Todos creen conocer a Damian Varela… pero nadie conoce su verdadero secreto.
Elena solo necesitaba un tutor que la ayudara a superar una etapa complicada de sus estudios. Lo último que esperaba era descubrir que el hombre encargado de ayudarla llevaba una vida completamente diferente a la que aparentaba.
Una fotografía, una puerta entreabierta y un nombre que jamás debería haber escuchado harán que Elena empiece a investigar.
Mientras más descubre, más preguntas aparecen.
¿Quién es realmente Damian Varela?
Y, sobre todo… ¿qué hará cuando descubra que Elena conoce su secreto?
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Capítulo 22: La Duda lo Envenena Todo
Los días siguientes transcurrieron entre la protección firme de Damian y un silencio que se iba volviendo pesado. La rutina era perfecta en apariencia: él la recogía y la dejaba siempre a distancia prudente, intercambiaban palabras medidas en clase, se veían cada tarde tras la puerta cerrada. Pero algo se había roto en el aire. El miedo de él se había convertido en distancia entre ambos.
Una tarde, al llegar al despacho, Elena notó enseguida el cambio. Damian estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle con las manos entrelazadas tras la espalda. No se giró al oírla entrar. No la recibió con abrazo ni beso como acostumbraba.
—Siéntate —le dijo con voz seca, sin volverse.
Elena cerró la puerta con llave, sintiendo cómo el estómago se le anudaba.
—¿Qué ocurre? ¿Algo pasó? ¿Nos descubrieron?
Damian se giró lentamente. Su rostro era serio, casi duro, y en sus ojos grises había algo que la heló: reserva. Distancia. Como si de pronto no estuviera seguro de ella.
—No nos descubrieron —respondió, caminando despacio hacia su escritorio—. Pero eso no significa que estemos a salvo. Cada día que pasa me doy cuenta de lo frágil que es todo esto. Una palabra tuya mal puesta, un gesto mío en el momento equivocado… y se derrumba mi vida entera.
Elena sintió una punzada fría en el pecho.
—¿Mi vida no importa también en la balanza? —preguntó con voz suave pero tajante—. ¿Solo la tuya está en juego?
Damian apretó la mandíbula y apartó la mirada un instante.
—Sabes que no dije eso. Pero tienes que comprender: yo tengo más que perder. Contratos, patrocinadores, años construyendo una imagen… todo puede desaparecer en un instante. Y si caigo, te arrastro a ti. Eso es lo que me quita el sueño, Elena. No yo. Tú.
—¿De verdad soy tu preocupación… o soy tu carga? —soltó ella, y las palabras salieron antes de poder frenarlas, amargas y hirientes—. Porque últimamente me tratas como si fuera un riesgo que soportas en lugar de la persona que amas. ¿Cuánto tiempo más aguantarás el riesgo, Damian? ¿Hasta que te canses? ¿Hasta que aparezca algo más seguro?
Damian dio un paso hacia ella con los ojos encendidos de ira contenida y dolor genuino.
—¿Cómo te atreves a decir eso? ¿Cómo puedes dudar de lo que siento? Te doy cada minuto libre que tengo, te busco entre mis obligaciones, arriesgo mi futuro cada vez que te toco… ¿y me preguntas si me cansaré?
—¡Porque no me dejas entrar del todo! —le gritó ella con lágrimas en los ojos, rompiendo meses de contención—. ¡Me das un rato al día a puerta cerrada y el resto del tiempo actúas como si no existiera! Me proteges, sí… pero también me escondes. ¿Cuánto de tu mundo conozco realmente? ¿Dónde vives, quiénes son tus amigos, qué te pasa cuando no estás conmigo? ¡Solo conozco tu cuarto y este despacho! El resto… sigue siendo tuyo solo.
Damian se quedó mudo. La miró con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando agitado. Y en ese silencio, Elena sintió que la verdad dolía más que cualquier discusión: era verdad. Ella vivía en un rincón de su vida, no en el centro.
—Es por tu bien —dijo él al fin, con voz quebrada—. Cuanto menos sepas, menos pueden sacarte si te interrogan. Es protección, Elena. No egoísmo.
—Llámalo como quieras —respondió ella, secándose una lágrima con rabia—. Pero se siente igual. Se siente como si no confiara en mí. Como si fuera temporal. Como si… cuando se solucione todo esto, puedas seguir con tu vida y yo sea solo un recuerdo bonito de paso.
—¡Nada de eso! —bramó él, dando dos zancadas hasta ella y tomándola de los hombros con firmeza—. ¡Escúchame bien y no me interrumpas! Si hay alguien en este mundo en quien confío con mi vida entera, eres tú. Si hay algo que no es temporal, eres tú. Pero el miedo me envenena, ¿no lo ves? Cada vez que sales por esa puerta y no sé si volverás sana y salva… cada vez que alguien te mira un segundo más de lo debido… el pánico me invade y reacciono mal. No te alejo porque no te quiera: te alejo porque te quiero demasiado y tengo pánico a que te rompan. ¿Es eso tan difícil de entender?
Elena se quedó sin palabras ante su desgarro. La rabia se desvaneció dejando paso a una tristeza profunda.
—¿Y cómo viviremos así? —susurró, agotada—. ¿Siempre con miedo? ¿Siempre con la espada colgando? Porque yo te quiero, Damian. Pero no sé si puedo vivir en la sombra para siempre sin volverse amarga.
Damian la atrajo contra sí lentamente y la abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su cuello.
—Lo sé —susurró roto—. Lo sé y lo odio tanto como tú. Pero dame tiempo. Solo un poco más. Estoy buscando la forma de salir de todo esto con la cabeza en alto y contigo de la mano. ¿Me das ese tiempo? ¿Por favor?
Elena suspiró y cerró los ojos, aferrándose a su camisa como si fuera el único ancla en medio de una tormenta que no veía el fin.
—Te lo doy —susurró contra su hombro—. Pero no tardes demasiado. Porque el amor en sombras… se consume. Y no quiero consumirme.
—No lo haré —le prometió él, besando su sien con desesperación—. Te lo prometo. Luz para nosotros. Pronto.
Se quedaron así, abrazados, escuchándose el corazón latir herido pero fiel. Pero la duda ya había entrado. Y como veneno silencioso, se filtraba por cada rendija entre ellos, ensombreciendo incluso los besos que se daban para sellar la paz.