Valeria Ríos lo dio todo por su matrimonio con Rodrigo Montero: su juventud, su paciencia y su dignidad. Durante años soportó las humillaciones de Carmen, su suegra, que la tachaba de estéril y de mala suerte. Resistió la indiferencia de un esposo que prefería las noches de trabajo al calor de su hogar. Tragó lágrimas mientras Valentina, la examante de Rodrigo, se paseaba por su vida dejando destrucción a cada paso.
Hasta que un día, Valeria descubre lo que su cuerpo ya sabía: tiene leucemia.
Enferma, sola y sin fuerzas para seguir fingiendo, Valeria toma la decisión más difícil de su vida: pedirle el divorcio a Rodrigo. Pero lo que comienza como un acto de rendición se transforma en el inicio de su verdadera historia.
Julián Navarro —brillante médico especialista, heredero de una familia acaudalada y desesperadamente torpe en cuestiones del corazón— lleva años enamorado en silencio de Valeria. Cuando ella se derrumba, él se convierte en su pilar: la acompaña a las quimioterapias, pelea con el sistema para conseguirle un donante de médula, y le demuestra con hechos que el amor no se proclama a gritos sino que se construye en los detalles.
Mientras tanto, Rodrigo descubre demasiado tarde el precio de dar por sentado a quien más lo amaba. La ruina económica, la traición de Valentina, los secretos familiares que explotan uno tras otro y la revelación de que Valeria estuvo muriendo frente a sus ojos sin que él lo notara le destrozan la arrogancia que alguna vez confundió con fortaleza.
A su alrededor, vidas paralelas se entrelazan con la suya: Martín y Sofía, un matrimonio congelado por el orgullo, encuentran la chispa gracias al ultimátum adorablemente absurdo de su hijo Mateo; Daniel, un hombre marcado por la culpa, lucha por recuperar la relación con Nicolás, el hijo que no supo criar; y Carmen enfrenta la devastadora verdad de que su crueldad destruyó lo único valioso que tenía su familia.
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Cap. 17
Valeria decidió pedir un taxi por aplicación. Salió del jardín sin zapatos lujosos, solo unas zapatillas sencillas que le cubrían los pies helados.
Se quedó de pie a la orilla de la calle todavía vacía, abrazando el bolso con fuerza, como si fuera lo único que le quedaba en el mundo.
Al poco rato, un sedán blanco con placas de servicio se detuvo frente a ella. Valeria abrió la puerta de prisa y se subió al asiento trasero.
—¿Al hospital, señora? ¿Conforme a la aplicación? —preguntó el taxista amablemente, echándole un vistazo por el retrovisor.
—Sí, señor. Al hospital —respondió Valeria en un hilo de voz.
En cuanto el auto arrancó y cortó las calles, Valeria no volteó atrás para mirar el portón imponente de su casa como solía hacer cada vez que salía.
Ya no sentía ese peso ni esas ganas de comprobar si su esposo la espiaba desde la ventana del cuarto.
Porque esa mañana, Valeria estaba plenamente convencida de que Rodrigo no iba a ir tras ella.
Las lágrimas que venía conteniendo se le escaparon una a una, rodándole por las mejillas pálidas. La opresión en el pecho se le agravaba, alternándose con el mareo en la cabeza que no cedía.
Valeria desvió la cara hacia la ventanilla empañada por el rocío de la mañana, lamentando la ruina de su matrimonio justo cuando su cuerpo tampoco estaba bien.
Mientras tanto, en el jardín de la casa, Rodrigo salió con una camisa de vestir ligeramente arrugada. La cara tensa, los ojos rojos de no haber dormido en toda la noche.
Al llegar afuera, se sorprendió al ver el auto familiar estacionado y al chofer limpiando el cofre.
—¡Bernardo! —llamó Rodrigo con voz alta y alarmada.
Bernardo, que tenía un trapo en la mano, se sobresaltó. Soltó la tela de inmediato y se acercó a su patrón con una reverencia.
—¿Sí, señor? ¿En qué puedo ayudarle?
—¿Dónde está mi esposa? ¡¿Por qué sigues aquí?! —preguntó Rodrigo a ráfagas, recorriendo con la mirada el jardín vacío.
Rodrigo pensaba que Valeria se habría ido al hospital en el auto familiar con Bernardo, pero resulta que el chofer seguía ahí esperando.
Bernardo frunció el ceño, visiblemente confundido por la pregunta brusca de su patrón.
—Pero… ¿no fue usted mismo quien me dio la instrucción ayer por la tarde, señor? Me dijo que esta mañana tenía que estar listo para llevarlo a usted y a la señorita Valentina al hospital central, para el chequeo de Nicolás. Por eso no me atreví a mover el auto hasta que usted saliera.
El pecho de Rodrigo recibió el golpe como si le hubieran aventado una piedra. Se apretó la sien, que de pronto le palpitaba con furia.
Lo había olvidado por completo.
El caos mental por la amenaza de divorcio de Valeria le había borrado de la cabeza todo lo referente a Valentina y Nicolás.
