Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 18: La llamada del Patriarca (El abuelo Román se entera)
El impacto de las fotografías del paparazzi en los medios no solo sacudió las pizarras de la bolsa de valores; derribó el último muro de contención que protegía la farsa conyugal frente al clan Grien. Valeria había pasado dos días enteros ignorando las llamadas de sus primos, tíos y de su propia madre, pero sabía perfectamente que el silencio radiofónico tenía una fecha de caducidad ineludible. En esa familia, las noticias de sangre no se digerían a través de la pantalla de un teléfono; se mirarían cara a cara, bajo la mirada del hombre que regía el destino de todos con mano de hierro y un carisma de viejo caudillo.
El abuelo Román se había enterado. Y cuando el abuelo Román procesaba una información de esa magnitud, el resto del mundo debía ponerse a cubierto.
La notificación oficial de la crisis familiar llegó el viernes a las siete de la tarde, justo cuando Maximiliano terminaba de revisar el balance trimestral en su estudio y Valeria intentaba acomodarse en el sillón con un tazón de fresas limpias. El teléfono celular de Valeria, depositado sobre la mesa de centro de cristal, comenzó a vibrar con una violencia rítmica que pareció sacudir los cimientos del apartamento.
En la pantalla iluminada apareció un solo nombre en mayúsculas: **EL PATRIARCA**.
Valeria palideció sutilmente y miró a Maximiliano, quien acababa de salir del estudio con su habitual andar milimétrico. El millonario, al notar el cambio de color en el rostro de su esposa y el nombre en el dispositivo, se detuvo en seco, acomodándose los anteojos de lectura con un dedo.
—¿Es tu superior jerárquico familiar? —preguntó Maximiliano, usando su habitual terminología corporativa para ocultar un sutil destello de nerviosismo.
—Es el abuelo Román, Starling. Poné el altavoz. Y reza lo que sepas, porque si está llamando desde su línea fija, es que la tormenta ya tocó tierra —susurró Valeria, tragando saliva.
Con el dedo temblando ligeramente, Valeria deslizó la pantalla y activó el altavoz. El silencio que inundó la sala durante los primeros dos segundos fue más denso que el hormigón de sus constructoras. Luego, la voz del abuelo Román rasgó las bocinas del teléfono con la potencia de un trueno invernal.
—¡Valeria Grien! —bramó el anciano desde el otro lado, con esa voz profunda, áspera por los años y el tabaco, que hacía temblar a los capataces de las obras—. ¡Exijo una explicación inmediata de por qué tengo que enterarme de que voy a ser bisabuelo por la portada de un pasquín de chismes mugroso que lee la tu vecina del cuarto piso! ¿Desde cuándo los Grien ventilamos la continuidad de nuestro apellido en las peluquerías antes que en la mesa familiar?
Valeria alejó instintivamente el rostro del teléfono, sonriendo con una mezcla de pánico y respeto.
—Abuelo, hola... no es lo que parece, la prensa exageró las fotos y nosotros queríamos esperar a tener la primera revisión oficial antes de organizar el anuncio...
—¡No me vengas con tecnicismos de abogada de pacotilla! —la cortó Román, propinando un golpe seco en su escritorio de roble que se filtró por la línea—. Me dejaste en el último eslabón de la cadena de información, Valeria. A mí, que te cambié los pañales y firmé los avales de tus primeros proyectos. Eso es una falta de lealtad constitucional al clan. ¡Y dale el teléfono al almidonado de tu esposo, que sé perfectamente que está ahí parado escuchando como un pasmarote!
Maximiliano enderezó la columna de golpe, como si un resorte invisible le hubiera devuelto la postura militar. Miró el teléfono con la misma intensidad con la que analizaría un pliego de condiciones de una licitación estatal conflictiva. Dio un paso al frente y aclaró su garganta con perfecta modulación ejecutiva.
—Buenas tardes, señor Grien. Aquí Maximiliano Starling. Le aseguro que el protocolo de comunicación familiar no contemplaba la filtración mediática...
—Escúchame bien, muchacho de ciudad —interrumpió el abuelo Román, bajando el tono a una gravedad pastosa que resultaba aún más intimidante—. No me interesan tus protocolos de Wall Street ni tus comunicados de prensa. Lo único que me interesa es la salud de mi nieta y el futuro de esa criatura. Pero te voy a dar una advertencia legal y moral de una vez por todas: si ese bebé llega a nacer con esa cara de amargado de lunes por la mañana que tienes tú en todas las fotos, si sale al mundo con ese temperamento robótico tuyo, te juro por la memoria de mis antepasados que introduzco una cláusula de rescisión por vicios ocultos en el contrato de fusión de las constructoras y te deshago el negocio en veinticuatro horas. No voy a tolerar un heredero que no sepa sonreír en los bautizos.
Maximiliano parpadeó, completamente desarmado ante una amenaza comercial basada en la genética de la expresión facial.
—Señor Grien, el temperamento es una variable multifactorial que no invalida los acuerdos comerciales previamente firmados ante notario...
