Seis años atrás, Luz Acosta fue traicionada por su propia familia, acusada de una vergüenza que no pudo explicar y echada de la casa como si nunca hubiera llevado su sangre.
Ahora volvió a Buenos Aires con dos hijos, una identidad que todos buscan y una sola idea clara: nadie va a volver a usarla.
Pero apenas pisa la ciudad, Ciro desaparece unos minutos y regresa con un hombre que no debería cruzarse en su camino: Bruno Ferrer, dueño de un imperio, frío hasta la crueldad y famoso por no dejar que ninguna mujer se le acerque.
Tina, en cambio, lo mira una vez y decide que ese hombre tiene que ser su papá.
Luz no quiere saber nada con Bruno. Bruno está convencido de que ella se le acercó con segundas intenciones. Y mientras los Acosta intentan volver a encerrarla en el papel de hija descartable, un secreto de aquella noche de hace seis años empieza a salir a la luz.
Dos hijos. Una traición vieja. Un padre que no sabe que lo es.
Y una mujer que esta vez no piensa bajar la cabeza.
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Capítulo 21
En la puerta de terapia, Lara César tenía los puños tan cerrados que las uñas se le hundían en la piel.
No sentía dolor.
Solo bronca.
Bruno había garantizado por Luz delante de todos.
Por Luz.
Esa mujer salida del Pasaje, esa impostora que se hacía llamar Ynua, había logrado que Bruno Ferrer hablara por ella.
La puerta se abrió.
Lara fue la primera en abalanzarse sobre el médico.
—Doctor, ¿mi abuelo está peor?
Si Don César había sufrido algo grave, quería ver con qué cara Luz iba a responder.
El médico la miró apenas. Después se volvió hacia Santiago.
—Señor César, el paciente está estable. Ynua llegó a tiempo.
Santiago quedó quieto un segundo.
—Gracias.
El médico asintió y volvió a entrar.
Lara se quedó helada.
¿Estable?
¿Otra vez esa mujer lo había salvado?
Bruno seguía apoyado contra la pared, con la misma calma fría de siempre. Solo la tensión de su ceño se aflojó un poco.
Media hora después, Luz salió.
Se quitó el barbijo y miró directo a Santiago.
—Le dije que Don César no podía consumir mariscos ni derivados. ¿Por qué encontré restos de langostino en su boca?
—¿Langostino? —Santiago abrió los ojos—. Imposible. Di una orden clara en la cocina.
Lara dio un paso al frente.
—No seas caradura, Luz. Tu tratamiento salió mal y ahora querés echarle la culpa a la comida. ¿De verdad pensás que alguien va a poner langostino en la sopa de mi abuelo?
Luz giró apenas la cabeza.
—¿Cuándo dije que estaba en la sopa?
El pasillo quedó en silencio.
Lara sintió que la sangre se le iba de la cara.
Santiago la miró.
Bruno también.
Esa mirada la desarmó más que cualquier grito.
—Yo... —Lara tragó saliva—. Mi abuelo solo comió sopa desde que despertó. Si había algo, tenía que estar ahí.
La explicación salió tarde.
Demasiado tarde.
Luz se acercó.
—Tenés olor a marisco.
—¿Qué decís? —Lara retrocedió—. ¿Ahora también inventás olores?
—No invento.
Luz le tomó la muñeca.
Lara intentó zafarse. El forcejeo fue torpe, nervioso. En ese movimiento, un frasquito cayó al piso y rodó unos centímetros.
Todos bajaron la vista.
Lara se agachó de golpe, pero Luz llegó primero.
Levantó el frasco, lo abrió y lo acercó apenas a la nariz.
—Polvo de langostino.
—Devolvémelo, hija de puta.
Lara se le fue encima con la mano levantada.
Luz estaba por frenarla cuando una sombra se interpuso.
Bruno quedó delante de ella.
Luz levantó la vista.
El pecho se le apretó de una forma absurda.
Otra vez.
Otra vez él.
Lara congeló la mano en el aire.
—Bruno, ella está armando todo esto para separarme de mi familia. Primero dijo carne de langostino, ahora polvo. Seguro le dio algo a mi abuelo y quiere tirarme la culpa.
Luz soltó una risa seca.
—Si no decía langostino, no ibas a pisar el palito. Necesitaba que te traicionaras sola.
Santiago no pudo seguir negándolo.
—Lara. Explicame qué hace ese frasco con vos.
El encargado de la casa se acercó con cuidado.
—Señor César... la sopa de Don César la subió la señorita Lara.
Lara cerró los ojos.
La prueba estaba ahí.
La había tocado ella. La había llevado ella. La había escondido ella.
Santiago cruzó el pasillo y le dio una cachetada.
El golpe sonó limpio.
—Desgraciada. Te criamos, te dimos nombre, plata, lugar en esta familia. ¿Y casi matás a mi padre?
—Tío, no fue así.
Lara se llevó una mano a la cara.
Quiso llorar. Quiso parecer perdida. Pero el frasco seguía en la mano de Luz.
