Jimena Rivas pasó cinco años siendo la esposa secreta de Sebastián Alcázar. Lo amó en silencio, cuidó su casa, soportó su frialdad y creyó que algún día él aprendería a mirarla.
Pero la noche en que descubrió que estaba embarazada, también vio a Sebastián anunciar ante todos a otra mujer: Sofía, joven, dulce, embarazada... y dueña de toda la ternura que él jamás le dio.
Sebastián le pidió el divorcio con desprecio, la obligó a cuidar a su amante y usó la enfermedad de su madre para mantenerla atada. Jimena decidió irse. Sin escándalos. Sin rogar. Sin mirar atrás.
Lo que Sebastián no sabía era que ella también esperaba un hijo suyo.
Y cuando por fin quiso recuperarla, Jimena ya había aprendido algo que él nunca imaginó:
amarlo no era destino.
Era una condena de la que estaba dispuesta a escapar.
NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18
Capítulo 18
Camila vio nuestras manos.
El vaso se había caído, mi bata estaba mojada y Mateo intentaba ayudarme a secar la tela. La escena, desde la puerta, se veía peor de lo que era.
Ella era hermosa de una forma fría: traje caro, maquillaje perfecto, cabello impecable. No parecía sorprendida. Parecía satisfecha de haber encontrado algo que ya venía buscando.
—Mateo —dijo—. No sabía que las guardias incluían ayudar a mujeres casadas a quitarse la ropa.
Mateo soltó mi manga.
—Camila, no empieces.
—¿Yo? —sonrió—. Tu mamá está preocupada por tu reputación. Yo también debería estarlo.
Me puse de pie.
—Fue un accidente. Se derramó agua.
Camila me recorrió con la mirada.
—Claro. Algunas mujeres siempre tienen accidentes frente al hombre adecuado.
Mateo endureció la voz.
—Basta.
—No. Basta tú. Si quieres romper un compromiso, hazlo de frente. No uses a una señora casada para sentirte valiente.
La palabra casada me cayó encima como una etiqueta sucia.
No porque fuera mentira.
Porque mi matrimonio existía solo cuando alguien quería humillarme.
—Con permiso —dije.
Salí antes de que Mateo pudiera detenerme.
Esa noche, el cielo estaba pesado desde temprano. A las ocho ya llovía con fuerza. Me había bañado, estaba lista para dormir y por primera vez en días pensé que quizá podía descansar.
Entonces llamó Sebastián.
—Ve al club privado. Salón 302.
—Estoy fuera de horario.
—Sofía se siente mal.
—Llévala a urgencias.
—No quiere moverse. Tú eres su doctora.
—No soy su doctora privada.
Su voz se volvió más baja.
—Tomaste dinero por cuidar su embarazo. No me hagas recordarte la cama de tu madre.
El teléfono me quemó en la mano.
—No tengo coche.
—Segundo cajón de mi cómoda. Usa el negro.
Colgué.
El cajón de Sebastián estaba lleno de llaves, relojes, tarjetas, efectivo, documentos de propiedades. Su vida cabía en un cajón sin seguro y aun así tenía más puertas abiertas que toda mi vida entera.
Encontré la llave.
Manejé despacio. La lluvia borraba las líneas de la calle. El coche era enorme, caro, ajeno. Yo iba empapándome de miedo en cada curva.
En la entrada del club, el guardia me detuvo.
—Solo socios.
—Me llamaron para una consulta médica.
—No está en la lista.
Llamé a Sebastián.
Nada.
Otra vez.
Nada.
La lluvia me escurría por el cuello. El guardia me miraba como si estuviera acostumbrado a mujeres inventando excusas para entrar.
—Por favor, avise al señor Alcázar.
—No podemos molestar a los socios.
Me quedé parada con el paraguas torcido por el viento.
—Doctora Rivas.
Santiago Ibarra bajó el vidrio de una camioneta.
Me vio mojada, con el cabello pegado a la cara, y no hizo preguntas que aumentaran la vergüenza.
—Viene conmigo —le dijo al guardia.
Adentro, el olor a alcohol, perfume y dinero fue inmediato.
Varias personas voltearon. Yo seguía mojada.
—¿Esa es la doctora? —dijo alguien—. Parece mesera.
—Ni mesera, las de aquí vienen mejor arregladas.
Sofía estaba en un sillón con una manta sobre las piernas. Sebastián, junto a ella, tenía los ojos pesados por el alcohol.
—Jimena, por fin —dijo Sofía—. Perdón por molestarte. Me puse nerviosa por lo que pasó en el hospital.
