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Casada con el heredero exmilitar

Casada con el heredero exmilitar

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.

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Capítulo 20

Capítulo 20 — Vaya buen padre

Media hora después, Amelia llegaba a la mansión de los Cruz.

Desde que se había ido, no había vuelto. Al cruzar de nuevo el umbral, el lugar le resultó extrañamente ajeno.

Genaro estaba sentado en la sala. Al verla entrar, se levantó con una sonrisa de oreja a oreja.

—Ame, qué rápido llegaste.

—¿Dónde están las cosas de mi mamá? —Amelia no tenía ganas de cortesías; fue directa al grano.

La sonrisa de Genaro se apagó un poco.

—No hay apuro. Hace tanto que no vienes; primero acompaña a tu papá a cenar.

En ese momento salió Melina de la cocina, también sonriente.

—¡Ame, ya llegaste! Habrás pasado mucho trabajo por ahí, pobre. Estás más delgada.

Falsa preocupación.

Amelia frunció el ceño. Que los dos estuvieran tan cariñosos era, sin duda, señal de que algo tramaban.

—Si no tienen las cosas de mi mamá, me voy.

—Espera, siéntate. Ya te las traigo. —Genaro, al verla girarse hacia la puerta, se apresuró. Le hizo una seña a Melina con los ojos y se fue al estudio.

Melina tomó a Amelia del brazo y la hizo sentarse en el sofá.

—Ame, no te impacientes. Las cosas de tu mamá te las vamos a dar, seguro.

Y gritó hacia la cocina:

—Rosita, ¿ya está la crema de maíz que dejé al fuego? Tráela rápido para Ame.

Amelia la miró y rechazó con voz seca:

—No quiero.

Melina se detuvo. Cualquier otro día ya la habría estado hostigando con burlas, pero esa vez no se enojó. Le sirvió una taza de té.

—Lo tuve dos horas al fuego. Una mujer tiene que cuidarse.

Amelia tomó la taza y bebió un sorbo. Sin ganas de discutir, sacó el celular y contestó unos mensajes cabizbaja, sin advertir la sonrisa siniestra que cruzó el rostro de Melina.

Rosita trajo la crema de maíz. Melina insistió en que comiera.

Amelia miró el tazón y preguntó como al descuido:

—Con tanta amabilidad… ¿no le habrás echado algo?

Aquello hizo que a Melina le brillara un instante de nervios en los ojos. ¿No habría notado algo la maldita?

—Hermana, mi mamá te da su cariño y tú lo tomas a mal.

Cintia bajó las escaleras justo a tiempo para oír. Resopló con desdén.

—Ya que te preocupa que te envenenemos, me lo tomo yo.

Y, dicho esto, alzó el tazón y bebió.

Melina la reprendió con fingida molestia:

—Cintia, eso era para reponerle fuerzas a tu hermana.

Al oír aquel dúo de madre e hija, Amelia sonrió por dentro con frialdad. Quién sabía qué se traían entre manos.

En eso volvió Genaro con una cajita cerrada con llave.

—Esto lo tenía tu mamá guardado en el armario del cuarto. Tiene pegado un papel que dice que es para ti.

Cuando ordenó las pertenencias de la difunta, no le había prestado atención y la había dejado tirada entre trastos. Solo se acordó de ella hacía un par de días, buscando un anzuelo para hacer volver a Amelia.

Amelia estiró la mano hacia la caja, pero Genaro se la retuvo apretándola contra la mesa.

—¿Qué significa esto? —Amelia lo fulminó con la mirada.

Genaro soltó un suspiro teatral.

—Ame, los Cruz estamos en apuros. Papá quiere que le eches una mano.

Amelia rió con frialdad. Ya sabía ella que tanta amabilidad de los tres no era gratis. Ahí estaba la trampa.

—¿De qué se trata?

Genaro empezó a lamentarse de inmediato.

—Estos dos años la empresa va cada vez peor. Si no llega una inversión pronto, quiebra.

—Ajá. —Amelia esperó a que continuara.

—Con muchísimo esfuerzo encontré al señor Mora, dispuesto a invertir. Pero quiere unir a nuestras familias. —Genaro vigilaba la reacción de su hija—. El señor Mora ya tiene sus años, pero los Mora son gente de dinero. Si te casas con él, no te faltará nada nunca más.

