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La Alegría De Los Vesinos

La Alegría De Los Vesinos

Status: En proceso
Genre:Comedia
Popularitas:83
Nilai: 5
nombre de autor: Lohendy G

En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.

NovelToon tiene autorización de Lohendy G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Charly inventa

En la calle de los Mangos, todos sabían que el Charly tenía dos virtudes muy curiosas: una imaginación que volaba más alto que los pájaros del techo, y una confianza en sí mismo que no cabía en todo el edificio. Lo que no tenía era mucha idea de cómo funcionaban las cosas en realidad. Pero eso nunca lo detuvo.

Una tarde, mientras miraba cómo la señora Pérez batía la ensalada con una cuchara, moviendo el brazo de un lado a otro con esfuerzo, el Charly se golpeó la frente con la mano y exclamó:

—¡Ya está! ¡Es lo que faltaba! ¡Voy a inventar una máquina que lo haga todo sola! ¡No habrá que mover ni un dedo! ¡Será la maravilla del siglo!

Nadie le hizo mucho caso. Don Beto dijo que “las máquinas siempre traen problemas”. Doña Eustaquia negó con la cabeza y comentó que “con lo que se le rompe todo, seguro va a armar un desastre”. Pero el Charly no se dejó desanimar. Subió al ático, abrió su caja de piezas viejas —llena de resortes, ruedas oxidadas, trozos de tubería, cuerdas y engranajes que nadie sabía de dónde salían— y se puso manos a la obra.

Durante tres días enteros se le oyó martillear, serruchar, golpear y tararear canciones mientras trabajaba. De vez en cuando soltaba un: —¡Casi va! —o un: —¡Ya casi funciona!—, y de vez en cuando también se escuchaba un estruendo fuerte seguido de un: —¡No pasa nada! ¡Todo está bien abajo!

Al cuarto día, bajó las escaleras muy orgulloso, empujando delante de sí una estructura de madera y metal que parecía un cruce entre una carreta vieja y un reloj descompuesto. Tenía ruedas de distintos tamaños que giraban a velocidades diferentes, cuerdas que colgaban por todos lados, una palanca de madera que parecía sostener todo por milagro, y un embudo grande de hojalata en la parte de arriba.

—¡Aquí la tienen! —anunció, deteniéndose en medio del patio, donde todos se habían reunido curiosos—. ¡La Gran Máquina Universal! ¡Pone la mesa, mezcla ensalada, bate huevos, y si le ponemos un depósito, hasta puede servir agua! ¡Es una obra maestra!

Todos lo miraron en silencio. La máquina tenía una apariencia imponente y… bastante temible. Las piezas chirriaban solo de mirarlas.

—¿Y cómo funciona? —preguntó Don Beto, mirándola con desconfianza, ajustándose las gafas.

—¡Muy fácil! —explicó el Charly, señalando las partes—. Se echa todo por aquí, se mueve esta palanca, y… ¡zas! ¡Sale todo listo por acá! ¡Funciona con energía de resortes y fuerza de gravedad! ¡No necesita electricidad! ¡Es ecológica!

—¿Y ya la probó? —preguntó doña Eustaquia, cruzándose de brazos.

—Pues… todavía no del todo —admitió el Charly, rascándose la cabeza—. Pero en teoría funciona perfectamente. ¡Vamos a probarla ahora mismo!

Se acercaron todos con cautela. La señora Pérez trajo los ingredientes de una ensalada: lechuga picada, tomate en trozos, pepino, rodajas de cebolla y un poco de sal y aceite. El Charly los fue echando uno a uno por el embudo de hojalata. Luego tomó aire, agarró la palanca con ambas manos, se puso rojo del esfuerzo y tiró hacia abajo.

Lo que pasó después nadie lo olvidó jamás.

La máquina soltó un chirrido tan agudo que hizo saltar a Centinela, que estaba durmiendo al sol. Las ruedas empezaron a girar a velocidades distintas, haciendo que toda la estructura se sacudiera de un lado a otro como si tuviera fiebre. Se escuchó un ruido fuerte: ¡CRAC! Una cuerda se soltó y salió disparada como látigo. Por la parte de abajo empezó a salir no una ensalada mezclada, sino una mezcla caótica: primero cebolla volando por todos lados, luego hojas de lechuga que parecían volar solas, tomate aplastado que salpicó la camisa de Don Beto, y un chorro de aceite que fue a parar justo sobre el sombrero de doña Eustaquia.

—¡Apáguenla! —gritó el Charly, tirando de la palanca en todas direcciones—. ¡Se descontroló!

Pero la máquina no se detenía. Seguía sacudiéndose, soltando trozos de pepino por aquí, sal por allá, hasta que de pronto… se quedó quieta de golpe. Soltó un último suspiro de metal, se inclinó un poco hacia un lado, y quedó en silencio.

El patio estaba irreconocible. Había verduras por todas partes, aceite en las paredes, sal esparcida como nieve, y todos los vecinos salpicados de rojo, verde y amarillo. Don Beto se quitó un trozo de tomate del hombro y miró al Charly, que estaba de pie junto a su creación, con la boca abierta y sin saber qué decir.

—Bueno… —dijo el Charly al fin, rascándose la nuca—. Tal vez… tal vez se le escapó un detallecito.

Doña Eustaquia se limpió una mancha de aceite de la mejilla, miró la máquina, miró al Charly tan apenado, y de pronto soltó una carcajada tan grande que hizo temblar las hojas de los árboles.

—¡Ay, muchacho! —decía entre risas—. ¡Su máquina no sirve para mezclar ensalada, eso está clarísimo! ¡Pero qué bien nos ha entretenido! ¡Hacía mucho que no nos divertíamos tanto!

—Y miren esto —dijo Don Casimiro, que se había acercado despacio a la máquina y señalaba una bandeja que había salido despacio, casi sin daños—. Algo sí salió. Aquí hay una ensalada. No muy bien mezclada, pero… es comestible.

Todos se acercaron. En efecto, entre el desastre, había quedado una porción de ensalada, un poco desordenada, pero entera.

—¡Ven! —dijo el Charly, recuperando el ánimo—. ¡Lo dije yo! ¡Sirve! ¡Solo que… hay que aprender a usarla! ¡Es una máquina de uso difícil!

Desde aquel día, aquella máquina se quedó en una esquina del patio. Nadie la volvió a usar para mezclar nada, porque todos estaban de acuerdo en que preferían mover la cuchara ellos mismos. Pero le pusieron un letrero que el Charly escribió con mucho orgullo: “LA GRAN MÁQUINA UNIVERSAL — MEZCLA TODO MENOS LO QUE DEBE MEZCLAR”.

Y cada vez que alguien miraba aquella estructura de ruedas y cuerdas, recordaban la lección más hermosa que les había dejado: que no importa si las cosas salen perfectas o no. Lo que de verdad vale es tener la valentía de intentarlas, la alegría de compartirlas… y saber reírse de los propios inventos, cuando salen mucho mejor de lo esperado… aunque de una manera muy distinta a la que uno imaginaba.

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