Un imperio donde la magia proviene de los cuerpos celestes. Quienes nacen bajo el Sol controlan la materia; quienes nacen bajo la Luna, la mente. Cada milenio ocurre un Eclipse de Sangre que otorga poder divino a quien realice un sacrificio real.
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La Marca del Valle Quemado
El viento del noreste soplaba con una violencia helada sobre las llanuras de la provincia de Val-D'or, arrastrando ceniza gris y copos de nieve sucia. Las columnas de humo que se alzaban en el horizonte no provenían de las chimeneas de los campesinos, sino de los depósitos de grano y las capillas rurales que habían comenzado a arder bajo el paso de los rezagados del antiguo régimen.
Vespera von Haze detuvo su semental en la cresta de un barranco rocoso. Llevaba la capucha de su capa de viaje calada hasta las cejas, pero la brisa helada agitaba los mechones azabaches que escapaban del tejido. A sus espaldas, la columna de trescientos hombres de la guardia rebelde se había detenido en formación de marcha.
Klen subió a pie por la pendiente de rocas sueltas hasta quedar a su lado. La guadaña de hierro descansaba sobre su hombro derecho, cubierta con una funda de lona encerada para proteger el filo de la humedad de la nieve.
—No hay sobrevivientes en el caserío de la falda —dijo Klen con la voz grave, marcada por una rabia contenida pero profunda—. Los colgaron de las vigas del pozo de agua por haber aceptado los sacos de grano marcados con el sello del consejo provisional.
Vespera no respondió de inmediato. Desplegó un mapa de cuero sobre la montura de su caballo y trazó una línea con su dedo enguantado.
—No es una incursión de bandidos sin rumbo, Klen —analizó ella con severidad militar—. Están siguiendo una ruta de suministros precisa. El Barón de Val-D'or está limpiando los pueblos pequeños para aislar las guarniciones del norte antes de que las nieves cierren los pasos de la cordillera. Se hacen llamar 'Los Hijos del Alba'.
—Fanáticos... —masculló Klen, escupiendo al suelo—. Creen que matando a la gente que no tiene magia van a hacer que el Sol vuelva a salir en el cielo.
—Creen lo que la Inquisición les enseñó durante doscientos años —corrigió Vespera, mirando las casas humeantes en el fondo del valle—. Se les enseñó que el Sol era la única fuente de vida pura y que la Luna era una abominación. Cuando les quitas el dogma de golpe, el vacío no lo llena la razón, sino el fanatismo violento. Si el Barón logra tomar los depósitos de azufre de la frontera este, no solo armará a cuatro mil hombres: tendrá la capacidad alquímica para fabricar explosivos de dispersión masiva.
Klen extendió la mano y tocó la muñeca de Vespera, apretándola con la calidez constante de sus dedos callosos.
—Enviaremos un cuervo de sombras a la capital —dijo el campesino—. Aurelius y Valerius deben enviar al menos dos regimientos de la caballería lunar para bloquear la frontera antes de que los fanáticos lleguen a los depósitos. Nosotros nos quedaremos aquí para organizar la milicia de los pueblos del valle.
Vespera miró al hombre que amaba. La promesa de una vida tranquila en la granja de Oakhaven parecía alejarse de nuevo frente a la realidad de un imperio que se negaba a morir en paz. Sin embargo, en los ojos verdes de Klen no había duda ni arrepentimiento; solo la solidez de un hombre dispuesto a defender el suelo que pisaba.
—Escribiré el informe ahora mismo —dijo Vespera, sacando un pliego de pergamino de la alforja de su montura—. Pero conozco a Valerius. El Archiduque no moverá las tropas de la capital a menos que sienta que la amenaza puede poner en peligro la vida de Aurelius o la estabilidad de su mandato.
—Valerius moverá a las tropas —afirmó Klen en un tono pausado—. Porque sabe que si las provincias del norte caen, la Noche Eterna que construyeron no será más que un sitio militarizado sin comida para el invierno.
...
En la Capital Radiante, el cuervo de sombras de la Inquisición cruzó las brumas violetas de la mañana y se posó en el alféizar de la ventana del Palacio del Cenit.
El Archiduque Valerius se encontraba de pie junto a la gran mesa de nogal del estudio privado. Había pasado la noche en vela, rodeado de mapas de impuestos y balances de granos de las provincias del sur. Al escuchar el aleteo del ave, caminó hacia la ventana con pasos silenciosos y retiró el pequeño tubo de cuero atado a la pata del animal.
Desenrolló el pergamino y leyó las líneas apretadas escritas por Vespera. Su rostro, habitualmente impenetrable, se endureció al confirmar la magnitud de la insurrección en el este.
—'Los Hijos del Alba'... —murmuró Valerius en la soledad del estudio, con una voz helada—. Moscas alimentándose de la carroña de la corona.
Se giró hacia el dormitorio contiguo para discutir el informe con Aurelius.
Al cruzar el arco de piedra de la habitación, la escena que encontró hizo que el pergamino se le escapara de los dedos.
Aurelius estaba tendido en el suelo de mármol, a medio camino entre la cama y el lavabo de cuarzo. El joven príncipe estaba de rodillas, apoyando una mano contra el suelo para no desplomarse por completo, mientras la otra presionaba su propio abdomen con una fuerza desesperada. Su respiración era un silbido agónico, entrecortado y superficial. La camisa de lino blanco que vestía estaba empapada en un sudor frío y pálido, y su rostro presentaba una palidez cactácea que hacía destacar horrorosamente las vetas oscuras de sus labios.
—¡Aurelius! —el grito de Valerius quebró el silencio del palacio.
En una fracción de segundo, el Archiduque cruzó la estancia y se arrojó al suelo junto al muchacho. Lo tomó en brazos, levantando su torso contra su pecho. Al tocar la piel del príncipe, Valerius sintió un escalofrío brutal: la temperatura del joven había descendido a niveles peligrosamente bajos, mientras que su pulso cardíaco latía de forma errática, dando tres latidos frenéticos antes de detenerse durante un segundo agónico y volver a empezar.
—Valerius... —alcanzó a articular Aurelius. Su voz no era más que un soplo roto que apenas se entendía—. Me... me quema por dentro... pero no hay fuego... es como si algo me estuviera drenando la sangre desde las entrañas...
—Resiste. No hables, guarda el aliento —ordenó Valerius, apretando al muchacho contra sí mientras expandía de inmediato un manto de magia psiónica alrededor del cuerpo de Aurelius para intentar estabilizar su ritmo vital.
Sin embargo, al penetrar con su mente en la red de maná del príncipe, Valerius chocó contra un muro insuperable. No había un bloqueo psiónico ni una herida física visible. Era como si los canales de energía solar de Aurelius estuvieran colapsando sobre sí mismos, marchitándose desde el centro de su cuerpo como si una corrosión invisible estuviera devorando su fuerza vital gota a gota.
—¡CORVUS! —rugió el Archiduque hacia la puerta de la suite, con una furia y un pavor que jamás se habían escuchado en su voz durante sus cuarenta años de vida—. ¡Llama a la guardia! ¡Cierra el palacio! ¡QUE VENGAN LOS SANADORES AHORA MISMO!