Sebastián me miró de arriba abajo.
—Llegas tarde.
—Me dejaron afuera.
—Debiste llamar.
—Llamé.
Sofía bajó los ojos.
—Seguro no escuchamos. Había música.
Mi cuerpo temblaba de frío.
—Voy a revisarte.
—Primero cámbiate —dijo Sebastián—. Estás toda mojada. No quiero que le pases frío a Sofía.
Por un segundo, de forma estúpida, casi creí que le preocupaba que yo me enfermara.
No.
Era Sofía.
Siempre Sofía.
Me dieron ropa seca de personal del club. La camisa olía a detergente barato y no era de mi talla. Cuando volví, varios se rieron por lo bajo.
Sofía me recibió con una sonrisa.
—Te queda bien el uniforme.
No respondí.
La revisé. No había sangrado. No había contracciones. Nada que justificara haberme hecho manejar bajo tormenta.
—No hay urgencia. Estás ansiosa y cansada. Descansa.
Sofía se tocó el vientre.
—Es que con los rumores del hospital me puse muy mal. No quiero que mi bebé sufra.
Entendí entonces.
No me habían llamado por una emergencia médica.
Me habían llamado para recordarme mi lugar.
De regreso, Sebastián estaba demasiado borracho para manejar. Sofía insistió en que yo los llevara.
El coche tenía una multa en el parabrisas.
No dije nada.
En la entrada del edificio, Sebastián me quitó el paraguas y se apoyó en mí con todo su peso.
—Esposa...
La palabra me rozó el oído, baja, empapada de alcohol.
El corazón me dio un golpe tonto.
—Camina —dije.
—Voy, esposa. No te enojes.
Sofía se mojó los zapatos y se quejó.
—Sebastián, me estoy empapando.
Él no respondió. Casi todo su cuerpo caía sobre mí.
—Ayúdame a subirlo —le dije.
—No puedo cargar peso.
—Entonces llama a alguien.
Sofía abrió los ojos, ofendida.
—¿Lo vas a dejar aquí?
—Por dinero lo subo. Gratis no.
Sebastián murmuró otra vez:
—Mi esposa, no te vayas.
Sofía se puso blanca.
—Me está llamando a mí —dijo rápido—. Él solo me dice así a mí.
—Claro.
Subí a Sebastián por dos mil pesos más de lo que hubiera valido cualquier taxi. Lo dejé en el sofá de Sofía y salí antes de verla limpiarle el cuerpo con esa devoción de esposa que todavía no era.
A la mañana siguiente, Sebastián estaba en mi casa, saliendo del estudio como si no hubiera dormido arriba.
—Agrega mi cuenta secundaria —dijo—. Si necesito pagarte, no quiero discusiones.
—Puedes escanear.
—No te hagas la digna. Ayer aceptaste.
Me pagó.
Mientras entraba la transferencia, llegó un mensaje de Clara.
“No vengas sola. El rumor cambió. Ahora dicen que tú eres la amante.”
Leí la pantalla en silencio.
Sebastián vio mi cara.
—¿Qué pasa?
—Nada que te importe.
Fui al hospital de todos modos.
En los pasillos, las miradas se pegaban a mi espalda. En el foro interno ya habían subido fotos: Mateo ayudándome, Santiago poniéndome el saco, yo entrando a oficinas. También documentos viejos de mi padre, insinuaciones sobre mis credenciales, comentarios sobre cómo había llegado tan joven a la jefatura.
No era un rumor espontáneo.
Era una demolición ordenada.
Sofía me encontró antes de llegar a dirección.
—Jimena, me preocupa mucho. ¿Es cierto lo de tus títulos?
—Preocúpate por los tuyos.
Sebastián apareció detrás de ella.
—Sofía no tuvo nada que ver.
—Ni siquiera pregunté.
—La conozco.
—A mí también decías conocerme.
El director me citó.
—Mientras se revisa la situación, queda suspendida de actividades clínicas.
—¿Por publicaciones anónimas?
—Por proteger al hospital.
Siempre era lo mismo.
El hospital primero.
La verdad después.
Salí con la bata doblada en el brazo. Antes de cruzar la puerta, sonó el teléfono del sanatorio.
—Doctora Rivas, su madre presentó sangrado interno. Necesitamos autorización inmediata.
El piso se movió.
Di un paso.
El cuerpo no me respondió.
Un brazo me sostuvo antes de caer.
Santiago.
—Respire —dijo—. Dígame a dónde vamos.
Quise hablar.
Solo pude decir:
—Mi mamá.
Rico conocer el final