NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
Capítulo 15 — El suplemento de fertilidad era anticonceptivo
El escándalo estalló, como Valeria Montes había previsto, gracias a una denuncia impulsada por Ernesto y sus aliados.
Daniela Ruiz había tomado el «suplemento de fertilidad» con disciplina de convencida durante semanas. Al ver que no solo no quedaba embarazada, sino que su ciclo se descontrolaba, su suegra Patricia Robles, desconfiada por naturaleza, llevó las cápsulas a analizar. El resultado le heló la sangre: contenían un compuesto abortivo conocido que impedía la concepción y, en dosis sostenidas, podía provocar una pérdida gestacional.
Patricia Robles no perdió un segundo. Arrastró a Daniela Ruiz hasta la mansión Del Valle y montó el escándalo delante de la abuela, de Mónica Salazar, de Adrián Del Valle y de Valeria Montes, que había sido convocada esa mañana con cualquier pretexto.
—¡Veneno! —chilló Patricia Robles, agitando el informe del laboratorio—. ¡Le dieron veneno a mi nuera! Un «suplemento de fertilidad», decían. ¡Y era justo lo contrario! ¡Con razón la pobre no quedaba embarazada! —Se giró hacia Valeria Montes con el rostro desencajado—. ¡Y fuiste tú quien se lo dio! ¡Delante de todos, en el cumpleaños de la abuela! ¿Quisiste arruinar a nuestra familia, arpía?
Se lanzó hacia ella con la mano en alto. Valeria Montes se protegió instintivamente el vientre.
Fue Adrián Del Valle quien se interpuso, sujetando la muñeca de Patricia Robles en el aire.
—¡Tía, cálmate! ¡Está embarazada!
Valeria Montes representó su papel con maestría. Retrocedió con los ojos muy abiertos, temblando, la viva imagen del desconcierto herido.
—¿Veneno? —susurró—. ¿De qué está hablando, tía? Yo… yo le di ese suplemento de buena fe. Es el mismo que tomé yo. El mismo que me dio la madre de Adrián, la señora Salazar, durante años, para poder concebir. —Se volvió hacia Mónica Salazar, con lágrimas asomando de forma perfecta—. Madre, dígales. Dígales que usted me lo dio. Yo confié en usted. ¡Yo también lo tomé! Si tenía veneno… entonces a mí también me lo estuvieron dando.
Se hizo un silencio espeso.
Todas las miradas cayeron sobre Mónica Salazar, que se había puesto del color de la ceniza.
—Yo… eso… el remedio me lo dio un médico —tartamudeó, buscando una salida—. Yo solo lo pasé. La culpa es del médico, no mía, yo no sabía qué contenía…
Pero nadie le creía. La duda ya se había instalado en cada rostro de la sala.
Valeria Montes, mientras tanto, no perdía detalle de otra cosa. De Adrián Del Valle.
Cuando ella pronunció las palabras «el mismo que tomé yo durante años, para poder concebir», él no se había sorprendido. No había fruncido el ceño ni preguntado nada. Al contrario: su cuerpo se había puesto rígido, la mandíbula tensa, los ojos huidizos. La reacción de un hombre que oye confirmarse un secreto, no de uno que lo descubre.
Tú también lo sabías, pensó ella, con el pecho helándose de nuevo. Sabías que tu madre me esterilizaba. Y callaste. Durante años.
Ese fue, quizá, el momento en que se le rompió lo último que le quedaba.
—¡Esto es un crimen! —Patricia Robles no se rendía—. ¡Voy a llamar a la policía! ¡Que la ley decida quién envenenó a mi nuera!
—¡No! —Mónica Salazar casi gritó, y el pánico en su voz la delató más que cualquier confesión—. ¡La policía, no! ¡La familia Del Valle no puede verse envuelta en un escándalo así! ¡Piensen en el apellido, en los negocios, en la reputación!
Fue entonces cuando la abuela, que había observado todo en un silencio pétreo desde su sillón, golpeó el bastón contra el suelo una sola vez.
—Basta.
El salón enmudeció.
La anciana no era ninguna tonta. Sus ojos, viejos pero afiladísimos, lo habían entendido todo hacía rato: quién había preparado ese remedio, con qué intención, durante cuánto tiempo. Sabía que la culpable era Mónica Salazar. Lo sabía con absoluta certeza.
Y sin embargo, cuando habló, no fue para hacer justicia.
—Esto no sale de estas paredes —sentenció—. La familia Del Valle no lava sus trapos ante la policía ni ante nadie. —Miró a Patricia Robles—. Patricia, tu nuera recibirá una compensación digna. Un obsequio de mi propia mano, para que este malentendido quede olvidado. Y aquí se acaba el asunto.
—Pero abuela…
—He dicho que se acaba.
Valeria Montes lo comprendió todo en ese instante, con una claridad que le dejó un sabor a ceniza en la boca. La abuela sabía. Sabía que ella, su nieta favorita, había sido envenenada durante tres años bajo su propio techo. Y aun así, entre la justicia y el apellido Del Valle, elegía el apellido. Sin dudarlo.
En esta casa nadie va a protegerme de verdad, se dijo. Ni siquiera ella. El honor de los Del Valle pesa más que mi vida y que la de mi hijo. Estoy sola. Lo he estado siempre.
La última ilusión se apagó, y en su lugar quedó algo más duro y más útil: la certeza absoluta de que solo podía contar consigo misma.
La abuela, como para suavizar el silencio, se dirigió entonces a ella con una ternura que ya no la conmovía.
—Vale, mi niña, tú también fuiste víctima de todo esto, y encima estás embarazada. No quiero que sufras un solo disgusto más. —Hizo una seña a la señora Aguilar, que se acercó con un documento—. La villa junto al hospital, donde vives ahora. La pongo a tu nombre. Es tuya, legalmente, desde hoy. Para que tengas siempre un techo seguro donde criar a mi bisnieto.
Valeria Montes recibió la escritura con las dos manos y la cabeza inclinada, ocultando lo que le brillaba en los ojos.
Un soborno, entendió. La escritura, para que calle. Para que olvide. Pero no le importaba el motivo. Solo importaba el papel. La casa que Adrián Del Valle había planeado vender para su amante era ahora suya, suya de verdad, a prueba de todos ellos.
—Gracias, abuela —murmuró—. No sabe cuánto significa para mí.
Al otro lado del salón, Patricia Robles apretaba los puños, humillada de nuevo, viendo cómo Adrián y los suyos salían otra vez ilesos y hasta premiados. Se inclinó hacia su nuera y le susurró al oído, con los dientes apretados:
—Esa Mónica Salazar tiene el corazón de una serpiente. Y esta familia la protege. —Sus ojos se estrecharon—. Pero esto no queda así. Me van a pagar todo. Cada cosa. Con intereses.
Valeria Montes, guardando la escritura contra el pecho, no oyó las palabras. Pero sí sintió, en el aire enrarecido de la mansión Del Valle, cómo una nueva grieta se abría en los cimientos de la casa.
Y pensó, con una calma que ya nada podía quebrar, que esa casa entera estaba destinada a venirse abajo. Solo era cuestión de tener paciencia, y de estar de pie cuando cayera.