—Fue ella —dijo, señalándola—. Luz me tendió una trampa. Un poco de polvo no puede poner a alguien tan grave. Seguro ella le dio alguna cosa rara para empeorarlo y quedar como salvadora.
El médico, que había vuelto a salir, no aguantó más.
—¿Un poco? Don César tiene una crisis respiratoria grave. Un gramo de derivado de marisco puede cerrarle la vía aérea. No necesitaba más.
Lara se quebró.
—No quería matarlo. Yo no sabía que podía ser tan fuerte. Solo quería... quería que comiera algo con más nutrientes.
Santiago la miró.
La había criado como si fuera su hija.
Le dolía.
Y ese dolor casi le hizo aflojar.
Entonces Bruno habló.
—Santiago.
No levantó la voz.
No hizo falta.
—Dije que si Don César sufría otro daño, no iba a dejarlo pasar.
Luz lo miró de costado.
¿La estaba defendiendo?
El pensamiento le molestó apenas apareció.
No tenía por qué importarle.
Santiago apretó la mandíbula.
No podía elegir a Lara por encima de su padre.
Y mucho menos podía provocar a Bruno Ferrer.
—Lara, desde hoy te vas de esta casa. Los César no van a seguir sosteniéndote.
—Tío, por favor. Me crié acá. ¿Adónde voy a ir?
Santiago se dio vuelta.
—No me hagas repetirlo.
Lara dejó de rogar.
La vergüenza se le transformó en odio.
Miró a Luz como si quisiera arrancarle la cara.
—Todo esto es por vos.
Se lanzó hacia ella.
Facundo la interceptó antes de que diera dos pasos.
Lara chocó contra su brazo y levantó la vista.
Bruno la estaba mirando.
Frío.
Sin una sola duda.
Lara retrocedió.
No le quedó más que irse.
Luz esperó a que el pasillo quedara en silencio.
Después miró a Bruno.
—Gracias por confiar en mí.
La frase le salió más baja de lo que esperaba.
Sin Bruno, Santiago no la habría dejado entrar a tiempo. Si Don César moría, la responsabilidad iba a caer sobre ella. Su reputación no era lo que más le importaba. Lo que necesitaba era seguir investigando a los Acosta, y ese camino se habría cerrado.
Bruno la miró como si hubiera dicho una estupidez.
—No te agrandes. Solo no quería que Don César muriera.
Luz alzó una ceja.
Bien.
Ese sí era el Bruno de siempre.
Santiago se acercó con el rostro tenso.
—Ynua, le debo una disculpa. Estaba desesperado por mi padre y desconfié de usted. No fue justo.
—No hace falta.
—Sí hace falta. Por favor, siga atendiendo a mi padre.
Luz miró la puerta de terapia.
—Don César está estable. Si controlan la dieta, el aire de la habitación, perfumes fuertes y cualquier derivado de mariscos, la crisis no debería repetirse.
—¿Eso significa que no va a volver?
—Significa que mi trabajo terminó.
Santiago palideció.
—Ynua...
Luz ya había apretado el botón del ascensor.
—Entre nosotros no hay confianza. Y sin confianza, un tratamiento así no funciona.
—Le pido disculpas. De verdad.
Las puertas se abrieron.
Luz entró.
Santiago quedó afuera, con la mandíbula dura y los ojos bajos.
Cuando las puertas se cerraron, la amabilidad se le borró de la cara.
Si Bruno no la mirara distinto, él jamás habría tenido que rogarle a una piba como esa.
Pero por ahora necesitaba tragar.
Abajo, Lara salió del hospital casi corriendo.
Sissi la esperaba junto a la entrada.
—¿Qué pasó?
Lara la miró y le cruzó una cachetada.
Sissi se quedó dura, con la mano en la mejilla.
—¿Estás loca?
—Todo fue por tu idea. Me echaron de los César por tu culpa.
—¿Te echaron?
Lara respiraba como si todavía estuviera en el pasillo.
—Luz me armó una trampa. Y Bruno la defendió. No sé qué le hizo esa mina, pero él le creyó.
Sissi sintió un frío distinto.
—¿Bruno Ferrer ayudó a Luz?
—No te ilusiones con cuentos. Él no se va a enamorar de una cualquiera del Pasaje. Bruno busca a otra mujer desde hace años.
Sissi la miró con cuidado.
—¿Otra mujer?
Lara bajó la voz.
—Una que tiene una marca de nacimiento con forma de rosa en la espalda. Escuché a mi abuelo hablar de eso con mi tío. Casi nadie lo sabe, así que cerrá la boca.
Sissi dejó de respirar por un segundo.
Una rosa en la espalda.
Luz.
No podía ser.
Bruno Ferrer estaba buscando a Luz.
¿Desde cuándo?
¿Qué había pasado entre ellos?
—No voy a decir nada —prometió.
Pero por dentro, la cabeza le trabajaba a toda velocidad.
No.
No iba a permitir que Luz se subiera también a ese árbol.