Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
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Capítulo 11
# Capítulo 11: La corbata
El miércoles a las diez de la mañana, Alegra descubrió que Alejandro Montero tenía una debilidad.
En el universo microscópico de un hombre que controlaba cada variable, la debilidad apenas tenía el tamaño de una mancha de pintura.
Una mancha de pintura azul oscuro en el lado izquierdo de la corbata gris perla.
Alegra la vio cuando él salió de su oficina a las 10:07 para dirigirse a la sala de juntas. Reunión con los socios del proyecto Monterrey. Trajes importados, abogados con cara de tiburón, directivos que pesaban los dólares con la mirada.
Y Alejandro Montero, director general de Montero Capital, caminaba hacia ellos con una mancha de pintura en la corbata que costaba más que el alquiler mensual de Alegra.
La pintura. Se manchó anoche. No se dio cuenta.
Fue un cálculo de medio segundo. La reunión empezaba en tres minutos. Los socios ya estaban en la sala. Si él entraba así, alguien lo notaría. Alguien siempre notaba. Y aunque nadie iba a decir nada —nadie le decía nada a Alejandro Montero—, la mancha quedaría registrada en algún cajón mental de algún abogado que la guardaría para usarla cuando conviniera.
Piensa, Alegra. Piensa rápido.
No pensó.
Se levantó de su escritorio, agarró un pañuelo de tela que guardaba en el cajón —un pañuelo viejo de Tía Carmen, bordado con flores, que usaba para limpiar las gafas que no necesitaba pero que a veces se ponía para verse más seria—, y lo interceptó a mitad de camino.
—Señor Montero. Espere.
Él se detuvo. La miró con esa expresión que usaba para todo: la misma que usaba para leer un contrato, para rechazar una propuesta, para tomar café. Neutral. Impenetrable.
—Tiene una mancha —dijo Alegra—. En la corbata. Pintura.
Los ojos de Alejandro bajaron. Vio la mancha. Algo cruzó su rostro —un relámpago, tan rápido que Alegra no estuvo segura de haberlo visto— y desapareció.
—Déjame —dijo ella, y antes de que la parte racional de su cerebro pudiera intervenir, ya estaba frente a él.
A treinta centímetros.
Sus manos se levantaron con el pañuelo y tocaron la corbata. La tela era suave —seda, probablemente italiana, probablemente hecha a mano por un artesano cuyo nombre Alegra no podía pronunciar— y estaba tibia. Tibia porque estaba sobre su pecho. Porque entre la seda de la corbata y las yemas de sus dedos solo había una capa de camisa y la piel de un hombre que no había sido tocado por nadie en mucho tiempo.
Frotó la mancha con el pañuelo. Despacio. El azul se atenuó pero no desapareció del todo.
—No sale completa —murmuró, sin levantar la vista, concentrada en la mancha como si fuera lo único que existía en el universo—. Pero de lejos no se nota. Si la tapa con el saco...
Se detuvo.
Porque se dio cuenta de dónde estaban sus manos.
Sus manos estaban sobre el pecho de Alejandro Montero. El pañuelo entre sus dedos y la corbata, sí, pero sus nudillos rozaban la camisa. Y debajo de la camisa, el calor de un cuerpo que estaba completamente inmóvil.
No respiraba. O respiraba tan despacio que era imperceptible. Como un animal que se congela cuando algo lo toca por primera vez.
Alegra levantó la vista.
Él la miraba desde arriba. Treinta centímetros. Los ojos claros estaban fijos en los de ella con una intensidad que no tenía nada que ver con la mancha ni con la corbata ni con la reunión de Monterrey. Su mandíbula estaba apretada. El músculo del cuello, tenso.
Y sus manos. Sus manos colgaban a los costados, cerradas en puños, con los nudillos blancos, como si estuviera conteniendo algo con toda la fuerza de su cuerpo.
¿Por qué no me aparta?
El pensamiento cruzó la mente de Alegra como un rayo.
Cualquier otro hombre me habría apartado. Me habría dicho "yo lo hago." Me habría quitado las manos. Pero él no se mueve. Está completamente quieto. Como cuando sostuve el papel en el estudio aquella vez. Como cuando nuestras manos se rozaron con la carpeta. Se queda quieto cada vez que lo toco, como si...
Como si no quisiera que pare.
—Disculpen.
La voz de Don Felipe llegó desde la puerta del pasillo con la suavidad de un mayordomo que ha interrumpido más escenas de las que ha presenciado en catorce años de servicio.
—Señor Montero, los socios lo esperan en la sala tres.
Alegra dio un paso atrás como si la hubieran quemado. El pañuelo se le cayó al suelo. Se agachó a recogerlo con la velocidad de alguien que necesita esconder la cara durante al menos tres segundos.
Cuando se incorporó, Alejandro ya se estaba abotonando el saco, tapando la mancha con un movimiento que parecía ensayado.
—Gracias —dijo.
Dos tonos más bajo de lo normal. Alegra lo supo porque llevaba cinco semanas calibrando esa voz, y dos tonos más bajo significaba algo que ella no estaba lista para nombrar pero que su cuerpo reconoció antes que su mente.
Él giró hacia el pasillo. Caminó hacia la sala de juntas. No se volvió.
Don Felipe se quedó un segundo en la puerta. Miró a Alegra. Miró el pañuelo en su mano. Miró hacia el pasillo por donde había desaparecido su jefe.
No dijo nada. Pero la comisura de su bigote se movió un milímetro, y Alegra habría jurado que era una sonrisa.
