Ella aprendió que el poder no evita las traiciones ni el dolor. Con el corazón roto y el alma marcada por un pasado que juró olvidar, se convirtió en una CEO temida e inalcanzable. Él, un hombre humilde de corazón noble, apareció cuando ella había dejado de creer en el amor.
Entre secretos, heridas y un destino imposible de evitar, ambos descubrirán que solo el amor más sincero puede curar un corazón.
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TREGUA
“Deja de espiar” susurró Rodrigo con una frialdad que congeló el ambiente, justo después de acomodar con extrema delicadeza al pequeño Luca en el centro de su cama.
Se incorporó lentamente y la miró fijamente “Tomas el café que preparó mi abuela y nos vamos. No tengo el más mínimo interés en relacionarme con gente de tu clase”
Lesly sintió una punzada de incomodidad ante la hostilidad de sus palabras; parecía que el joven la odiaba con un resentimiento puro.
Lo que ella ignoraba era el muro que Rodrigo había construido en su interior: para él, la gente de la alta sociedad no era más que un nido de personas egoístas, superficiales y desprovistas de empatía, una creencia que la actitud de Lesly en la comisaría no había hecho más que confirmar.
Pero Lesly Acuña no era mujer que se dejara pisotear. Su propio orgullo, forjado en el competitivo mundo empresarial, emergió de inmediato como un escudo.
“A mí tampoco me importa tu vida” respondió ella, sosteniéndole la mirada con la misma dosis de hielo “Si no fuera por mi hijo, ni siquiera te daría el saludo”
Sin esperar un segundo más, se acercó a la cama y tomó a Luca en sus brazos, interrumpiendo el descanso del niño.
“Me voy. No quiero seguir importunando al señor” sentenció con sarcasmo, saliendo de la habitación con el rostro encendido de rabia.
Abajo, en la cocina, el eco de los susurros se interrumpió de golpe. La abuela compartía un momento cómplice con Briana; la pequeña de siete años estaba visiblemente emocionada, albergando la inocente esperanza de que, por fin, su hermano mayor estuviera pensando en sí mismo y buscando su propia felicidad con una mujer tan hermosa.
Sin embargo, la fantasía romántica se disolvió con los pasos apresurados y firmes de Lesly bajando las escaleras.
Al ver a la anciana, Lesly forzó una sonrisa, intentando recuperar la compostura y la educación que la caracterizaban “Me retiro, señora. Que tenga un buen día” dijo, caminando hacia la salida.
Pero el movimiento brusco rompió el frágil sueño de Luca. El pequeño abrió los ojos y, al no ver el rostro de Rodrigo, comenzó a llorar con una desesperación que alarmó a Lesly.
El apego que su hijo había desarrollado por ese completo extraño en menos de veinticuatro horas era algo que la sobrepasaba y la asustaba profundamente.
Rodrigo, que venía pisándole los talones, no lo dudó. Con un movimiento ágil y autoritario, le quitó al pequeño de los brazos antes de que el llanto se intensificara.
“Eres demasiado imprudente” la reprendió en un susurro cortante, mientras Luca, casi por arte de magia, comenzaba a calmarse al sentir el calor del hombre “Abuela, iré a dejarlos a su casa” anunció, enfilando hacia la puerta con el niño.
Lesly lo siguió, hirviendo de rabia por dentro. Ese hombre era insoportablemente mandón.
En su mundo, todos la trataban con un respeto; nadie se atrevía a levantarle la voz ni a cuestionar sus decisiones, y mucho menos un trabajador.
Los tres subieron al automóvil, Rodrigo se acomodó en el asiento trasero, manteniendo a Luca protegido en su regazo, mientras Lesly se aferraba al volante, controlando su furia mientras conducía.
En el asiento de atrás, una negociación comenzaba a tener lugar.
“Campeón, escucha... yo tengo que trabajar” empezó Rodrigo, usando un tono suave pero realista para hablar con el niño.
“Puedo ir contigo” respondió Luca de inmediato, mirándolo con ojos suplicantes.
“No, es muy peligroso. Además, tú tienes a tu familia y yo tengo la mía. Cada quien debe estar en su lugar”
“Pero... ¿y si tu familia viene con la mía? Por favor, papá” suplicó el pequeño, uniendo sus manitas.
Lesly escuchaba la conversación, miro a través del espejo retrovisor y sentía que la situación se volvía cada vez más compleja y asfixiante.
En su mente, no podía evitar culpar internamente el descuido de su madre y su hermana en el centro comercial; un solo error de minutos los había arrastrado a este laberinto emocional.
Rodrigo miró el rostro triste del niño y suspiró, buscando una tregua que les permitiera salir del coche sin un nuevo ataque de llanto.
“Hagamos una cosa, Luca. Tú te quedas en tu casa tranquilo, yo voy al trabajo y, en cuanto salga, paso a visitarte un rato. Después me voy a mi casa ¿Te parece bien?”
“¡Pero yo no quiero eso! Quiero estar contigo, papá” protestó Luca, inflando los labios en un puchero.
“Es eso o nada, Luca” interrumpió Lesly desde el asiento del conductor, aplicando su frío carácter ejecutivo para poner fin a la discusión “Ya escuchaste al señor. Así que elige ahora mismo”
El tono tajante de su madre hizo que el pequeño asimilara la derrota. Bajó la cabeza con una profunda tristeza. que lo conmovió.
“Está bien, mamá...” aceptó en voz baja, para luego volverse hacia el joven “¿Me prometes que vendrás todos los días a verme? ¿Lo prometes?”
Rodrigo contempló la pureza en los ojos del niño, sintiendo que una parte de su coraza se agrietaba.
Olvidando por un segundo el abismo social que lo separaba de ellos, selló el pacto.
“Te lo prometo, pequeño” susurró Rodrigo, estrechándolo contra su pecho mientras el vehículo se adentraba en los barrios más exclusivos de la ciudad.