Ahora recordaba que él mismo había ordenado a Bernardo despejar la agenda de esa mañana para el hijo de su hermano.
—Maldición… —maldijo Rodrigo en voz baja, recriminándose su propia estupidez.
Pero su ego y su orgullo le impidieron mostrarse culpable frente a un empleado.
Le echó la culpa a Bernardo.
—¡Debiste darle prioridad a mi esposa, Bernardo! ¡Sabes que Valeria no ha estado bien últimamente! Lo de Valentina y Nicolás lo arreglo yo después.
Bernardo, que no tenía la culpa de nada, solo pudo rascarse la cabeza, desconcertado. La cara del hombre reflejaba confusión y el temor de ver a su patrón enfurecido de repente.
—Per… perdone, señor… ya fue. La señora Valeria ya se fue. ¿Quiere que la alcance ahora con el auto? El taxi no debe haber llegado muy lejos todavía —ofreció Bernardo con presteza, echando mano de las llaves en su bolsillo.
Rodrigo se quedó callado un momento.
La imagen de los ojos gélidos y despectivos de Valeria en la sala esa madrugada le cruzó por la mente.
La frase del divorcio le volvió a susurrar al oído, dejándole una opresión desconocida. Rodrigo sabía que si iba tras Valeria ahora, con los ánimos de ambos al máximo, solo terminarían en una pelea mucho peor a la orilla de la calle.
Rodrigo soltó el aire con brusquedad y desvió la cara, irritado.
—¡Déjalo! ¡No la sigas!
—Entonces… ¿qué hacemos, señor? —preguntó Bernardo con vacilación.
—Directo a casa de Valentina. Prepara el auto —ordenó Rodrigo tajante, cortando de tajo sus dudas.
Abrió la puerta del copiloto y se metió al auto con un movimiento brusco, recargando la espalda con los restos de rabia que le hervían por dentro.
Bernardo no se atrevió a contradecirlo. Se subió al volante, encendió el motor y sacó el auto por el portón rumbo a la casa de Valentina.
Dentro del auto que avanzaba en dirección contraria al taxi de Valeria, Rodrigo apretó los puños sobre el regazo.
Trataba de convencerse de que no perseguir a Valeria era lo correcto para que ambos se calmaran.
Pero en lo más profundo de su ser, una culpa espesa empezaba a corroerle la tranquilidad.
Valeria solo me está poniendo a prueba. Ella me adora. Ya se le va a pasar y va a volver a ser cariñosa como siempre, pensó Rodrigo lleno de confianza.
* * *
Al llegar frente a la casita sencilla y acogedora, la puerta se abrió.
Un niño de cinco años salió corriendo al jardín en cuanto vio que el auto de Rodrigo se detenía.
—¡Papá Rodrigo! —gritó Nicolás, corriendo a toda velocidad hacia el hombre que acababa de bajar del auto.
—Nicolás, no corras así, mi amor. Te vas a caer —dijo Valentina con dulzura, saliendo detrás de su hijo con una sonrisa amable y tranquilizadora.
Nicolás se le abrazó a las piernas con fuerza.
—¡Te extrañé, papá!
Rodrigo sonrió apenas y se agachó para quedar a la altura del niño.
—Yo también te extrañé, campeón. ¿Cómo te sientes? ¿Todavía te duele algo? —preguntó mientras le tocaba la frente con el dorso de la mano.
Nicolás asintió, mimoso.
—Poquito, pa. ¿Hoy sí vamos al doctor?
—Claro que sí. Tu tío te lleva ahora mismo. Ándale, súbete al auto —dijo Rodrigo guiando a Nicolás hacia la puerta trasera, que Bernardo ya había abierto.
Valentina, que caminaba detrás de ellos, se acercó despacio.
Su paso se frenó al notar el rostro cansado y desvelado de Rodrigo.
—Este… Rodrigo —lo llamó Valentina con timidez.
Rodrigo volteó.
—¿Qué pasa, Valentina?
—Perdona, otra vez te estoy causando molestias —dijo Valentina, poniendo de pronto una expresión afligida y culpable.
—La verdad, me siento mal con Valeria. ¿Ella no tiene problema con que nos lleves hoy a Nicolás y a mí? Me da miedo que Valeria malinterprete las cosas otra vez.
Rodrigo se quedó mudo al instante. Las palabras de Valentina fueron como un cuchillo que le reabrió la herida de la noche anterior.
El recuerdo de cómo Valeria lo miraba con odio, lo corría y le decía con frialdad que se fuera a acompañar a Nicolás le volvió a girar en la cabeza. El pecho se le cerró.
—No. No está enojada —respondió Rodrigo.
Sin esperar la réplica de Valentina, se dio la vuelta y subió al auto primero.
En realidad, Valentina había alcanzado a escuchar por el teléfono esa madrugada los ecos de una pelea violenta y los gritos de Rodrigo.
Quería preguntar más sobre lo que pasaba, pero se contuvo por miedo a que la juzgaran por meterse en asuntos de pareja ajenos.