La reunión duró dos horas y cuarenta y cinco minutos. Alegra pasó cada minuto en su escritorio, mirando la pantalla sin ver nada, con el pañuelo de Tía Carmen sobre las rodillas y la sensación fantasma de la seda tibia bajo sus dedos.
Fue profesional. Fue un gesto profesional. Cualquier asistente lo habría hecho. Vi una mancha, la limpié, fin de la historia. No tiene nada de especial.
Se miró las manos. Los dedos que habían tocado su pecho. Los nudillos que habían sentido el calor de su piel a través de la camisa.
Nada de especial.
Cerró los ojos.
Mentirosa.
A las tres de la tarde, Alejandro volvió de la reunión. Entró a su oficina sin mirarla. Cerró la puerta. Se sentó en su escritorio.
Alegra lo observó a través del cristal. Se quitó el saco. Se aflojó la corbata —la de la mancha—, la deslizó del cuello y la dejó sobre el escritorio. Luego abrió un cajón, sacó otra corbata —azul marino, sin manchas, impecable— y se la puso con la precisión de un cirujano.
En ningún momento miró hacia el cristal.
A las cinco, un mensaje del sistema interno:
"Vega. Tráeme el café."
Eran las cuatro y veintitrés. El café de la tarde no estaba en la rutina.
Alegra preparó el café. Dos de azúcar. Sin leche. Lo llevó a su oficina. Tocó la puerta. Entró.
Él estaba de pie junto al ventanal, de espaldas, con las manos en la espalda. La luz del atardecer le daba de lado.
—Su café, señor Montero.
—Déjalo en el escritorio.
Lo dejó. Dio media vuelta para irse.
—Alegra.
Se detuvo. El nombre, no el apellido. Eso significaba algo.
—¿Sí?
Pausa. Larga. Él seguía de espaldas.
—La corbata que me quitaste. Está en el escritorio. Llévala a la tintorería.
—Sí, señor.
Otra pausa.
—Y... el pañuelo.
—¿El pañuelo?
—Con el que limpiaste la mancha. ¿De quién es?
—De mi tía Carmen.
Tras una pausa:
—Tiene flores bordadas.
La observación tenía el mismo tono neutro de las del elote y el champú, pero revelaba lo que Alegra aún no sabía descifrar: él miraba, notaba y registraba cada detalle con la precisión obsesiva de un artista.
—Sí —dijo ella—. Mi tía los borda. Tiene uno para cada estación. Ese es el de primavera.
—Puedes irte.
Alegra salió. Recogió la corbata del escritorio. La sostuvo un momento entre las manos. Era ligera, suave, y olía a él: sándalo, madera, y debajo, casi invisible, pintura.
La guardó en su bolsa para llevarla a la tintorería al día siguiente. No la soltó en todo el camino al metro.
Esa noche, Alegra cenó en casa de Tía Carmen. Enchiladas suizas, arroz rojo y un agua de jamaica que sabía a infancia y a tardes de domingo.
—¿Cómo va el trabajo, mi niña? —preguntó Tía Carmen desde la cocina.
—Bien. Normal.
—¿Y tu jefe? ¿Sigue siendo un témpano?
Alegra sonrió. —No es un témpano, tía. Es... reservado.
—Reservado. Esa es una palabra muy elegante para decir que no habla ni para pedir sal. —Tía Carmen se sentó frente a ella y la estudió con esos ojos que veían más de lo que decían—. ¿Por qué sonríes así?
—¿Así cómo?
—Así como si te hubieran dado un dulce y todavía lo tuvieras en la boca.
Alegra dejó de sonreír. O intentó dejar de sonreír. No pudo.
—No estoy sonriendo.
—Ajá. —Tía Carmen le sirvió más enchiladas sin preguntar—. Lo que tú digas, mi niña. Pero esa sonrisa no es de trabajo. Esa sonrisa es de otra cosa.
En su departamento de Lomas de Chapultepec, Alejandro Montero estaba en el estudio. Llevaba dos horas pintando. La camisa en el respaldo de la silla, las mangas de la camiseta interior subidas hasta los hombros, pintura en las manos y en los antebrazos.
No pintaba trazos abstractos esta noche. Pintaba algo concreto: unas manos. Manos pequeñas con dedos firmes sosteniendo un pañuelo con flores bordadas. Los nudillos contra una superficie plana —una camisa, un pecho, algo que el trazo dejaba ambiguo pero que él sabía exactamente qué era—.
A las once y media, dejó el pincel. Se miró las manos manchadas. Las lavó. Las secó.
Sacó su teléfono. Un mensaje de Héctor, de hacía una hora:
"¿Qué tal la junta de Monterrey?"
Alejandro respondió:
"Bien."
Héctor:
"¿Algo más que quieras reportar?"
"No."
"¿Seguro? Porque Don Felipe me dijo que tu asistente te estaba limpiando la corbata en el pasillo como si fuera tu esposa y tú te quedaste parado como una estatua de cera."
Alejandro miró el mensaje. Lo leyó dos veces. Escribió "Don Felipe habla demasiado." Lo borró. Escribió "No pasó nada." Lo borró. Apagó el teléfono.
Se quedó un rato mirando el papel con las manos pintadas. Las flores del pañuelo. Los nudillos contra el pecho.
Tres horas de pintura por una mancha en la corbata.
Cerró el estudio. Apagó la luz. Y en la oscuridad de su departamento, Alejandro Montero aceptó algo que llevaba cinco semanas negando:
Que cada vez que ella lo tocaba —un roce de carpeta, un mechón de pelo en su manga, unos nudillos contra su camisa—, el control que había construido durante treinta y dos años se fracturaba un milímetro más.
Y que los milímetros se estaban acumulando.