Dos vidas entrelazadas por las costuras del destino.
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Capítulo 15
El restaurante estaba iluminado con una luz cálida y discreta.
Marel llegó unos minutos después de la hora acordada.
Respiró hondo antes de entrar.
No era una cita que hubiera elegido por iniciativa propia, pero tampoco veía motivo para preocuparse.
Se acercó a la recepción.
—Buenas noches. Reservación a nombre de Liam Cooper.
La anfitriona revisó la lista y asintió con una sonrisa.
—Por aquí, por favor.
Marel siguió sus pasos hasta una mesa ubicada junto a una ventana con vista a la ciudad.
Y entonces lo vio.
Liam ya estaba allí.
Se levantó en cuanto la notó.
—Marel, ¿verdad?
—Sí. Y tú debes ser Liam.
—El mismo.
Su sonrisa fue tranquila, sin prisa, sin pretensiones.
Un saludo simple, cómodo.
—Gracias por venir —dijo él.
—Gracias por la invitación.
Liam extendió una mano hacia la silla frente a él.
—Por favor.
Permíteme.
Marel asintió levemente y tomó asiento.
Liam retiró la silla con cortesía antes de volver a su lugar.
—Espero que el lugar sea de tu agrado.
—Tienes buen gusto —respondió Marel con una pequeña sonrisa.
—Entonces ya tengo puntos a favor —dijo él con naturalidad.
Marel soltó una breve risa.
El ambiente, contra todo pronóstico, era ligero.
Sin presión.
Sin expectativas incómodas.
Solo dos personas compartiendo una conversación que apenas comenzaba.
Liam tomó la carta del menú y la deslizó hacia ella.
—He escuchado mucho sobre tu trabajo con Larcor.
Marel levantó la mirada.
—Espero que cosas buenas.
—Las mejores.
Liam asintió con naturalidad, como si aquella respuesta fuera suficiente para continuar.
—¿Tienes hijos?
La pregunta no fue incómoda, pero sí directa.
Marel dudó apenas un segundo.
—Sí, soy madre soltera de un niño de 4 años.
Liam no cambió su expresión.
Solo asintió, como registrando el dato sin juicio alguno.
—Debe ser un trabajo duro.
—Lo es, pero también es lo mejor que me ha pasado.
Él sonrió levemente.
—Eso suena honesto.
Después de eso, la conversación fluyó con más facilidad.
Pidieron la cena entre recomendaciones del mesero y comentarios simples sobre el menú.
Liam habló de su trabajo, explicando que dirigía una cadena de supermercados y que supervisaba todo desde la sede central.
—No suena nada relajado —comentó Marel.
—No lo es —respondió él con una sonrisa—, pero me gusta.
No tengo hijos, así que el trabajo llena bastante mi tiempo.
Marel asintió.
Hablaron de rutinas, gustos personales y pequeñas anécdotas sin importancia.
Sin darse cuenta, el ambiente se volvió cómodo.
Cuando la cena terminó, ambos ya habían soltado varias risas sinceras.
Al salir del restaurante, el aire de la noche era fresco.
Liam caminó con ella hasta el automóvil.
—Me caes bien, Marel.
Ella lo miró con una sonrisa sincera.
—Tú también.
Intercambiaron sus números como algo natural.
Cuando llegaron al auto, Liam abrió la puerta para ella con cortesía.
Marel lo observó con ligera sorpresa, pero agradeció el gesto.
—Gracias por esta noche.
—Gracias a ti.
Ella entró al vehículo.
Liam cerró la puerta con cuidado.
Se inclinó apenas hacia la ventana.
—Ve con cuidado.
—Tú también.
Por un instante se quedaron mirándose.
Una conexión leve, casi imperceptible.
Pero presente.
Luego Marel encendió el motor y se alejó lentamente.
Liam la observó hasta que el auto desapareció entre las luces de la ciudad.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Rainer acababa de aterrizar hace unos minutos junto a Gael, quien aún no estaba completamente familiarizado con la ciudad.
El cansancio del vuelo pesaba, pero Rainer insistió en conducir él mismo hacia el Penthouse. Decía que necesitaba moverse y despejar la mente aún saturada por la discusión con su padre, dejaría a Gael en un hotel de camino.
Gael, mirando por la ventana, intentaba ubicarse mientras comentaba detalles del viaje y del nuevo entorno, aunque Rainer apenas respondía, concentrado en las calles nocturnas.
La noche estaba tranquila cuando avanzaban de regreso.
El viaje de vuelta había sido tedioso, pero el silencio dentro del auto no era incómodo. Era de esos silencios llenos de cansancio y pensamientos acumulados.
—Ya quiero conocer este lugar —murmuró Gael desde el asiento del copiloto, todavía adaptándose a la ciudad.
Rainer apenas asintió, concentrado en la carretera.
—Solo quiero llegar y dormir.
—Milagro —bromeó Gael—. El CEO Aristizábal quiere dormir... pero dudo que Alessia te deje.
Rainer soltó una leve exhalación, casi una risa.
Pero antes de que pudiera responder, después de haber tomado una de las últimas calles antes de llegar al hotel el cansancio del vuelo, la velocidad y la falta de atención jugaron en su contra.
Al girar en una esquina estrecha, un auto apareció de repente.
Rainer intentó frenar de inmediato.
Demasiado tarde.
Un impacto seco.
Metal contra metal.
El auto de Rainer había chocado ligeramente con el otro vehículo, lo suficiente para obligarlos a detenerse en plena calle silenciosa.
—¿Qué demonios…? —Gael se inclinó hacia adelante.
Rainer bajó inmediatamente del auto.
Del otro vehículo también bajó alguien.
Marel.
El mundo se detuvo.
Por un segundo no hubo sonido.
Ni autos.
Ni ciudad.
Ni tiempo.
Solo ellos dos mirándose fijamente.
Más adultos.
Más marcados por la vida.
Pero exactamente iguales en aquello que importaba.
Los mismos ojos.
La misma presencia.
El aire entre ambos se volvió pesado, imposible de ignorar.
Marel abrió ligeramente los labios, pero no dijo nada.
Rainer tampoco.
Sus miradas lo decían todo.
Cinco años de silencio comprimidos en un solo instante.
Gael, aún dentro del auto, observaba la escena sin comprender del todo lo que estaba ocurriendo.
—Rainer… —murmuró, pero su voz no logró atravesar la tensión del momento.
Rainer dio un paso hacia adelante.
Otro más.
Como si su cuerpo se moviera antes que su mente.
El corazón le golpeaba el pecho con una fuerza que no recordaba haber sentido en años.
Y entonces lo dijo.
Incrédulo.
Como si nombrarla fuera imposible.
—Mar…
La voz le salió más baja de lo esperado.
Marel sintió un nudo en la garganta al escucharlo.
Ese tono.
Ese nombre que solo el utilizaba.
Ese pasado entero regresando de golpe sin pedir permiso.
Y el mundo, que había seguido girando durante cinco años, por fin se detuvo del todo.