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Ni de rodillas te perdono

Ni de rodillas te perdono

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Venganza / Venganza de la protagonista / Venganza de la Esposa / Juego de roles / Completas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6: El testamento

Contesté el mensaje del licenciado Ortega apenas amaneció, con las manos frías a pesar de la manta del hospital. Puede venir cuando quiera. No me voy a ningún lado.

Llegó antes de las nueve, con un maletín de cuero gastado y la cara de un hombre que ha cargado un secreto tanto tiempo que ya le pesa en los hombros como si fuera suyo.

—Señorita Linares —dijo, y algo en el modo en que lo dijo, con un respeto que llevaba tres años sin recibir de nadie fuera de doña Meche, me hizo sentar más derecha en la cama—. Siéntese cómoda. Lo que tengo que decirle va a tomar tiempo, y va a costarle procesarlo.

—Ya estoy sentada, licenciado. Y llevo tres años procesando cosas peores.

Casi sonrió. Sacó del maletín una carpeta gruesa, atada con un listón que parecía haber estado cerrado desde hacía años, y la puso sobre mis piernas con un cuidado casi religioso.

—Trabajé para su abuelo veintidós años —empezó—. Don Ignacio no era hombre de sorpresas legales; todo lo que hacía, lo hacía con papel de por medio y testigo de por medio. Cuando enfermó, me llamó a su despacho, cerró la puerta y me dio instrucciones muy claras sobre lo que debía pasar con Grupo Linares el día que él faltara.

—¿Qué instrucciones?

Abrió la carpeta. Adentro, un documento con sellos, firmas, el nombre de mi abuelo trazado con esa letra angulosa que yo reconocería con los ojos cerrados.

—Este es el testamento de don Ignacio Linares —dijo—. La mayoría de las acciones con derecho a voto de Grupo Linares —el control completo del corporativo— quedan a nombre de una sola persona.

Me quedé mirándolo, sin atreverme a preguntar, porque una parte de mí, la parte que tres años de cárcel enseñaron a no esperar nada, ya sabía la respuesta y todavía no se atrevía a creerla.

—Usted, señorita Linares. Renata Linares. No su tío Raúl. Usted.

El aire se me quedó atorado en algún lugar entre el pecho y la garganta.

—Eso no puede ser —dije, con la voz rota—. Mi tío... mi tío me dijo por carta que mi abuelo murió sin dejar nada en orden. Que él se hacía cargo "por el bien de la familia".

—Su tío mintió —dijo el licenciado Ortega, sin suavizar la palabra—. Este testamento existe desde antes de que su abuelo muriera. Yo lo resguardé, por instrucción expresa de don Ignacio, con la condición de entregárselo a usted en cuanto estuviera en condiciones de recibirlo. El problema, señorita Linares, es que usted estaba presa cuando él falleció. No pudo firmar nada, no pudo presentarse a ningún trámite, no pudo ni siquiera ir al entierro. Y su tío, con el vacío legal que eso dejó, tomó la administración de facto de la empresa y de la casa, sin que nadie con autoridad para impedirlo estuviera libre para hacerlo.

—¿Y usted lo sabía? ¿Todo este tiempo lo supo y no...?

—No pude, señorita Linares. —Por primera vez, la voz profesional del licenciado se quebró un poco—. La ley me obligaba a esperar. Un testamento no ejecutado, con la heredera fuera del país legal —presa, inhabilitada temporalmente para ciertos trámites—, es un terreno donde cualquier movimiento mío antes de tiempo podía impugnarse y perderse para siempre. Créame que lo intenté. Créame que cada carta que le mandé a la cárcel se quedó sin respuesta, y no supe, hasta hace apenas unos días, que su tío las interceptaba antes de que llegaran a usted.

Eso terminó de romperme algo por dentro. No la mano, no el orgullo: algo más hondo, algo que llevaba tres años intentando no sentir. Pensé en mi abuelo firmando ese papel, solo, ya enfermo, pensando en mí mientras el resto de la familia lo daba por senil o por sentimental. Pensé en las cartas que nunca me llegaron, en las noches que pasé creyendo que el mundo entero, incluido él, me había olvidado.

Me acordé de él, de pronto, con una claridad que dolía: la última Navidad antes de todo, sentados los dos en la terraza de la mansión mientras el resto de la familia discutía adentro por no sé qué tontería, y él, con esa voz suya que nunca subía de tono para regañar, me dijo, mientras jugueteaba con la pulsera de cuentas que nunca se quitaba: "Mija, en esta familia todos van a querer decirte lo que es tuyo y lo que no. No les hagas caso. Lo que es tuyo, es tuyo, aunque tarde veinte años en llegarte." No entendí entonces por qué me lo decía con esa gravedad. Lo entendí esa mañana, en una cama de hospital, con una carpeta gruesa sobre las piernas.

—Todo este tiempo... —dije, y la voz se me quebró de verdad, sin poder sostenerla más—. Todo este tiempo él confiaba en mí. Y yo pensé que hasta él me había dado la espalda.

