Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.
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Capítulo 21
Capítulo 21 — La señora Valcárcel
El auto se detuvo frente a la sede del Grupo Boreal, esa torre de cristal que me había parecido tan hostil la primera vez que pisé su vestíbulo. Aquel día una recepcionista de sonrisa afilada me había mirado como se mira a una intrusa, me había hecho esperar de pie casi una hora y luego había fingido que mi nombre no figuraba en ninguna lista.
—Ya no trabaja aquí —dijo Damián, adivinando mis pensamientos mientras me abría la puerta con esa naturalidad suya que todavía me descolocaba.
—¿Quién?
—La que te hizo esperar. La despedí.
Lo dijo como quien comenta el clima. Ni una explicación de más, ni una espera de gratitud. Simplemente lo había hecho, en algún momento, sin decírmelo.
*Este hombre es un enigma que camina.*
Lo miré de reojo mientras cerraba la puerta del auto. Meses atrás, cuando me lo presentaron como el hombre con el que me casaría por un acuerdo entre familias, yo lo habría jurado incapaz de un gesto así. Damián Valcárcel era el témpano de San Martín, el presidente que hacía temblar salas enteras con solo entrar. Y sin embargo ahí estaba, despidiendo empleadas por humillarme, sirviéndome silencios que empezaban a parecerse a la ternura. *No te confundas, Renata. Un hombre puede ser justo sin ser tuyo.*
Subimos. En cuanto las puertas del vestíbulo se abrieron, tres empleadas de uniforme impecable se pusieron de pie casi a la vez. Y entonces lo escuché, en un coro perfectamente ensayado:
—Buenas tardes, señora Valcárcel.
Me quedé quieta medio segundo. *¿Señora Valcárcel? ¿Yo?* El título me cayó encima como agua tibia, un calorcito absurdo que me subió por el pecho hasta las orejas. Nadie me había llamado así antes con respeto. En la Casa Paredes yo era "la hija mayor" cuando convenía y "Renata" a secas cuando no. Aquí, de pronto, era una señora. La señora de alguien.
—Buenas tardes —respondí, y me esforcé para que la voz no me temblara.
Damián caminaba medio paso delante de mí, con las manos en los bolsillos y la barbilla alta. Al pasar junto al mostrador, sin detenerse, giró apenas la cabeza hacia las empleadas.
—La señora Valcárcel viene a firmar unos documentos. Que no la molesten.
La señora Valcárcel. Lo dijo él. Y no de cualquier forma: con una media sonrisa nueva, una que yo no le conocía, un gesto pequeño en la comisura de los labios que le duró apenas un instante pero que a mí me hizo dar un brinco por dentro.
*Renata, contrólate. Es un contrato. Un papel firmado. Nada más.*
Me lo repetí como un rezo mientras el ascensor subía. No sirvió de nada.
Porque la verdad, la que no me atrevía a mirar de frente, era que ese título me había gustado. "La señora Valcárcel." En la Casa Paredes yo había pasado años siendo invisible, la hija que se traga las sobras del cariño ajeno. Y de golpe, en la torre más importante de la ciudad, tres desconocidas se ponían de pie por mí. Me odié un poco por disfrutarlo. Y disfruté un poco de odiarme.
La oficina de Damián estaba en el último piso, toda ventanales y silencio. Me sentó frente a un escritorio con una torre de carpetas y un sello de tinta roja.
—Firma donde hay una equis. Sella al lado —dijo, y se fue a su propio escritorio, al otro lado de la sala.
Empecé con la tarea. Firma, sello. Firma, sello. Pero a los pocos minutos mis ojos se escaparon hacia él sin permiso.
Damián trabajaba con una concentración que era casi violenta. Tenía el ceño levemente fruncido, la corbata aflojada, y los dedos volaban sobre el teclado con una seguridad que hipnotizaba. De vez en cuando se detenía, releía algo en la pantalla, y se pasaba el pulgar por el labio inferior, pensando. La luz de la tarde le caía de lado y le marcaba la línea de la mandíbula.
Me sorprendí a mí misma con el sello en el aire, la boca entreabierta, mirándolo como una tonta.
*No cruces la línea, Renata. No cruces la línea.*
Bajé la vista de golpe a los papeles y sellé con tanta fuerza que la tinta salpicó. Cuando levanté la mirada otra vez, él me observaba.
—¿Terminaste? —preguntó.
—Casi.
—Te sobra tinta en la mano.
Me miré los dedos. Rojos. Sentí que la cara se me ponía del mismo color.
—Es la tinta —dije, tonta.
