Dulce Serrano fue a una convivencia universitaria para hacerles un favor a sus amigas. Terminó contra una pared, besada por Emiliano Montero, el número nueve del equipo de básquet y el hombre al que medio campus quiere llevarse a la cama.
Él solo había salido del salón para librarse de las chicas que lo perseguían. Entonces Dulce tropezó frente a él y Emiliano reconoció la voz de la desconocida que llevaba cuatro días buscando. La sostuvo, ella le exigió que la soltara… y él perdió el control.
Dulce debería odiarlo. Emiliano es enorme, arrogante y peligrosamente intenso: justo lo contrario de los hombres tranquilos que siempre le han gustado. Pero el chico que con todos es hielo la cubre con su chamarra bajo la tormenta, vela su sueño por teléfono y aparece cada vez que ella tiene miedo.
Y Dulce lleva demasiado tiempo viviendo con miedo.
Uriel, un excompañero obsesionado que se hace pasar por su novio, ha vuelto a encontrarla. Cuando sus mentiras convierten a Dulce en el blanco de todo el campus, Emiliano le propone un trato: fingir que están juntos para dejar claro que ella nunca le perteneció a Uriel. Él pondrá el cuerpo, el nombre y hasta su carrera deportiva en juego. Ella no le deberá nada.
El problema es que Emiliano no sabe fingir cuando se trata de Dulce.
Entre rumores que se vuelven virales, una madre dispuesta a separarlos y una atracción que termina ardiendo detrás de cada puerta cerrada, el acuerdo empieza a parecerse demasiado a una relación de verdad. Uriel quiere poseerla. Emiliano quiere protegerla. Pero Dulce se cansó de que otros decidan por ella: esta vez va a defender su nombre, su deseo y su derecho a elegir… antes de que los celos, el escándalo y el deseo los consuman a todos.
Porque el número nueve nunca falla un tiro. Pero con Dulce ya perdió la cabeza, la defensa y el corazón.
NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9
Cap 9: ¿Cuándo me devuelves la chamarra?
—¿Contigo? —Karla soltó una carcajada seca desde su cama—. Sí, cómo no. El témpano cruza medio campus, se mete en una facultad y en una clase que no son las suyas, y de milagro se sienta al lado de la única persona con la que después va a compartir chamarra. Qué coincidencia tan bien peinada.
—Karla —dijo Dulce.
—Es que la chamarra de la foto —Karla señaló el bulto doblado— es esa. La misma. Trae la mancha del codo. Nadie te confundió, Serrano. A ti te fueron a buscar.
Brenda, en su cama, se había quedado muy callada, sonriendo apenas para sí misma con la mirada perdida en un punto de la pared, como quien acaba de recibir una noticia buena y todavía no decide qué hacer con ella.
—Ya. En serio. —Dulce apagó su lámpara—. No ando con nadie, no me gusta nadie, se la devuelvo mañana y se acabó. Buenas noches.
Se tapó hasta la cabeza. Y creyó, ingenua, que ahí terminaba el asunto.
*
Lo que Dulce no vio, porque estaba dormida, fue lo que Fer hizo esa noche.
Fer, que llevaba dos horas sin poder pegar el ojo de la emoción, agarró la foto del salón, le agregó la de la chamarra número nueve, buscó en internet una de Emiliano encestando —de esas heroicas, a contraluz— y armó con las tres un collage precioso, con corazones en las esquinas y una tipografía rosa que decía, en grande: #DulcEmi.
Y lo subió. Al grupo de la carrera. Al foro estudiantil. A dos grupos de Facebook de "chismes USR". Con el pie: "CONFIRMADO 🔥 la estrella del equipo anda tras una de Letras. Fuentes cercanas (yo). #DulcEmi apoyen".
A eso de las tres de la mañana, en su departamento demasiado limpio cerca del campus, Emiliano estornudó.
*
Dulce durmió hasta el mediodía. Sábado.
Cuando por fin estiró la mano hacia el teléfono, tenía cuatrocientos y tantos mensajes.
Se sentó de golpe en la cama. Grupos encendidos, notificaciones amontonadas, su nombre —su nombre— rebotando por medio campus. "¿esa es la novia del crack?", "¿neta anda con él?", "yo la vi, es de Letras", "no es tan guapa, ¿qué le vio?", "#DulcEmi ✨", "aparta que ese ya tiene dueña 😤". El collage de Fer estaba en todos lados. Su cara estaba en todos lados.
—Fernanda Quiroz —dijo, con una voz de ultratumba—. ¿QUÉ HICISTE?
Fer, desde su cama, se tapó con la cobija.
—Te hice viral, de nada.
—¡Te voy a matar!
Y entre el mar de notificaciones, hasta abajo, había una distinta. Una solicitud de WhatsApp. Foto de perfil: una cancha vacía. Nombre: Emiliano. Y una notita, adjunta a la solicitud, escrita con la parquedad de siempre:
"¿Cuándo me devuelves la chamarra y el paraguas? Hoy, 7 p. m., entrada del gimnasio. Te paso mi número."