—Nunca lo hizo, señorita Linares. —El licenciado Ortega sacó un pañuelo y me lo puso en la mano sin decir nada más, dándome el tiempo que necesitaba.

Lloré, ahí, sin control, por primera vez desde la sala de billar. No lloré de tristeza solamente. Lloré porque durante tres años cargué la certeza de que estaba completamente sola en el mundo, y resultaba que no era cierto: mi abuelo, hasta el último aliento, me había elegido a mí por encima de todos los demás.

Cuando pude hablar otra vez, sequé las lágrimas con el dorso de la mano buena y le pregunté lo único que de verdad importaba.

—¿Qué tengo que hacer?

El licenciado Ortega cerró la carpeta con un gesto lento, como si necesitara un segundo antes de contestarme.

—Ejecutar este testamento, señorita Linares, no va a ser una formalidad tranquila. —Me miró directo, sin suavizar nada—. Su tío no va a devolver nada por las buenas; lleva tres años administrando esto como si fuera suyo, y va a pelear con todos los abogados que pueda pagar. Y hay algo más que debe saber, aunque no sé bien cómo va a tomarlo.

—Dígalo.

—Los Bracamonte llevan tiempo respaldando en silencio a su tío. No sé todavía cuánto ni por qué. Pero si usted firma esto hoy, no solo le declara la guerra a Raúl Linares. Se la declara, indirectamente, a la familia del hombre que le hizo eso —dijo, y bajó la mirada un instante hacia mi mano mala, apoyada sobre la sábana.

—¿Por qué respaldarían a mi tío? Raúl no tiene nada que ofrecerles a los Bracamonte.

—Eso mismo me pregunto yo, señorita Linares. Todavía no lo sé. Pero en este mundo nadie regala su respaldo gratis, y menos una familia como esa.

Pensé en Max, en la mirada que me clavó toda la noche anterior en el Club Dorado, esperando verme quebrar. No me sorprendió que su familia estuviera del otro lado de esta guerra también. Lo raro habría sido lo contrario.

—Explíqueme el resto —dije—. Todo. No quiero enterarme a la mitad de un trámite de algo que debí saber desde el principio.

El licenciado Ortega asintió, aprobando la pregunta, y durante los siguientes veinte minutos me explicó, con la paciencia de quien ha repetido lo mismo mil veces frente a jueces, lo que venía: que él actuaría como albacea del testamento, que el control accionario se ejercía en juntas donde los socios viejos, los que todavía recordaban a mi abuelo con cariño, pesaban tanto como el porcentaje formal; que la transferencia notarial y societaria tomaría semanas, quizá meses, aunque el derecho ya fuera mío desde ese instante; que tío Raúl pelearía cada centímetro con los abogados que el dinero de la empresa —mi empresa— todavía le permitía pagar.

No me importó que fuera a tardar. Después de tres años, unas semanas más no eran nada.

No dudé.

—Entonces que sea guerra —dije—. Deme la pluma.

Firmé el primer poder notarial ahí mismo, sobre la mesa rodante del hospital, con la letra un poco torcida por la mano que ya no obedecía del todo, pero firme, segura, sin una sola duda en el trazo. El licenciado Ortega guardó el documento con el mismo cuidado con que lo había sacado, y por primera vez desde que entró al cuarto, sonrió de verdad.

—Bienvenida de vuelta, señorita Linares —dijo—. Su abuelo estaría orgulloso.

—Licenciado. —Lo detuve antes de que llegara a la puerta—. ¿Por qué mi abuelo no ejecutó esto en vida? Si ya sabía lo que quería, ¿por qué esperar a morirse?

Se detuvo con la mano en el picaporte, pensándolo un momento.

—Porque los conocía a todos mejor que nadie —dijo—. Sabía que Raúl, si veía la transferencia en vida de don Ignacio, movería cielo y tierra para impugnarla en un tribunal donde su padre todavía tuviera influencia. Un testamento, en cambio, se pelea distinto. Se pelea con lo que el muerto quiso, no con lo que el vivo puede comprar. Su abuelo no confiaba en ganarle a Raúl en un juicio en vida. Confiaba en que usted, algún día, tendría la fuerza para hacerlo después. —Sonrió, apenas—. No se equivocó.

Me quedé sola después de que se fue, con el brazo vendado, el corazón hecho pedazos y entero al mismo tiempo, y una certeza nueva instalándose en el pecho donde antes solo había hueco: la mujer que entró a esa habitación como una expresidiaria humillada por segunda vez en dos días, salía siendo, sin que el mundo todavía lo supiera, la dueña legítima de un imperio.

Pensé en tío Raúl, ajeno a todo, durmiendo esa noche en la cama que fue de mi abuelo, en la casa que fue de mi abuelo, creyéndose a salvo.

No por mucho más, pensé, y por primera vez en tres años, la sonrisa que se me dibujó en la cara no me costó ningún esfuerzo.

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