Dos familias unidas por años de amistad se ven divididas por mentiras, celos y amores prohibidos. En el corazón de la tormenta: dos gemelos que deberían ser inseparables, pero que se convierten en enemigos por el cariño de todos y el amor del mismo chico; dos hermanos que ocultan sus sentimientos tras máscaras de dureza y crueldad; y un mundo donde la lealtad se paga con sangre y el amor se castiga con silencio. Un final que romperá todas las cadenas.
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Las semanas pasaron con una calma tensa, como si el aire mismo estuviera a punto de estallar. La chica, llamada Elena, se había instalado en la casa con todas las comodidades que su madre le ofrecía: una habitación propia, atención constante, conversaciones sobre nombres de bebé, habitaciones para el niño, planes de boda… todo organizado al detalle, como si la vida de Damián ya estuviera escrita y no tuviera voz para decidir nada.
Elena se acercaba a Demian pero era siempre rechazada.
Damián soportaba todo en silencio, recuperándose lentamente. Aún le dolían las heridas, y cada vez que veía a Elena en la cocina, en la sala, ocupando espacios que no le correspondían, sentía un nudo en el estómago. No la odiaba, pero no la amaba. Y la culpa no lo dejaba en paz: culpa por la noche en el hotel, culpa por no recordar, culpa por estar poniendo en riesgo lo que tenía con Alessandro.
Una tarde, cuando Alessandro llegó a visitarlo, se encontró a Elena en la puerta, bloqueándole el paso.
—Creo que por ahora no deberías venir tan seguido —le dijo con voz dulce pero firme—. Damián necesita descansar. Y pronto será padre. Hay cosas que cambiarán.
Alessandro la miró sin inmutarse.
—Damián decide quién entra y quién no —le respondió con calma—. Y si algo cambia, será porque él lo decida. No tú.
Pasó por su lado como si no estuviera, y al entrar a la habitación, encontró a Damián sentado al borde de la cama, con la mirada baja.
—Me dijo que no quería que vinieras —confesó Damián sin levantar la vista—. Y mamá le dio la razón. Dice que soy un mal ejemplo para el bebé si sigo viéndote.
Alessandro se sentó a su lado y le tomó la mano.
—Escúchame —le dijo con serenidad—. Nadie puede prohibirnos vernos. Pero necesitamos saber la verdad. Elena dice que el bebé es tuyo. Pero tú no recuerdas nada. Hacemos la prueba de paternidad apenas nazca, y mientras tanto, tú decides tu vida. No ella, no tu madre. Tú.
Damián asintió, pero se notaba que estaba dividido.
—Y si es mío… —susurró—. ¿Tú te irás?
Alessandro apretó su mano con firmeza.
—Si es tuyo, te ayudaré a ser el mejor padre del mundo. Pero no me iré. A menos que tú me lo pidas.
Las palabras le dieron fuerza, pero también más miedo.
Mientras tanto, Luca observaba todo desde lejos. Al principio parecía estar de lado de Elena, pero poco a poco empezó a notar cosas: miradas que no encajaban, llamadas telefónicas a escondidas, excusas que no cerraban. Una noche, pasando por el pasillo, escuchó a Elena hablando por teléfono en voz baja.
—Sí, todo va bien… todavía no sospecha nada… cuando nazca el bebé y se haga la prueba, ya veremos cómo lo manejamos… no te preocupes, te dije que te avisaría cuando tuviera el dinero…
Luca se quedó helado. No dijo nada en ese momento, pero desde ese día empezó a vigilarla. No le caía bien Elena, pero no por maldad, sino porque algo no le cerraba. Y aunque no se llevaba bien con Damián, no quería que lo engañaran.
Pasaron los meses. Elena se hizo más grande, más exigente. Damián se recuperó físicamente, pero por dentro se sentía vacío. Alessandro seguía a su lado, paciente, firme, pero también empezaba a agotarse de la situación.