En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.
Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.
Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.
Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.
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Capítulo 5: La cena imperial
A la mañana siguiente, Seraphina despertó antes de que saliera el sol.
Durante unos segundos no recordó dónde se encontraba. Observó el techo alto, las cortinas de seda y las paredes oscuras de la habitación. Luego recordó el carruaje, el pacto y al emperador que había entrado en sus aposentos como si todo el palacio le perteneciera.
Porque, en realidad, todo le pertenecía.
Seraphina se incorporó lentamente. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos, veía la rosa dorada del jardín y escuchaba la voz de Aurelius anunciando que se casaría con él en siete días.
Sobre una mesa cercana habían dejado varias prendas.
Seraphina eligió un vestido azul oscuro, sencillo pero elegante. Tenía mangas largas, una falda amplia y pequeños bordados plateados alrededor del cuello. No permitió que las doncellas le adornaran el cabello con joyas. Solo lo recogió en una trenza sencilla y dejó algunos mechones sueltos sobre su rostro.
—El emperador espera que llevéis el vestido blanco —dijo Clara con cuidado.
—El emperador tendrá que acostumbrarse a esperar cosas que no sucederán.
Mireya bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
La cena estaba programada al caer la noche, pero Seraphina pasó el día encerrada en sus aposentos. Intentó leer un libro que encontró sobre una mesa, aunque las palabras parecían mezclarse frente a sus ojos. Caminó de un lado a otro. Abrió las puertas del balcón. Observó el jardín.
Las rosas marchitas no habían cambiado.
La única flor dorada seguía brillando en el centro, pero su luz parecía más débil que la noche anterior.
Cuando el sol desapareció, un sirviente llamó a la puerta.
—Lady Seraphina, el emperador os espera.
Ella cerró el libro.
—Que espere un poco más.
El sirviente tragó saliva.
—Mi lady, el emperador no acostumbra…
—Ya sé lo que el emperador acostumbra.
Seraphina salió de la habitación antes de que él pudiera terminar la frase.
El comedor imperial se encontraba en una de las alas más antiguas del palacio. Era una sala larga, con una mesa de madera oscura capaz de recibir a más de treinta personas. Sin embargo, aquella noche solo había dos lugares preparados.
Aurelius estaba de pie junto a la cabecera.
Vestía una chaqueta negra bordada con hilos dorados y una camisa blanca cerrada hasta el cuello. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, aunque algunos mechones habían caído sobre su frente. Su presencia hacía que la habitación pareciera más pequeña.
Seraphina avanzó hasta su lugar, pero no hizo ninguna reverencia.
—Llegas tarde —dijo Aurelius.
—Usted dijo que me esperaba. No dijo a qué hora.
—Eres difícil.
—Y usted demasiado mandón.
Aurelius la observó durante unos segundos. Después tomó asiento. Seraphina hizo lo mismo frente a él.
Los sirvientes comenzaron a servir la comida: carnes asadas, frutas, panes calientes y copas de vino. Seraphina apenas tocó el plato.
—¿No tienes hambre? —preguntó Aurelius.
—No suelo comer cuando estoy siendo obligada a casarme.
—Deberías acostumbrarte.
—No tengo intención de hacerlo.
El emperador sostuvo la copa entre los dedos, pero no bebió.
—La ceremonia será dentro de siete días. Después vivirás en el ala oriental del palacio.
—¿Sola?
—Es lo habitual.
—¿Y usted?
—En mis aposentos.
Seraphina lo miró con desconfianza.
—¿No espera que comparta su habitación?
—No te he traído aquí para obligarte a cumplir funciones que no deseas.
Aquella respuesta la sorprendió. No esperaba consideración de su parte. Aurelius seguía hablando con frialdad, pero sus palabras no contenían la amenaza que ella había imaginado.
—Entonces, ¿por qué me obliga a casarme?
—Por el pacto.
—Usted es el emperador. Puede romperlo.
Los ojos de Aurelius se endurecieron.
—No todos los pactos pueden romperse sin consecuencias.
—Eso mismo dijo mi padre.
—Tu padre conoce la historia de su familia.
—Yo no.
—Entonces deberías preguntarle por qué tu familia aceptó entregarte.
Seraphina apretó los dedos alrededor del tenedor.
—No soy una ofrenda.
—Nunca he dicho que lo seas.
—No hace falta. Todos aquí me miran como si ya llevara una corona.
—Porque serás emperatriz.
—No quiero serlo.
—Nadie te ha preguntado qué quieres.
La frase cayó entre ellos como una piedra.
Seraphina dejó el tenedor sobre la mesa.
—Ese es el problema.
Durante un instante, el emperador pareció observarla de una forma distinta. Ya no como una muchacha rebelde que debía ser controlada, sino como alguien que acababa de decir algo que él comprendía demasiado bien.
Pero la expresión desapareció rápidamente.
—Tu vida en el palacio tendrá ciertas reglas —dijo.
—Por supuesto.
—No entrarás en el ala oeste.
—¿Por qué?
—Porque está prohibido.
—Eso no es una explicación.
—Es una orden.
—Entonces tendré que preguntarle a alguien menos obstinado.
Aurelius se inclinó ligeramente hacia ella.
—No desafíes mis órdenes, Seraphina.
—No me dé órdenes que no tengan sentido.
La vela más cercana tembló. Una corriente fría recorrió la sala, aunque todas las ventanas estaban cerradas.
Aurelius llevó una mano al pecho.
Seraphina notó el gesto.
—Otra vez le duele.
—No es asunto tuyo.
—No he dicho que lo fuera.
—Entonces deja de mirarme.
—Deje de comportarse como si estuviera a punto de morir.
La mirada de Aurelius se volvió oscura.
—No sabes nada sobre mí.
—Es cierto. Nadie sabe nada sobre usted.
—Y así debe permanecer.
Seraphina se puso de pie.
—¿Terminamos?
—La cena no ha terminado.
—Para mí sí.
Aurelius también se levantó. Su figura se alzó frente a ella, imponente y silenciosa.
—Mañana comenzarás tus lecciones de protocolo.
—No necesito que me enseñen a comportarme.
—Necesitas aprender a comportarte como una emperatriz.
—¿Y usted sabe comportarse como un esposo?
La pregunta pareció herirlo más que cualquier insulto.
Aurelius se quedó inmóvil.
Por primera vez, Seraphina vio algo detrás de su dureza. No era ira. Era cansancio. Un cansancio profundo, antiguo, como si llevara demasiados años luchando contra algo que nadie más podía ver.
Pero él volvió a ocultarlo.
—Retírate —ordenó.
Seraphina caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo y miró hacia atrás.
—No voy a enamorarme de usted.
Aurelius no respondió.
Ella abandonó el comedor con el corazón acelerado.
Cuando se quedó solo, el emperador cerró los ojos. El dolor de su pecho aumentó hasta obligarlo a apoyarse contra la mesa. Bajo la tela negra, las espinas de la maldición ardieron como hierro al rojo vivo.
Un sirviente entró apresuradamente.
—Majestad…
—Fuera.
—Pero la marca…
—¡He dicho que salgas!
El hombre obedeció.
Aurelius respiró con dificultad y miró hacia los ventanales. En el jardín oscuro, una rosa dorada acababa de abrirse.
El emperador no la vio.
Solo escuchó un débil susurro proveniente de las paredes antiguas:
—La elegida ha llegado.