🎄 El esposo que apareció en invierno
Una joven de 18 años es abandonada por el amor de su vida justo cuando descubre que está embarazada de cuatrillizos. Sin familia, sin apoyo y completamente rota, termina viviendo uno de los momentos más difíciles de su vida… hasta que el destino interviene.
Una noche fría de invierno, es encontrada desmayada en la calle con fuertes dolores por un hombre desconocido que decide ayudarla y llevarla al hospital. Allí, un malentendido con los medios los obliga a fingir ser esposos para evitar el escándalo. Lo que comienza como una mentira por necesidad, se convierte en un matrimonio real.
Él, un hombre que siempre soñó con ser padre pero que fue herido por una relación pasada, decide aceptar a la joven y a sus cuatrillizos como su familia. Les da su apellido, los protege y los presenta ante su propia familia en plena Navidad, como su esposa y sus hijos.
Entre momentos de dolor, protecció.
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Capitulo 7: La mujer que no estaba dispuesta a perder.
La visita al hospital terminó entrada la tarde.
Isabella seguía hablando emocionada de los bebés.
No podía dejar de sonreír.
—Mateo me apretó el dedo.
Estoy segura.
—No pudo hacerlo.
Respondió Adrián.
—Estaba dormido.
—Lo hizo.
Insistió ella.
—Y además creo que Gabriel se parece a ti.
Alejandro soltó una carcajada.
—Ya empezamos.
Victoria negó con la cabeza.
Pero incluso ella parecía más relajada después de conocer a los pequeños.
Lucía observó aquella escena en silencio.
Por primera vez desde que llegó a la mansión sintió algo extraño.
Calma.
Aquella familia era muy diferente a la que había imaginado.
No perfecta.
Pero real.
Y por primera vez en mucho tiempo se sintió incluida en algún lugar.
Cuando regresaron a la mansión, Rosa los esperaba con una sonrisa.
—La cena estará lista en una hora.
Informó.
—Perfecto.
Respondió Alejandro.
—Porque Isabella ha hablado tanto que me dio hambre.
—Papá.
Se quejó la joven.
Todos terminaron riendo.
Todos menos Victoria.
La mujer parecía pensativa.
Observando discretamente a Lucía.
Analizándola.
Intentando comprender quién era realmente.
Esa noche, después de cenar, Lucía salió al jardín.
Necesitaba un poco de aire fresco.
La luna iluminaba las flores y las fuentes.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
—Pensé que te encontraría aquí.
Dijo una voz detrás de ella.
Lucía se giró.
Era Adrián.
Llevaba las manos en los bolsillos de su pantalón.
—Necesitaba despejarme.
Confesó ella.
Adrián asintió.
—Ha sido un día largo.
—Sí.
Hubo unos segundos de silencio.
—Tu familia es agradable.
Dijo finalmente.
—¿Incluso mi madre?
Preguntó él.
Lucía soltó una pequeña risa.
—Bueno...
todavía no estoy segura.
Adrián sonrió.
—Eso es mejor de lo que esperaba.
Lucía observó el jardín.
—¿Crees que algún día me aceptará?
Adrián tardó unos segundos en responder.
—Mi madre necesita tiempo para confiar.
—Pero cuando lo hace...
es una de las personas más leales que conozco.
Aquellas palabras le dieron un poco de esperanza.
Al día siguiente, mientras todos desayunaban, ocurrió algo inesperado.
Uno de los empleados entró apresuradamente al comedor.
—Señor Adrián.
—¿Qué sucede?
Preguntó él.
—Hay una visitante.
Adrián frunció el ceño.
—¿Quién?
El empleado tragó saliva.
—La señorita Camila Ferrer.
El ambiente cambió inmediatamente.
Alejandro levantó una ceja.
Isabella dejó de comer.
Y Victoria suspiró.
Como si ya supiera lo que iba a pasar.
Lucía observó a todos confundida.
—¿Quién es Camila?
Preguntó.
Isabella abrió la boca.
Pero Adrián respondió primero.
—Una vieja conocida.
Aquella respuesta no convenció a nadie.
Mucho menos a Lucía.
Minutos después la puerta principal se abrió.
Y Camila Ferrer entró en la mansión.
Era hermosa.
Alta.
Elegante.
Y tenía la seguridad de una mujer acostumbrada a conseguir todo lo que quería.
Sus ojos encontraron a Adrián inmediatamente.
Y sonrió.
—Adrián.
Él permaneció serio.
—Camila.
La mujer avanzó hacia él.
Como si el resto de las personas no existiera.
Pero entonces vio a Lucía.
Y su sonrisa desapareció.
Solo por un instante.
Lo suficiente para que Lucía lo notara.
—Así que tú eres Lucía.
Dijo finalmente.
—Sí.
Respondió ella.
Camila volvió a sonreír.
Pero aquella sonrisa no llegó a sus ojos.
—He escuchado mucho sobre ti.
Lucía sintió un escalofrío.
Porque había algo extraño en aquella mujer.
Algo que no le inspiraba confianza.
Durante toda la mañana, Camila encontró excusas para permanecer cerca de Adrián.
Demasiadas excusas.
Demasiadas sonrisas.
Demasiadas miradas.
Y Lucía comenzó a sentirse incómoda.
Aunque no entendía por qué.
Después de todo...
su matrimonio era falso.
No tenía derecho a sentirse molesta.
¿Verdad?
Sin embargo, cada vez que veía a Camila tocar el brazo de Adrián, sentía algo desagradable dentro de ella.
Algo parecido a los celos.
Y aquello la sorprendía más que a nadie.
Mientras tanto, Camila observaba todo cuidadosamente.
Y también había notado algo.
La forma en que Adrián miraba a Lucía.
La forma en que la protegía.
La forma en que siempre parecía pendiente de ella.
Aquello era peligroso.
Muy peligroso.
Porque significaba que estaba perdiendo terreno.
Y Camila Ferrer jamás aceptaba una derrota.
Jamás.
Esa misma noche, mientras todos dormían, realizó una llamada.
—Necesito información sobre Lucía Santamaría.
Dijo.
La voz al otro lado respondió algo.
Camila sonrió.
—Quiero saber absolutamente todo.
Colgó el teléfono.
Y caminó hacia la ventana.
Observando la oscuridad.
—Si quieres jugar, Lucía...
vamos a jugar.
Y prometo que no te gustará.
Porque Camila acababa de declarar la guerra.