Lucy creía que su vida era una sucesión de días predecibles: clases en la universidad, el mismo camino de regreso a casa, libros bajo el brazo y la certeza de que nada extraordinario podría sucederle en una tarde gris de otoño.
Hasta que choca con él.
Wonho aparece de la nada, con sus ojos oscuros que parecen guardar secretos de siglos, su abrigo impecable y ese libro de cuero marrón que lleva siempre consigo, cerrado con un cierre de latón que brilla tenuemente en la penumbra. Es un enigma con forma de persona, alguien que no pertenece a su mundo de rutinas y certezas.
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El símbolo en la librería
Los días siguientes pasaron como si el tiempo se hubiera partido en dos mitades. Por fuera, Lucy seguía siendo la misma: estudiante aplicada, hija obediente, amiga leal que reía en los pasillos de la universidad y compartía apuntes con sus compañeras. Por dentro, sin embargo, todo había cambiado. Cada paso que daba por la calle, cada mirada que cruzaba con un desconocido, cada rincón de la ciudad que antes le parecía tan familiar ahora se cargaba de un significado nuevo, de una expectativa silenciosa que le apretaba el pecho.
Wonho no volvió a aparecer. No hubo más notas entre los libros, ni hojas de roble en el suelo, ni sombras que la observaran desde las esquinas. Nada. Y sin embargo, Lucy sentía su presencia en todas partes: en el frío de la mañana que le recordaba el tacto de sus dedos, en la luz de las farolas al atardecer que le hacía pensar en esos ojos oscuros con destellos dorados, en el silencio de su habitación por las noches, cuando cerraba los ojos y lo veía caminar entre la niebla alejándose de ella.
Intentó convencerse de que debía olvidarlo. Es solo un chico misterioso que te gustó, se decía a sí misma mientras hojeaba sus apuntes sin retener nada. No sabes nada de él. Podría ser cualquiera. Podría ser peligroso. Pero la lógica no tenía poder contra lo que sentía en lo más profundo: esa certeza inexplicable de que él formaba parte de su vida desde mucho antes de aquel choque en la calle.
El sábado por la mañana, mientras caminaba hacia casa de una amiga, pasó frente a la librería antigua que quedaba en su ruta diaria. Era un lugar pequeño, de fachada desgastada por el tiempo, con escaparates llenos de volúmenes de cuero desgastado y letras doradas que ya casi no se leían. Siempre se había detenido a mirar, pero nunca había entrado. Aquel día, sin embargo, algo la empujó a girar el pomo de bronce y cruzar el umbral.
El aire de la librería la envolvió de inmediato: olor a papel viejo, madera pulida y un toque de incienso que parecía venir de algún rincón oculto. Las estanterías subían hasta el techo, cargadas de libros de todos los tamaños y colores, formando pasillos estrechos que invitaban a perderse entre ellos. El sonido de la calle quedó atrás, sustituido por un silencio cálido y acogedor, como si el lugar mismo guardara secretos de siglos.
—¿Te puedo ayudar en algo, querida?
Una voz suave la sacó de su ensimismamiento. Al fondo del mostrador, una mujer mayor de cabello blanco recogido en un moño impecable la observaba con una sonrisa amable. Sus ojos, de un azul claro y profundo, parecían ver más allá de lo evidente.
—No… solo estaba mirando —respondió Lucy, aunque sabía que no era verdad. Había entrado buscando algo, aunque aún no sabía qué.
Se alejó del mostrador y empezó a recorrer los pasillos despacio, pasando los dedos por los lomos de los libros sin tocarlos del todo. Eran volúmenes antiguos, muchos de ellos en idiomas que no reconocía, con tapas de cuero desgastado y cierres de metal que brillaban tenuemente bajo la luz de las lámparas. Y entonces lo vio.
En un estante bajo, casi oculto entre otros libros más grandes, había un volumen pequeño de cuero marrón. No era el mismo que llevaba Wonho —ese era más grueso, más imponente—, pero tenía el mismo aspecto de antigüedad, la misma textura de cuero que había visto en sus manos. Y en el centro de la tapa, grabado con una delicadeza casi imperceptible…
Lucy se agachó y lo tomó entre sus manos. El corazón le dio un vuelco.
Era el mismo símbolo. Un árbol cuyas raíces se entrelazaban formando un corazón, exactamente igual al que había visto en el reverso de la primera nota que Wonho le había dejado.
—Es un ejemplar muy especial —dijo la voz de la mujer mayor a su espalda. Lucy se giró bruscamente, con el libro apretado contra el pecho como si le hubieran pillado robando—. Perteneció a una colección privada que se dispersó hace muchísimos años. Pocos ejemplares quedan en circulación.
—¿Qué… qué libro es? —preguntó Lucy, con la voz quebradiza.
