Arianna Falcone creyó que la muerte de Lucio Castelli, capo de la Sagrada Familia, significaría por fin su libertad. Se equivocó.
Con la organización al borde de una guerra interna, su padre pretende utilizarla otra vez y casarla con el hombre que consiga hacerse con el poder.
La única salida es Nino Farina.
Tiene veinte años, una sonrisa fácil y la violencia corriendo por las venas. Para impedir que los antiguos capitanes de Lucio recuperen el control, deberá tomar la Sagrada Familia. Y Arianna puede darle la legitimidad que necesita.
La solución: un matrimonio por contrato.
Seis meses. Habitaciones separadas. Ninguna obligación. Y una cláusula que le permite a Arianna marcharse cuando quiera.
No es amor. Solo una alianza.
Hasta que Arianna descubre junto a Nino todo aquello que nunca sintió con su primer marido: curiosidad, deseo y seguridad.
Porque esta vez no será elegida sin poder decidir.
Esta vez, ella también elegirá.
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Hoy fue tu mano
Arianna
Consigo sobrevivir casi una hora.
Hablo con personas.
Sonrío.
Nino no se separa demasiado, pero tampoco se mantiene pegado a mí.
Me deja respirar.
Hablar.
Existir sin tener un guardaespaldas unido al brazo.
Varias mujeres vienen a saludarme.
Algunas son genuinamente agradables.
Otras quieren información.
¿Cómo ocurrió?
¿Cuánto tiempo llevábamos juntos?
¿Por qué nadie sabía?
¿Fue amor a primera vista?
En algún momento Nino aparece detrás de mí justo cuando una mujer pregunta cuándo pensamos tener hijos.
Me atraganto con agua.
Nino responde: —Estamos intentando aprender primero a compartir una cafetera.
La mujer ríe.
Yo quiero asesinarlo.
Después él me guiña un ojo y desaparece.
Idiota.
Estoy empezando a relajarme.
Ese es mi error.
—Arianna.
Mi espalda se endereza.
Papá.
Me giro.
Está solo.
Gracias a Dios.
—Papá.
Sus ojos me recorren.
No hay afecto. Nunca lo hubo. Solo evaluación.
Siempre está calculando qué puede obtener.
—Necesitamos hablar.
—No.
Parpadea.
Es extraño.
Una palabra.
Dos letras.
Y jamás se la dije cuando era niña.
—¿Qué dijiste?
—Que no.
Miro alrededor.
Nino está conversando con Don Salvatore.
No me está mirando.
Bien.
Puedo hacer esto.
—No quiero hablar contigo.
Mi padre sonríe.
No es una sonrisa bonita.
—Deja de comportarte como una niña.
El impulso de agachar la cabeza aparece.
No lo hago.
—Buenas noches, papá.
Intento pasar, pero me toma del brazo.
Todo mi cuerpo se endurece.
—Suéltame.
—Vas a escucharme.
—No.
Sus dedos aprietan.
—Arianna.
Algo antiguo dentro de mí empieza a temblar.
Pero no estoy en casa.
No tengo quince años.
No hay una puerta cerrada detrás de mí.
—Suéltame.
Lo hace. Probablemente porque hay demasiada gente mirando.
—Necesito que hables con tu marido.
—¿Sobre qué?
—Hay posiciones que todavía no están definidas dentro de la organización.
Ah. Por supuesto.
—No.
—Todavía no sabes qué voy a pedir.
—No importa.
Su rostro se endurece.
—Soy tu padre.
—Lo sé.
—Y gracias a mí estás donde estás.
Una risa incrédula escapa de mi boca.
—¿Gracias a ti?
—No olvides quién consiguió tu matrimonio con Lucio.
El estómago se me revuelve.
—Créeme. Es imposible olvidarlo.
—Ese matrimonio convirtió a nuestra familia en algo.
—Ese matrimonio casi me mata.
Sus ojos se vuelven fríos.
—Siempre fuiste exagerada.
Lo miro.
Durante unos segundos realmente no puedo creer que haya dicho eso.
Después recuerdo quién es.
Claro que puede.
—No hablaré con Nino.
—Lo harás.
—No.
La mandíbula de papá se tensa.
—Necesito un lugar dentro del nuevo consejo.
—Entonces pídeselo tú.
—Eres su esposa.
—No soy tu intermediaria.
—Arianna.
—No.
Su mano se mueve.
Conozco ese gesto.
Lo conozco demasiado bien.
El hombro hacia atrás.
Los dedos abiertos.
La mano levantándose.
Mi cuerpo sabe qué viene antes que yo.
Cierro los ojos.
Un disparo rompe el salón.
Grito… Pero el golpe nunca llega.
Abro los ojos y encuentro a mi padre frente a mí.
Su cara blanca.
Su mano derecha pegada contra el pecho.
Sangre saliendo entre los dedos.
Todo el salón está en silencio.
Nino está a varios metros.
Pistola levantada.
Humo todavía escapando del cañón.
No sé cuándo la sacó. No sé cómo vio lo que estaba ocurriendo. Solo sé que acertó exactamente en la mano que mi padre había levantado.
Nino empieza a caminar despacio.
Nadie se mueve.
Ni siquiera Don Salvatore.
Mi padre aprieta los dientes.
—Hijo de puta.
Nino llega hasta nosotros.
Me mira primero.
—¿Te tocó?
Niego.
—No.
Solo entonces mira a mi padre.
—Agradece eso.
Su voz no es alta. No necesita serlo.
—¿Qué?
Nino inclina ligeramente la cabeza.
—Agradece que no alcanzaste a golpearla.
Mi padre respira entre dientes.
—Es mi hija.
Nino sonríe.
No es la sonrisa que conozco. No hay nada cálido en ella.
—Levanta otra vez una mano contra mi esposa y dejará de importarme qué parentesco tienes con ella. —Su mirada baja hacia la mano ensangrentada—. Hoy recibió la bala tu mano. —Vuelve a mirarlo—. Si hubieras alcanzado a tocarla, habría sido tu cabeza.
Alguien jadea.
Quizás varias personas.
Mi padre me mira.
No a Nino.
A mí.
Con odio. Como si yo hubiese disparado.
—Esto es culpa tuya.
Antes esas palabras habrían conseguido que me encogiera.
Ahora no.
—No —digo. Mi voz tiembla un poco, pero no me detengo—. Es culpa tuya por intentar golpearme.
Algo cambia en los ojos de Nino.
Orgullo… Creo. No tengo tiempo para pensar.
—¡Mira lo que hiciste!
Adriana.
Perfecto.
Nino pero si en su momento se pondrá más difícil muchos quieren la Sagrada Familia a si que esperemos no seas tan orgulloso y tomes la palabra de tu padre con la ayuda de todos
a disfrutar al bombocito de Farina
🥺🥺🥺 nino tan tierno con tanta espera 💪💪💪Ary muy bien
ya no se contengan desaten todo su amor 💗💗💗💗 porque dense cuenta es amor un amor real del bueno sincero puro hermoso 😌