo estaba de pie a la entrada del túnel. Ya no parecía el mensajero sumiso de antes. Su postura era distinta. Más segura. A sus espaldas se veían las siluetas de al menos seis vampiros más.
Sonrió al ver la marca brillante de Kael y la gema incrustada bajo ella.
—La Casa Nocturne envía sus saludos, Omega de Sangre Real. Y una oferta. Ven con nosotros… y el príncipe Voss podrá vivir. Resiste… y lo veremos morir despacio mientras tú nos perteneces.
Damien se colocó frente a Kael de inmediato. El poder que emanaba de él hizo que el aire mismo se densificara. A través del vínculo, Kael sintió la decisión fría y absoluta del alfa:
*Ninguno de ellos sale de aquí con vida.*
Kael colocó una mano en la espalda de Damien. El contacto hizo que el vínculo se inflamara. El poder nuevo dentro de Kael respondió, subiendo hasta la superficie.
—No voy a ninguna parte con ustedes —dijo con voz clara.
El vampiro plateado suspiró, como si lamentara la respuesta.
—Entonces lo haremos por las malas.
Se lanzaron.
Damien salió a su encuentro como una tormenta. El primer vampiro cayó antes de poder siquiera desenvainar un arma. El segundo logró cortarlo en el hombro, pero Damien le arrancó el brazo de un tirón y lo usó como arma improvisada contra el tercero.
Kael no se quedó quieto.
El poder que había despertado ya no pedía permiso. Cuando uno de los atacantes intentó rodear a Damien para llegar hasta él, Kael levantó una mano. La misma oleada de calor que había sentido en el salón del castillo salió de su pecho, pero esta vez era más fuerte, más enfocada. El vampiro fue lanzado contra la pared con tanta fuerza que la piedra se agrietó. No se levantó.
Damien sintió el uso del poder a través del vínculo y gruñó, mitad advertencia, mitad orgullo.
La pelea fue rápida y brutal. Damien se movía como si el tiempo se doblara a su alrededor. Kael, todavía torpe con su nuevo poder, se concentró en defenderse y en no convertirse en una distracción. Cada vez que un enemigo se acercaba demasiado, la marca y la gema respondían solas, empujándolos hacia atrás con oleadas de energía ámbar.
Cuando el último cuerpo cayó, el silencio regresó.
Damien estaba cubierto de sangre otra vez. Su respiración era controlada, pero Kael podía sentir el cansancio que empezaba a filtrarse a través del vínculo. La herida del costado se había vuelto a abrir.
Kael se acercó y, sin pensarlo, colocó ambas manos sobre la herida. El poder respondió. Una luz suave salió de sus palmas y la carne de Damien comenzó a cerrarse más rápido de lo normal.
Damien lo miró con sorpresa.
—¿Cómo…?
—No lo sé —admitió Kael—. Solo… supe que podía.
Damien capturó una de sus manos y la apretó.
—Estás cambiando más rápido de lo que esperaba.
Antes de que pudieran decir nada más, el lago negro a sus espaldas se movió.
No fue una ola. Fue como si algo enorme hubiera girado bajo la superficie. El agua negra se agitó y, por un momento, Kael creyó ver un par de ojos antiguos mirándolo desde las profundidades.
Damien lo atrajo hacia atrás de inmediato.
—No miremos demasiado tiempo —advirtió—. Algunas cosas del Espejo no deben ser vistas… todavía.
Kael asintió. El poder dentro de él se había calmado un poco, pero seguía presente, como un segundo corazón.
Damien miró los cuerpos esparcidos por el suelo de la caverna y luego el túnel por el que habían llegado.
—Esto solo fue otra avanzada. Vendrán más. Y la próxima vez no serán solo soldados.
Tomó el rostro de Kael entre sus manos, manchándolo de sangre ajena.
—Escúchame. A partir de ahora, tu poder es tanto una arma como una señal. Cada vez que lo uses, los antiguos lo sentirán… y también los de arriba. Tenemos que llegar al corazón de las catacumbas antes de que alguien más decida que es mejor matarte que dejarte en mis manos.
Kael sostuvo su mirada. A través del vínculo le envió una certeza quieta y feroz.
—Entonces vamos.
Damien asintió.
Juntos se alejaron del lago negro, dejando atrás los cuerpos y las aguas que todavía se movían con demasiada lentitud. El túnel que se abría frente a ellos descendía todavía más profundo, hacia lugares que ni siquiera Damien conocía del todo.
Y mientras caminaban, Kael sintió que algo dentro del Espejo de los Juramentos… sonreía.