La mujer se acercó despacio y miró el volumen con una expresión de nostalgia en el rostro.
—Se llama Los guardianes de las historias —explicó—. Cuenta la leyenda que no son libros comunes. Guardan memorias, secretos, promesas que se hicieron hace mucho tiempo y que aún esperan ser cumplidas. Se dice que cada uno elige a su dueño, y que solo esa persona puede leer lo que realmente hay en su interior.
Lucy sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Las palabras de Wonho resonaron en su mente: Soy alguien que ha caminado por mucho tiempo en soledad. Alguien que lleva esperando este encuentro desde antes de verte.
—¿Guardianes? —repitió ella, apenas en un susurro—. ¿Guardianes de qué?
La mujer mayor sonrió, una sonrisa triste y misteriosa que no respondió del todo a su pregunta.
—De cosas que no deben perderse —dijo simplemente—. De historias que deben seguir viviendo, de promesas que no pueden romperse. Cosas que van más allá de lo que nuestros ojos pueden ver. Pero ya te digo, querida, son solo leyendas viejas. Historias que se cuentan para asustar a los niños o para hacer soñar a los románticos.
Pero Lucy sabía que no era solo una historia. Lo sentía en cada fibra de su ser. El libro en sus manos, el símbolo idéntico al de la nota, las palabras de Wonho… todo encajaba como piezas de un rompecabezas que aún no lograba armar del todo.
Compró el libro. No importó que fuera caro, no importó que no supiera siquiera si podría leerlo. Necesitaba tenerlo. Necesitaba agarrarse a cualquier pista que lo acercara más a la verdad sobre quién era Wonho realmente.
Al salir de la librería, el sol ya estaba más alto, pero Lucy no sintió su calor. Una sensación desagradable se había instalado en la base de su nuca: la misma sensación que había tenido antes de verlo en la esquina de la universidad. Alguien la observaba.
Se giró despacio. La calle estaba tranquila, con poca gente caminando de un lado a otro. Nadie que pareciera seguirla. Nadie que llamara su atención. Y aun así, la sensación no desapareció. Se intensificó.
Aceleró el paso, sin llegar a correr, sintiendo cómo el pánico empezaba a apoderarse de ella. Giró en una esquina, luego en otra, intentando perderse entre las calles más estrechas del barrio antiguo. El sonido de sus propios pasos resonaba en sus oídos, mezclado con el latido desbocado de su corazón. ¿Quién era? ¿Qué querían de ella? ¿Tendría algo que ver con Wonho y con ese mundo de secretos del que ella empezaba a asomarse?
Llegó a una calle ciega y se detuvo en seco, con la espalda pegada a la pared fría de piedra, respirando con dificultad. El libro de cuero le pesaba en el bolso como una losa. Cerró los ojos un instante, maldiciendo su curiosidad, maldiciendo el día en que chocó con él, maldiciendo cada decisión que la había llevado hasta allí.
—Lucy.
Su nombre pronunciado por esa voz profunda y suave la hizo abrir los ojos de golpe.
Wonho estaba allí, de pie en la entrada de la calle ciega, con la figura recortada contra la luz del día. No sonreía. Su expresión era seria, tensa, casi preocupada. Y por primera vez desde que lo conocía, Lucy notó algo nuevo en sus ojos: no solo misterio, sino también miedo.
—Te dije que tuvieras cuidado —dijo él, avanzando un paso hacia ella con una urgencia contenida—. No deberías haber ido a buscar respuestas por tu cuenta. Ahora has atraído atención que no deseas.
—¿Quién me sigue? —preguntó Lucy, con la voz temblando pero sin apartar la mirada de la suya—. ¿Quiénes son, Wonho? ¿Y qué eres tú realmente?
Él se detuvo a su lado, y ella sintió ese frío reconfortante de su presencia. Él extendió una mano hacia el bolso donde ella guardaba el libro, y sus dedos rozaron el cuero a través de la tela.
—Ahora no hay tiempo para explicarte todo —dijo, y su voz tenía una urgencia que la asustó—. Pero debes escucharme muy bien. Lo que compraste hoy es más que un libro. Es una llave. Y hay quienes harán cualquier cosa para quitártela. No vayas sola a ningún lado. No hables con nadie de esto. Y sobre todo… confía en mí. Solo en mí.
Lucy sintió cómo sus piernas flaqueaban. El miedo, la confusión, la atracción que sentía por él, todo se mezclaba en una tormenta dentro de su pecho. Pero cuando levantó la vista y lo miró a los ojos, supo que no tenía otra opción.
—¿Por qué debería confiar en ti? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Wonho le rozó la mano con la suya, y ese frío suave le recorrió el brazo, calmándola de alguna manera inexplicable.
—Porque yo soy el único que puede protegerte —respondió él en un susurro—. Y porque ya es demasiado tarde para volver atrás.