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EL CONTRATO DEL ORGULLO. EN LOS BRAZOS DEL CEO.

EL CONTRATO DEL ORGULLO. EN LOS BRAZOS DEL CEO.

Status: Terminada
Genre:Sustituto/a / CEO / Romance / Completas
Popularitas:11k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Cinco años de luto familiar y silencio absoluto fue el precio que Leonor pagó por quedarse atrás mientras Héctor, su amigo de la infancia, triunfaba en el extranjero. Fiel a una promesa implícita, guardó su pureza en un santuario vacío... hasta que llegó el sobre dorado: la invitación de boda de Héctor con otra mujer. Atrapada por el orgullo y el pánico a dar lástima, Leonor miente asegurando que tiene una pareja estable. El destino mueve sus hilos cuando Adrián Valero, el imponente y frío CEO de su multinacional, se queda sin asistente para un viaje de negocios a la misma ciudad del enlace. Lo que empieza como un pacto de urgencia para salvar la dignidad de Leonor se convierte en una farsa de noche y oficina de día dentro de una suite compartida con una sola cama. Entre los celos viscerales del pasado y la protección feroz de un hombre inalcanzable, las amarras se rompen. ¿Podrá Leonor proteger su corazón cuando la farsa se convierta en la verdad más peligrosa de su vida?

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CAPITULO 14. EL ROCE HACE EL CARIÑO

El crepúsculo tiñó el cielo de un tono violáceo profundo, anunciando la llegada de la noche y con ella, la obligación de volver a colocarnos las máscaras de la farsa. Héctor y Priscila nos habían citado para una cena informal en el porche de la casa principal junto a unos tíos de la familia que acababan de llegar para el enlace. Tras cerrar los ordenadores y dar por terminada la jornada laboral, Adrián y yo nos retiramos a la suite para cambiarnos de ropa. La atmósfera en la habitación compartida se sentía diferente a la del primer día; la conversación de la tarde bajo el porche había dejado flotando una corriente de confianza mutua que hacía que el silencio ya no fuera incómodo, sino expectante.

Adrián se metió en el vestidor para ponerse una camisa limpia, dejándome el espacio del dormitorio principal para mí. Saqué de la maleta un vestido de seda azul marino, de tirantes finos y espalda semiabierta. Era una de las pocas prendas elegantes que poseía, un regalo que mi madre me había hecho un año atrás con la esperanza de que saliera de mi encierro voluntario. Me desvestí a toda prisa y me deslicé dentro del tejido suave, sintiendo el frescor de la seda contra mi piel desnuda. Sin embargo, el pánico me sobrevino cuando intenté subir la cremallera invisible que recorría toda la columna vertebral.

El cierre, delicado y diminuto, se atascó justo a la mitad de la espalda, atrapando un pequeño pliegue de la tela interior. Intenté forzarlo con la mano derecha por encima del hombro, pero solo conseguí que se trabara aún más. Cambié de brazo, contorsionándome en una postura imposible mientras contenía la respiración, sintiendo cómo los nervios hacían que me temblaran los dedos. Estaba atrapada en mi propio vestido, con el tiempo corriendo en contra y sin ninguna posibilidad de solucionarlo yo sola.

—¿Leonor? ¿Todo bien ahí fuera? —La voz profunda de Adrián resonó desde la puerta del vestidor, que permanecía entornada—. El taxi de los tíos de Héctor acaba de entrar por la cancela principal. Deberíamos bajar en cinco minutos.

Sentí que el rostro me ardía de la vergüenza pura. No me quedaba otra opción.

—Adrián... esto... ¿podrías salir un momento? —balbuceé, pegando los brazos al cuerpo para sostener la parte superior del vestido, que amenazaba con caerse—. Tengo un pequeño... problema aquí.

La puerta de madera se abrió del todo y Adrián apareció en la estancia. Llevaba una camisa negra de sastre perfectamente entallada, con los botones del cuello desabrochados y las mangas elegantemente remangadas. Se detuvo a unos pasos de mí, paseando su mirada oscura por mi figura contorsionada. Al comprender lo que ocurría, esa media sonrisa irónica y enigmática volvió a dibujarse en sus labios, cargada de una diversión que no se molestó en ocultar.

—Vaya. Veo que el polo norte ha dado paso a una trampa textil —comentó con su habitual tono pausado, acercándose a mí con pasos firmes y silenciosos—. Gírese, Leonor. Deje que el departamento legal solucione este conflicto.

Me di la vuelta despacio, dándole la espalda, sintiendo que el corazón me daba un vuelco salvaje en el pecho. Me sujeté el tejido contra el pecho con ambas manos, completamente estática.

Adrián dio el último paso, acortando la distancia entre nuestros cuerpos hasta el punto de que fui capaz de percibir el calor que desprendía su torso y ese aroma magnético a madera, ámbar y limpio que ya se había instalado en mi memoria sensorial. Su cercanía física me dejó sin aire. Entonces, sus manos entraron en contacto con mi piel. Sus dedos, grandes, firmes y asombrosamente cálidos, rozaron la piel desnuda de mi espalda baja mientras buscaban el diminuto tirador de metal de la cremallera.