—¡Mañana a las ocho de la noche los quiero a los dos en la casona de la calle Rivadavia! —sentenció el Patriarca, ignorando olímpicamente la defensa legal del empresario—. Cena obligatoria. Todo el clan va a estar presente. Traigan el informe del médico y más vale que tengas un discurso de verdad, Starling, porque te voy a sentar a mi derecha para ver si de verdad corre sangre por esas venas o solo agua destilada. No falten.
La línea se cortó con un clic seco y definitivo.
Valeria se dejó caer hacia atrás en el sillón, soltando un suspiro que pareció vaciarle los pulmones, y luego miró a Maximiliano. El implacable tiburón de los negocios seguía estático en medio de la sala, con los ojos grises fijos en el teléfono apagado. Tenía una ligera capa de sudor frío en la frente. Aquel anciano de campo, sin usar un solo término financiero, lo había amenazado con destruir la fusión más importante de la década si el bebé no heredaba el sentido del humor de la madre.
El shock fue tal que, por primera vez en su vida, Maximiliano Starling experimentó algo parecido a la inseguridad social.
Dos horas más tarde, Valeria se levantó para ir al baño y descubrió una rendija de luz encendida en el vestidor principal de la suite. Se acercó con sigilo, intrigada por el silencio absoluto que reinaba en la habitación, y se asomó por la puerta entornada.
Lo que vio la obligó a taparse la boca con ambas manos para no desatar una carcajada histórica.
Maximiliano estaba parado frente al espejo de cuerpo entero, vestido únicamente con una playera negra y sus pantalones de pijama. Tenía las manos metidas en los bolsillos y ensayaba posturas corporales con una solemnidad patética. El hombre que daba discursos ante trescientos accionistas sin leer una sola nota llevaba cuarenta minutos intentando humanizar su lenguaje no verbal.
—Buenas noches, abuelo Román. Un placer estar en su propiedad —articuló Maximiliano frente al espejo, forzando una sonrisa que parecía más bien una parálisis facial provocada por un exceso de anestesia dental. Negó con la cabeza, insatisfecho—. Demasiado corporativo.
Relajó los músculos de la cara, frotándose las mejillas con las manos, y volvió a intentarlo. Esta vez, trató de adoptar una postura que él consideraba "cercana y popular". Apoyó una mano en el marco del vestidor, ladeó la cabeza y ensanchó los labios de una manera tan exagerada que parecía un androide intentando imitar la calidez humana tras un fallo en su sistema operativo.
—¿Qué tal, Román? Qué magnífica arquitectura residencial tiene usted aquí. El bicho... es decir, el embrión, le envía saludos cordiales desde el entorno uterino.
Valeria no pudo más. Soltó un bufido de risa que rompió el encanto. Maximiliano se giró de golpe, poniéndose rojo de la nuca hasta las orejas al verse descubierto en fraganti en su sesión de entrenamiento social.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí, Grien? —preguntó con voz gélida, intentando recuperar su dignidad herida.
—Lo suficiente como para saber que si saludas a mi abuelo así, no solo va a cancelar la fusión de las constructoras, sino que te va a internar en un centro de salud mental —rio Valeria, entrando al vestidor y cruzándose de brazos—. Starling, estás completamente aterrado. El gran lobo de la construcción le tiene miedo a un viejo de ochenta años con bastón de mimbre.
—No es miedo, Valeria, es optimización de la marca personal —replicó él, acomodándose la playera con brusquedad—. Tu abuelo controla un bloque crítico de las acciones de la cooperativa constructora del sur. Si su percepción de mi estabilidad emocional o familiar se ve alterada por mi lenguaje corporal, el riesgo de volatilidad en la sociedad aumenta un quince por ciento. Estoy ensayando una interfaz de usuario más accesible para su perfil demográfico.
Valeria se acercó a él, lo miró a través del reflejo del espejo y negó con la cabeza, sintiendo una extraña mezcla de diversión y una sutil ternura que se negó a admitir en voz alta.
—Olvídate de la interfaz, "cara de iceberg" —le dijo, dándole una palmada amistosa en el hombro—. A mi abuelo no le vas a ganar con una sonrisa ensayada. Le gustan los hombres que aguantan el picante, que toman el vino sin rebajar y que no parpadean cuando les gritan. Mañana vas a entrar a esa casona, le vas a dar la mano con fuerza y vas a actuar como el tipo obstinado y testarudo que sos. Porque si hay algo que los Grien respetamos, es a un rival que tiene los mismos cables pelados que nosotros. Así que guarda esa sonrisa de comercial de pasta de dientes, que das miedo de verdad.
Maximiliano miró su reflejo, luego miró a Valeria y, tras un largo suspiro de resignación, relajó la mandíbula. El búnker familiar de los Grien los esperaba al día siguiente, y ambos sabían que la escena que tendrían que montar frente al Patriarca iba a requerir el mejor despliegue de su arsenal bélico y matrimonial.