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Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Cuánto Me Duele Dejarte Ir

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Romance / Amor prohibido / Completas
Popularitas:500
Nilai: 5
nombre de autor: Benjamín J. Gohega

Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.

NovelToon tiene autorización de Benjamín J. Gohega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Llanto en el balcón y abrazo.

Te invitaba a comer helado seguido. Amabas el helado.

Yo, en cambio, siempre terminaba tomando un batido de frutas o un té frío. Los helados no eran lo mío, pero ver tu cara de felicidad camino a la heladería era lo mejor del día.

Tus gustos favoritos eran frambuesa, menta granizada y banana split. Siempre los mismos. Pero ese año habíamos empezado a ir a una heladería con una cartelera interminable de sabores, y entonces elegías tres al azar cada vez que ibamos. Tu objetivo era probarlos todos.

Nos divertíamos tanto en esas tardes de helado, caminatas y besos.

Yo no tenía gustos de helado favorito, pero sí una estación favorita: la primavera. Todas mis primaveras con vos fueron hermosas desde que te conocí. Era la estación en la que cargaba las pilas para el resto del año.

Esa primavera había sido particularmente preciosa. La temperatura era más que agradable, las veredas estaban llenas de flores, las copas de los árboles frondosas, y los atardeceres pintaban el cielo de colores imposibles. Todo era una paleta de colores hermosa.

Desde que empezó el calor, ese año salíamos a caminar todas las tardes que teníamos libres. Quería disfrutar mi presente con vos, más de lo habitual. Me hacías sentir lleno de vida, me daban ganas de vivir.

Pero ese miércoles fue distinto.

Me encontraste llorando en el balcón, envuelto en una frazada, cuando afuera hacían veinticinco grados. No hacía frío. Para nada.

Pero yo sentía frío igual.

Me sentía mal, dolido, insoportable. Llorón.

Lloré hasta quedarme sin aire. De esos días en los que la vida te pasa por encima y ya no podés sacudirte la ropa, ponerte de pie y seguir.

Había pasado poco más de un año desde que falleció mi mamá. Y mi papá. Porque, aunque él no murió en el accidente, falleció a los pocos días en el hospital.

Desde entonces me había resultado muy difícil asumir todo. Las charlas que no tuvimos. Las palabras que repetía en mi cabeza una y otra vez: las que me dijeron, las que me hicieron bien y las que no. Había tanto por hablar, tanto por sanar y ya era tarde para esas charlas con papá y mamá.

Te sentaste a mi lado sin decir nada. Me abrazaste. Te tapaste con mi frazada y me dejaste llorar.

Vos sabías. Aunque nunca te conté todo ni profundicé demasiado, sabías que estaba roto. Que mi vida familiar había sido complicada. Que todavía tenía muchas cosas sin resolver.

Me abrazaste fuerte. Varias veces.

Y sentí como si en cada abrazo intentaras juntar mis piezas.

Ese día, como tantas otras veces, me ayudaste. Mucho.

Debo confesar que, a pesar de mi pasado, de mi historia y de esa mala suerte que me perseguía, estaba agradecido de tenerte. Vos eras lo mejor. Eras el mejor.

Y siempre tuve miedo de perderte.

Y si algo me duele hoy, es que ya no estés para darme esos abrazos. Para juntar mis partes.

Ya no estás para compartir la frazada y amarme.

Más tarde entramos al departamento y empecé a abrirme. Te conté algunas cosas de mi familia, de mi dificultad para comunicarme con mis padres. Y entre recuerdo y recuerdo terminamos hablando de la noche de mi graduación.

Te conté que no había ido. Que en ese momento, cuando dejamos de hablarnos y vos ibas a ser padre, la había pasado muy mal.

Me preguntaste si vos habías sido el motivo.

No.

Tenía más que ver conmigo que con vos.

Hablamos de la cena, del baile. Te dije que me hubiera gustado ir con vos. Bailar frente a todos, abrazados.

Esa noche te pusiste a cocinar en silencio. Algo rico, muy rico, seguro, aunque no recuerdo qué. Solo recuerdo el aroma.

Y recuerdo cómo te veías mientras picabas las verduras. Tu flequillo brillaba, tus ojos estaban hermosos. Consoladores. En paz.

Fui a la heladera a buscar una cerveza. Me miraste una vez. Dos.

Y de pronto ya no tenía el agua hasta el cuello. Me habías dado toda la calma que necesitaba.

Me acerqué y te abracé por la espalda. Te agradecí por estar en mi vida. Por quedarte. Por compartir tu departamento conmigo. Por amarme. Por cocinarme.

Vos reías. Yo lloraba. Pero esta vez no era tristeza. Era felicidad. Una felicidad que no sabía que podía ser mía.

Gracias.

Aunque siempre te incomodó que te agradeciera los momentos especiales.

Agarraste tu celular y empezó a sonar Fix You de Coldplay. Me invitaste a bailar. Nunca habíamos bailado un tema lento. Me hiciste sonrojar.

A pesar del tiempo juntos, todavía tenías ese efecto en mí.

Bailamos abrazados mientras cantabas en mi oído. Nunca fuiste el mejor cantante, pero me encantaba escucharte así, para mí, en la intimidad, en nuestro mundo.

Y yo pensaba en mi graduación. En la fiesta. En lo lindo que hubiera sido bailar un lento esa noche.

Con vos.

Cantándome al oído.

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Benjamín Gohega
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