¿Crees en un mundo perfecto?
Mateo con su consola sin portada... SI aunque tenga que ser por encima quien sea... Asi sea su familia... Culpable ¿SI o NO?
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La Primera Sentencia
El golpe de la puerta retumbó por toda la habitación.
Mateo se levantó de un salto. Su corazón latía con fuerza mientras observaba la puerta cerrada. Caminó hasta ella y giró el picaporte.
Se abrió con total normalidad.
Miró el pasillo.
No había nadie.
—Debe haber sido una corriente de aire... —murmuró, aunque ni una sola ventana estaba abierta.
Cuando volvió la vista al televisor, la imagen seguía allí.
El hombre de la pantalla lo observaba fijamente.
No era una fotografía cualquiera. Sus ojos parecían moverse apenas, como si estuviera respirando.
Entonces apareció una línea de texto.
SUJETO 001
Un nombre surgió debajo.
Mauricio Salcedo.
Después comenzaron a reproducirse imágenes.
No parecían grabaciones hechas con cámaras normales.
Era como si alguien hubiera registrado los recuerdos del propio hombre.
Mateo vio a Mauricio entrando a un sótano oscuro.
Un niño lloraba atado a una silla.
La imagen cambió.
El mismo hombre golpeaba brutalmente a una mujer.
Luego apareció otro escenario.
Sobornos.
Extorsiones.
Cadáveres enterrados en un bosque.
Cada escena era más perturbadora que la anterior.
Mateo sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué clase de juego es este...?
Al finalizar la secuencia apareció un informe.
DELITOS CONFIRMADOS
Homicidios: 17.
Desapariciones: 9.
Torturas: 12.
Corrupción.
Tráfico de personas.
VEREDICTO PENDIENTE.
Las palabras desaparecieron lentamente.
Solo quedó una pregunta.
¿CULPABLE?
SÍ / NO
Mateo permaneció inmóvil.
—Esto tiene que ser una historia interactiva...
El cursor esperaba.
Pensó que, si elegía "Sí", aparecería una cinemática.
Si elegía "No", el juego tomaría otro camino.
Era solo un videojuego.
Nada más.
Respiró hondo.
Pulsó el botón.
SÍ.
La pantalla quedó completamente negra.
Durante varios segundos no ocurrió absolutamente nada.
Después apareció una frase escrita con letras rojas.
SENTENCIA ACEPTADA.
El televisor se apagó solo.
Esa noche, Mateo durmió mal.
Soñó con un bosque cubierto por una niebla negra.
Miles de árboles tenían formas humanas.
No eran troncos.
Eran personas.
Sus cuerpos estaban fusionados con la madera.
Todos abrían lentamente los ojos al verlo pasar.
Nadie gritaba.
Nadie pedía ayuda.
Solo lo observaban.
Entre ellos caminaba una figura enorme cubierta por una túnica.
No tenía rostro.
Solo oscuridad.
Cuando estuvo frente a Mateo levantó una mano y señaló un inmenso trono construido con huesos.
Entonces una voz susurró desde todas partes.
—Aún no estás preparado...
Mateo despertó sobresaltado.
Las seis de la mañana.
Estaba empapado en sudor.
Miró hacia el televisor.
Seguía apagado.
La consola permanecía exactamente donde la había dejado.
Todo parecía normal.
Hasta que tomó su celular.
Las notificaciones no dejaban de llegar.
Abrió una aplicación de noticias.
El titular ocupaba toda la pantalla.
"Empresario encontrado muerto en circunstancias inexplicables."
Sintió un escalofrío.
Abrió la noticia.
La fotografía mostraba el mismo rostro del videojuego.
Mauricio Salcedo.
Mateo dejó caer el teléfono sobre la cama.
—No...
Comenzó a leer.
Había sido encontrado muerto en el interior de su oficina.
No existían heridas.
No había señales de violencia.
Los médicos aseguraban que todos sus órganos habían dejado de funcionar al mismo tiempo.
Era médicamente imposible.
Mateo sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones.
No.
No podía estar relacionado.
Era una coincidencia.
Tenía que ser una coincidencia.
Mientras tanto...
En el edificio central de investigaciones criminales, el detective Héctor Rivas observaba el cuerpo cubierto por una sábana blanca.
Los forenses discutían alrededor.
—Nunca había visto algo así.
—No hay venenos.
—No existe causa de muerte.
Héctor permanecía en silencio.
Algo llamaba su atención.
Sobre el escritorio de la víctima había un pequeño símbolo dibujado con ceniza negra.
Un círculo atravesado por tres líneas verticales.
Lo conocía.
Lo había visto antes.
Hace cinco años.
En el primer caso relacionado con Los Sin Rostro.
Uno de los agentes se acercó.
—Detective...
Encontramos algo extraño.
Le entregó una carpeta.
Dentro había documentos antiguos.
Todos relacionados con personas desaparecidas.
Y un nombre resaltado varias veces.
Proyecto Umbral.
Héctor frunció el ceño.
Jamás había escuchado ese término.
Pero intuía que era la primera pista real en años.
En la universidad, Mateo apenas prestaba atención a la clase.
Solo podía pensar en la noticia.
¿Y si alguien había creado el videojuego usando casos reales?
¿Y si el hombre ya estaba condenado antes de que él jugara?
No significaba nada.
Tenía que tranquilizarse.
Al salir de clases decidió buscar información sobre Mauricio Salcedo.
Los resultados comenzaron a aparecer.
Empresario.
Filántropo.
Donante de hospitales.
Ningún antecedente penal.
Nada.
Las atrocidades mostradas por el videojuego no existían en ningún registro público.
—Entonces... ¿eran falsas?
Pero una publicación perdida en un antiguo foro llamó su atención.
Un usuario anónimo escribía:
"Todos saben lo que hace Salcedo. Nadie puede demostrarlo porque compra jueces y policías."
El mensaje había sido eliminado pocos minutos después de publicarse.
Mateo sintió otro escalofrío.
¿Qué pasaba si el juego decía la verdad?
Aquella noche llegó temprano a casa.
Intentó concentrarse en otra cosa.
Vio una película.
Escuchó música.
Incluso apagó el televisor para evitar la tentación.
No funcionó.
Cada pocos minutos miraba la consola.
Como si esta lo estuviera llamando.
A las once y cuarenta y siete de la noche...
La pantalla se encendió sola.
Mateo se quedó inmóvil.
Él no había tocado el control.
No había electricidad suficiente para un encendido automático.
Sin embargo, el televisor brillaba con aquella inquietante luz roja.
Las palabras aparecieron lentamente.
EL MUNDO NECESITA MÁS SENTENCIAS.
Luego surgió una cuenta regresiva.
00:59
00:58
00:57
—¿Qué...?
Corrió hasta desconectar el cable de corriente.
La pantalla permaneció encendida.
El contador seguía bajando.
00:41
Mateo retrocedió.
El aire de la habitación comenzó a enfriarse.
Su respiración se volvió visible.
Entonces escuchó un ruido.
No provenía del televisor.
Venía del armario.
Un golpe.
Luego otro.
Como si algo hubiera despertado dentro.
El contador llegó a cero.
La pantalla cambió.
Una nueva imagen apareció lentamente.
Era el rostro de otra persona.
Esta vez no era un desconocido.
Mateo lo reconoció al instante.
Era un profesor de su universidad.
Y debajo del rostro apareció la misma pregunta.
¿CULPABLE?
Mientras el control vibraba sobre la cama por sí solo, una voz grave surgió del interior del armario, pronunciando una única frase:
—El juicio... debe continuar.
Continuará...