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LA PÓLVORA

LA PÓLVORA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:423
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4: EL DE ARRIBA

El cementerio de El Pozo no tenía nombre oficial. Todos lo llamaban simplemente "el de arriba", porque quedaba en la parte más alta de la loma, casi en el límite donde ya empezaba el monte sin urbanizar, como si a los muertos del barrio les tocara subir un último tramo de escalera antes de poder descansar. Mila caminó ese tramo el jueves siguiente a la muerte de Yeison, vestida de negro prestado —el único vestido oscuro que encontraron en la casa de la vecina, porque en su armario no había nada pensado para una ocasión como esa— con doña Nelly colgada de su brazo, tan débil que parecía que era ella, y no Yeison, quien acababa de recibir dos disparos.

El ataúd era sencillo, de esos que en El Pozo se pagan entre varias familias juntando lo que pueden, con una colecta que circula de casa en casa como circula todo lo urgente en el barrio: rápido, en silencio, sin que nadie tenga que pedirlo dos veces. Mila supo después, aunque nunca lo comentó con nadie, que parte de esa plata había salido de la tienda de Katiuska, y otra parte de gente que ni siquiera conocía bien a Yeison pero que entendía, sin necesidad de explicaciones, que en ese barrio los entierros se pagaban entre todos porque la próxima vez podía tocarle a cualquiera.

El cura que ofició la misa —un hombre joven, recién llegado a la parroquia, todavía sin la costumbre curtida de los que llevaban años enterrando muchachos de veintitrés— dijo palabras sobre el perdón, sobre la paz que sobrepasa todo entendimiento, sobre un Dios que recibía a los suyos sin importar cómo habían muerto. Mila escuchó esas palabras sin escucharlas del todo, con la mirada fija en la caja de madera barata, pensando que el perdón le sonaba, en ese momento, como el lujo de alguien que nunca había tenido que arrodillarse en mitad de una calle con las manos llenas de la sangre de su hermano.

Detrás de ella, en un grupo aparte, un poco alejado del núcleo de familiares y vecinos cercanos, había un puñado de hombres jóvenes que Mila no reconoció del todo, vestidos con una pulcritud que desentonaba con el resto del entierro: camisas planchadas, tenis nuevos, cadenas de oro que brillaban aun bajo el cielo nublado de esa mañana. No se acercaron al ataúd. No hablaron con nadie de la familia. Se quedaron ahí, en los márgenes, como quien va a verificar algo más que a acompañar un duelo.

Mila los notó. No sabía todavía quiénes eran, pero algo en la manera en que se movían —esa mezcla de indiferencia estudiada y atención disimulada— le dijo que no estaban ahí por casualidad ni por cariño. Uno de ellos, el más alto, con un tatuaje que le asomaba por el cuello de la camisa, se cruzó de miradas con ella un segundo, apenas un segundo, y algo en esos ojos —no exactamente culpa, más bien una especie de reconocimiento frío, como quien mira el resultado de un trabajo bien hecho— hizo que a Mila se le helara la sangre de una forma distinta al dolor que ya venía cargando.

Ese hombre, aunque ella no lo sabría hasta mucho después, se llamaba Duque.

Terminada la misa, dos agentes de policía se acercaron a doña Nelly con esa actitud entre protocolar y apurada que Mila reconocería, con los años, como la actitud oficial que el Estado reservaba para los muertos de El Pozo: un cuaderno pequeño, unas preguntas hechas casi de memoria, una promesa de "vamos a investigar" que sonaba tan hueca como el eco de una iglesia vacía.

—¿Su hijo tenía enemigos, señora? ¿Sabe si estaba metido en algo?

Doña Nelly, todavía aturdida por la pastilla que le habían dado esa mañana para que pudiera sostenerse de pie, negó con la cabeza, incapaz de encontrar las palabras. Fue Mila quien contestó, con una voz que ni ella reconoció como propia, tan calmada que asustaba.

—Mi hermano trabajaba en una ferretería y cargaba bultos en la plaza. Eso es lo que sabía hacer. Ustedes averigüen quién lo mató.

El agente más joven anotó algo en su cuaderno sin mucha convicción. El mayor, un hombre de bigote gris que llevaba puesta esa expresión de cansancio que solo da ver demasiados entierros como ese, le dijo, casi con lástima:

—Mija, en esta zona pasan muchos casos así. Vamos a hacer lo que podamos, pero no le prometo nada.

Se fueron sin dejar tarjeta, sin dejar número, sin dejar ninguna señal de que ese "vamos a hacer lo que podamos" fuera a traducirse en algo más que un archivo cerrado antes de que terminara el mes. Mila los vio bajar la loma en su patrulla, con las luces apagadas, sin ninguna prisa, y entendió en ese instante —con una claridad que le dolió más que las lágrimas que todavía no lograba sacar del todo— que la justicia, en El Pozo, no era un derecho: era un lujo que casi nadie podía costear.

Esa noche, después del entierro, después de que los vecinos que habían llenado la casa toda la tarde con comida y abrazos incómodos por fin se fueran retirando uno por uno, Mila se quedó sentada en el patio trasero, en la silla de plástico desportillada donde Yeison solía sentarse a fumarse un cigarrillo después del trabajo. Doña Nelly dormía, vencida por el cansancio del duelo y por otra pastilla más. El barrio, afuera, seguía su ruido de siempre, indiferente, como si la muerte de un muchacho más no alterara en lo más mínimo el pulso de la loma.

Mila miró el cielo —despejado otra vez, con las mismas estrellas insolentes de la noche del asesinato— y sintió que algo en su pecho, algo que hasta hacía una semana hubiera reconocido como simple tristeza, se estaba transformando en otra cosa. No era solo dolor. Era una decisión tomándose sola, sin permiso, en algún lugar debajo de las costillas donde las decisiones más importantes de la vida a veces se toman antes de que la cabeza termine de darse cuenta.

Pensó en el hombre del tatuaje en el cuello. Pensó en su mirada fría en el entierro. Pensó en los policías bajando la loma sin ninguna prisa, con la certeza tranquila de quien sabe que nadie les va a exigir cuentas. Pensó en su hermano, en la cicatriz de la ceja que se tocaba con el pulgar cuando estaba nervioso, en la sonrisa ancha que ya no iba a volver a ver nunca, en la promesa que él le había hecho toda la vida sin decirla en voz alta —yo te cuido, hermanita— y que ahora, de golpe, se había quedado sin nadie que la cumpliera.

—No voy a esperar a que ustedes hagan algo —dijo en voz baja, hablándole a nadie, o quizás hablándole al cielo, o quizás hablándole a la versión de sí misma que todavía no existía pero que ya empezaba a nacer esa noche, en esa silla de plástico, con las estrellas de testigos mudos—. Yo misma voy a averiguar quién fue. Y cuando lo sepa...

No terminó la frase en voz alta. No hacía falta. El resto de esa promesa, la parte más oscura, la guardó adentro, en ese mismo lugar debajo de las costillas donde ya se había tomado la decisión, como quien guarda un arma cargada esperando el momento correcto para usarla.

Esa noche, sin saberlo todavía, Mila Sarmiento dejó de ser solo la hermana menor de Yeison.

Empezó, sin ceremonia y sin testigos, a convertirse en otra persona.

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