Un escalofrío eléctrico, agudo e incontrolable, me recorrió toda la espina dorsal desde la nuca hasta los pies, haciéndome dar un sutil respingo involuntario. La piel se me erizó al instante bajo el roce de sus yemas.

—Tranquila, no se mueva —susurró Adrián. Su voz, ahora mucho más baja, ronca y profunda debido a la proximidad, me vibró directamente en la nuca, alterando por completo el ritmo de mis pulsaciones—. Si se tensa de esa manera, voy a romper el cierre. Respire, Leo.

El uso de mi diminutivo en esa distancia tan íntima terminó de derretir mis defensas. Intenté soltar el aire despacio, pero mi cuerpo seguía reaccionando de una forma que jamás había experimentado en toda mi vida. Las manos de Adrián trabajaron con una paciencia y una delicadeza asombrosas. Sostuvo la tela con una mano, rozando repetidamente los contornos de mis omóplatos, mientras con la otra maniobraba con suavidad para liberar el pliegue atrapado. Cada contacto de sus dedos sobre mi piel se sentía como una marca a fuego, una caricia eléctrica que me hacía contener el aliento.

Fueron apenas unos segundos, pero en la solemnidad de la suite compartida se sintieron como una eternidad suspendida en el tiempo. Por primera vez en cinco años, caí en la cuenta de una verdad perturbadora: este roce no era parte de ninguna farsa, no había ningún Héctor mirando a través de una ventana, ni ninguna Priscila lanzando preguntas capciosas. Estábamos completamente solos. Y mi cuerpo, ese que yo había guardado en una pureza absoluta esperando un regreso nostálgico, estaba despertando con una intensidad arrolladora ante el contacto de un hombre que era mi jefe. El recuerdo de Héctor no existía en esa habitación; se había desvanecido por completo, sepultado por el magnetismo aplastante de Adrián.

—Listo —pronunció Adrián con suavidad.

Escuché el sutil y limpio recorrido de la cremallera subiendo por mi espalda hasta cerrarse por completo en la nuca. Sin embargo, una vez solucionado el problema, Adrián no se retiró de inmediato. Sus manos descansaron durante un par de segundos eternos sobre mis hombros vestidoss de seda, ejerciendo una presión sutil, cálida y extrañamente protectora, como si quisiera infundirme una seguridad que iba mucho más allá de una cena familiar.

Me giré despacio para quedar frente a frente con él. Al levantar la cabeza, me encontré con sus ojos oscuros fijos en los míos. Ya no había diversión en su mirada; había una fijeza intensa, analítica y cargada de un brillo espeso que me hizo tragar saliva con dificultad. Nos quedamos mirándonos en un silencio elocuente, con el aire de la suite vuelto denso, caliente y saturado de una tensión romántica que se podía cortar con un cuchillo.

—Está... espectacular, Leonor —dijo finalmente, y su tono de voz tuvo un matiz de absoluta sinceridad que me dio un vuelco al corazón.

—Gracias, Adrián... por la cremallera —alcancé a articular, con la voz un tanto trémula.

—No hay de qué —respondió él, recuperando su postura impecable con una madurez pasmosa y ofreciéndome el brazo con una caballerosidad impecable—. Es hora de bajar a escena. Recuerde sujetarme la mano si es necesario. Después de lo de esta tarde, dudo mucho que su amigo Héctor nos quite el ojo de encima en toda la noche.

Deslicé mi mano temblorosa sobre la tela firme de su brazo, sintiendo el latido de su pulso contra mis dedos. Salimos de la suite hacia la cena familiar, pero mientras bajábamos las escaleras de piedra de la villa, me di cuenta de una realidad irreversible: el enredo del novio falso ya no era solo un escudo para mi orgullo. El roce de sus manos me había cambiado las coordenadas del corazón, y la farsa estaba empezando a convertirse en la verdad más peligrosa de mi vida.

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Doris C Medina Rivero
que bello Adrián.🥰
Doris C Medina Rivero
que bello Adrián.🥰
Doris C Medina Rivero
guaoo.. 🥰🥰🥰
Doris C Medina Rivero
buenísimo, Héctor que te quede claro! 👏👏👏
Doris C Medina Rivero
esa bruja de Priscila 💣💣
Doris C Medina Rivero
que emoción 🥰🥰
Doris C Medina Rivero
Comienzo a leerte autora y me gusta tu escritura, está interesante.
Adiana Navas
genial me encanto muy terna y dulce
Maria Jose PAlma
me encanta 😍
Monica R Briseño
Excelente y maravillosa novela, una historia de amor donde él protege, defiende y ama tanto a ka mujer, muy bien narrada y escrita...
Muchas felicidades autora!!!!!
Nora Rivoir
Muy linda historia
Perla Arbos
Hermosa historia!!!. Felicitaciones!!!
EM
espectacular
EM
ed
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