Debajo, el número.
Dulce se quedó mirando la pantalla un rato largo. El corazón haciendo cosas que ella le había prohibido expresamente hacer. Se acordó de la chamarra doblada en la silla, de que olía a naranja, de que él había cruzado media ciudad bajo la lluvia sin paraguas.
Aceptó la solicitud.
Nada más para devolverle sus cosas, se dijo. Nada más por educación.
*
Lavó la chamarra a mano esa tarde, con jabón bueno, y la colgó a secar, y cuando estuvo seca la dobló con un cuidado que ella misma se reprochó. Metió el paraguas en la bolsa. Y a las seis y media, con el pelo suelto y una sudadera que no era de nadie, salió de la residencia rumbo al gimnasio, al otro extremo del campus.
En el paso peatonal, esperando el semáforo, dos muchachas atrás de ella iban comentando.
—¿Ya viste a la del #DulcEmi ese? La de Letras.
—Ay, sí. La típica que se hace la que no quiere. Bien que anda con la chamarra puesta para todo el mundo.
—Es que ni está tan bonita. Con lo que ese cuate podría tener.
Dulce apretó la bolsa contra el pecho y se tragó las ganas de voltear y decirles tres cosas. El semáforo cambió. Cruzó rápido, con las orejas ardiendo, con el coraje burbujeando.
Y del otro lado, esperándola apoyada en un poste, con esa sonrisa que llegaba a la boca y no a los ojos, estaba Brenda.
—¡Dulce! —Se le acercó como si fueran amigas de toda la vida—. Qué bueno que te alcanzo. Voy para el gimnasio también, tengo que dejar unos papeles. ¿Esa es la chamarra? —Le echó el ojo a la bolsa—. ¿Se la vas a devolver tú misma? ¿En persona?
—Pues… sí. Quedé de verlo a las siete.
—Ay, no, qué oso. —Brenda hizo una mueca de complicidad, bajando la voz—. ¿No viste los grupos? Si te ven ahí entregándole la chamarra en la entrada del gimnasio, mañana el #DulcEmi está peor. Te van a comer viva. —Le puso una mano en el brazo, cálida, preocupadísima—. Mira, déjame ayudarte. Yo voy para allá de todos modos. Yo se la doy, le digo que se la mandas, y tú te ahorras el bochorno y a los chismosos. ¿Te late?
Dulce dudó. Miró la bolsa. Miró la entrada del gimnasio a lo lejos, donde ya empezaba a juntarse gente. Miró los grupos encendidos en su mente. Y la propuesta, francamente, sonaba a salvavidas.
—¿No es mucha molestia?
—Para nada. Somos roomies, ¿no? —Brenda ya tenía la mano estirada—. Además, entre nosotras: yo que tú, con ese tipo, tendría cuidado. —Bajó la voz, en tono de consejo de amiga—. Los galanes así juegan con una y luego ni se acuerdan de tu nombre. Tú eres muy buena, Dulce, muy inocente. No te vayan a lastimar. Mejor mantente lejecitos. Yo se la doy y ya, y tú ni te expones. ¿Va?
Sonaba tan sensato. Tan de amiga preocupada. Dulce, que llevaba dos días de conocerla y una noche entera de sentirse rara con ella sin saber por qué, se dijo que estaba siendo malpensada, que la muchacha nada más quería ayudarla.
—Va —dijo—. Dame. Y de una vez apúntate su número, por si no lo encuentras, para escribirle.
Dulce le dio la bolsa. Y, sin pensarlo dos veces, le dictó el número de Emiliano.
—Gracias, Brenda. En serio. Te debo una.
—No es nada. —Brenda cerró la mano sobre la bolsa, y sobre el número, y sobre algo más que Dulce no vio—. Yo me encargo. Tú vete tranquila.
Dulce se dio la media vuelta y regresó hacia la residencia, aliviada, sin mirar atrás.
Si hubiera mirado atrás, habría visto a Brenda quedarse un segundo parada en la banqueta, mirando la bolsa entre sus manos, y luego alzar la cara hacia la entrada del gimnasio con una expresión que no tenía nada de favor de amiga.
*
A las siete en punto, Emiliano estaba en la entrada del gimnasio.
Se había cambiado tres veces de playera, cosa que jamás en su vida había hecho, y llevaba media hora ahí parado fingiendo revisar el teléfono para no verse ansioso. A su alrededor pasaban compañeros que lo saludaban y a los que él contestaba con un gruñido, sin despegar los ojos del paso peatonal, esperando ver aparecer una silueta menuda con una trenza.
Vio aparecer una silueta.
Pero no era la que esperaba.
Cruzó el camino hacia él, contoneándose, con una bolsa en la mano y una sonrisa dulzona pintada de oreja a oreja, y se le plantó enfrente.
—Hola, Emiliano —dijo Brenda—. Te traigo tu chamarra.