—Ya —contestó él, y juraría que había un asomo de burla en esa sílaba.
Terminé de sellar el último documento con el pulso hecho un desastre. Me limpié los dedos con un pañuelo mientras él revisaba las carpetas, hoja por hoja, verificando que todo estuviera en orden. Trabajaba así, con una minuciosidad de relojero, y yo lo observaba de reojo pensando que ese mismo hombre que revisaba contratos millonarios era el que anoche le había leído un cuento a su hijo con una voz que se volvía suave sin querer. *Dos personas viven dentro de él. Y solo a una me dejan conocer.*
Cuando salimos ya caía la tarde. Teníamos que pasar a recoger a Toñito al jardín. En el auto, Damián manejaba con esa calma imperturbable, una mano en el volante, la otra sobre la palanca de cambios. Yo iba de copiloto, todavía dándole vueltas al calorcito de "la señora Valcárcel", a la media sonrisa, a la manera en que sus dedos se movían sobre el teclado.
Y entonces, no sé qué me pasó. Fue un impulso. Estiré la mano y le di un pellizco rápido en la cintura, ahí donde la camisa se le tensaba.
Damián se sobresaltó. El auto dio un tironcito mínimo. Él enderezó el volante y me lanzó una mirada de reojo, con la voz de pronto más ronca de lo normal.
—No juegues. Estoy manejando.
—Perdón —dije, mordiéndome el labio para no reírme—. Se me antojó.
Él no contestó enseguida. Miró de nuevo la carretera. Y en su perfil, en esa cara que tantas veces me había parecido de piedra, apareció algo. Un temblor en la comisura. Casi, casi una sonrisa. La disimuló mirando el espejo retrovisor, pero yo la vi. Vaya que la vi.
*Sonrió. Damián Valcárcel sonrió por mí.*
Guardé ese momento en algún lugar de mí, en un cajón que sabía que no debía abrir pero abría igual.
—Estás muy callado —dije, para disimular el calor que me subía por el cuello.
—Estoy manejando —repitió—. Y tú acabas de intentar matarnos.
—Fue un pellizquito.
—Fue un atentado. —Cambió de carril con suavidad—. Recógelo tú a la salida, entonces, si tienes tanta energía.
Me reí sin querer. Y me di cuenta, en ese instante, de que estábamos discutiendo por nada, como discute la gente que se tiene confianza. Como una pareja de verdad. El pensamiento me asustó y lo aparté, pero se quedó dando vueltas por ahí, testarudo, todo el resto del camino.
El jardín de infancia estaba a rebosar de padres y niños a la salida. Toñito nos vio desde el patio y salió disparado, la mochila rebotándole en la espalda, la serpiente de juguete asomando de un bolsillo.
—¡Papá! ¡Tía! —gritó, y frenó en seco delante de nosotros mirándonos a uno y a otro con esos ojos enormes que no se le escapaba nada.
Ladeó la cabeza.
—Papá... ¿tía y tú son amigos ahora?
Se me detuvo el corazón. Miré a Damián de reojo, esperando su típico silencio cortante, su cambio de tema.
Damián se agachó, le acomodó la mochila al niño, y no dijo nada.
Pero tampoco lo negó.
Y ese "nada" fue lo más cercano a un "sí" que yo le había escuchado. Toñito pareció darse por satisfecho, porque enseguida se puso a contarle a su papá que había pintado un dinosaurio verde con seis patas "porque los dinosaurios de verdad tienen las patas que quieren".
Yo caminaba detrás de ellos, hacia el auto, con una sensación cálida y peligrosa instalándose en el pecho. Padre e hijo delante, el sol bajando, y yo, la señora Valcárcel, siguiéndolos como si de verdad pertenecieran a mí.
*Cuidado, Renata. Esto no es tuyo. Solo te lo prestaron.*
Estaba tan metida en mis pensamientos que casi no la vi. Una mujer joven, con un delantal de tela y una carpeta apretada contra el pecho, se acercó con paso apurado. La reconocí: era Marlene, la maestra de Toñito.
—Señora Valcárcel —dijo, y bajó la voz de una manera que me erizó la piel—. ¿Tiene un minuto? Necesito hablarle a solas.
Miré hacia el auto. Damián ya estaba subiendo a Toñito a la sillita, distraído con el asunto del dinosaurio de seis patas.
—Sí, claro —dije—. ¿Pasó algo?
La maestra Marlene se mordió el labio. Sus ojos iban del niño a mí, nerviosos, y su voz salió apenas como un susurro.
—Necesito comentarle algo delicado sobre Toñito.