Melina secundó con una sonrisa:

—Los hombres mayores saben consentir.

Amelia rebuscó en la memoria. El señor Mora… ¿no sería Baltazar Mora, aquel cincuentón grasiento y famoso mujeriego del que hablaba todo el círculo?

—¿Hablas de Baltazar Mora? —preguntó con curiosidad.

Genaro creyó que le interesaba y se animó.

—Sí. ¿Lo conoces? Entonces mejor todavía. Si te casas con él, ayudas a la empresa y vives sin preocupaciones.

Con que era eso: querían empujarla a un pozo de fuego. Vaya buen padre.

Amelia mantuvo la calma y sonrió apenas.

—He oído hablar de él. Debe de andar por los cincuenta. Y se ha divorciado dos veces, ¿no?

—¿Y qué tiene de malo el divorcio? Lo importante es que tiene dinero. Si te casas con él, vives como una señora rica; no tendrías que trabajar más —insistió Melina, con la boca llena de dinero.

Amelia asintió, como si le pareciera bien.

—Suena bastante bien.

—Entonces…

Genaro apenas abrió la boca, Amelia lo cortó con frialdad.

—Semejante fortuna, me temo que no la merezco. Que se case tu adorada hija, Cintia.

—Amelia, ¿qué insinúas? —Cintia, que hasta entonces disfrutaba del espectáculo, la fulminó con los ojos cargados de sombra de párpados.

Amelia curvó los labios, sarcástica.

—Si tus papás tienen en tan alta estima a ese señor Mora, ¿no sería más de su gusto que te casaras tú?

A Melina se le descompuso la cara. La máscara de la preocupación se le cayó de golpe.

—Amelia, no seas malagradecida. Eres la hija mayor de los Cruz. Te corresponde a ti casarte.

—Ah, ¿ahora sí soy la hija mayor de los Cruz? ¿Cómo es que antes nunca me trataron como parte de esta familia?

Amelia no olvidaba qué clase de vida le tocó vivir desde que Melina entró en la casa con Cintia.

Genaro dejó caer por fin la máscara de padre abnegado.

—Ame, esto lo aceptes o no, lo vas a aceptar. Si no, olvídate de recuperar las cosas de tu mamá.

Amelia soltó una risa de rabia y respondió sin apuro:

—Lamento decepcionarte. Ya estoy casada.

—¿Qué? —exclamaron los tres al unísono.

Cintia fue la primera en reaccionar.

—Imposible. Tú solo tenías un prometido.

—Cintia, ¿desde cuándo tiene un prometido? ¿Por qué no dijiste nada? ¿No acababa de terminar con Bruno? —preguntó Melina, alterada.

—Es que… ese día, cuando terminó con Bruno, agarró a cualquier hombre y dijo que era su prometido. Yo tampoco pensé que fuera de verdad.

Cintia no iba a confesar que lo había ocultado; de haberlo dicho, quizá la habrían casado a ella con Mora. Lo que no imaginó fue que Amelia se hubiera casado de verdad.

Genaro reaccionó rápido.

—¿Dices que estás casada? ¿Quién es tu marido? ¿Dónde está el acta?

Estaba seguro de que Amelia se lo inventaba para librarse de Mora.

Amelia puso los ojos en blanco.

—¿Quién anda con el acta encima? Pero…

Extendió la mano izquierda.

—Este es nuestro anillo de casados.

Desde la noche en que Adrián se lo puso, no se lo había quitado.

Cintia miró el anillo, de unas cuantas piedritas diminutas, y rió con desprecio.

—Hermana, ¿no me digas que de verdad te casaste con ese soldado muerto de hambre? Ni un anillo decente puede darte.

Al oír que era un soldado pobre, Genaro se tranquilizó. Casados o no, podían obligarlos a divorciarse; sin poder ni influencias, no le harían nada.

Se levantó y la miró desde arriba.

—No me importa si estás casada o no. Hoy le vas a hacer buena compañía al señor Mora.

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Soledad Muñoz Vazquez
lo q no entiendo es cómo hay mujeres tan tontas porque hay q serlo para mantener ha un calzonazos así que la culpa no es de él es de la tonta que lo mantiene porque yo ni loca le mando dinero ha un tío que no teni idea de lo q está haciendo
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