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Prohibido Llamarte Amor

Prohibido Llamarte Amor

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Dejar escapar al amor / Diferencia de edad / CEO
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Enn Gómez

Hay amores que llegan demasiado tarde.
Y otros que nunca debieron llamarse amor.

***
Cinco años atrás, Lizzie cometió un error con James.

Una noche.
Un secreto.
Y una despedida antes de que él pudiera decirle que, para él, nunca había sido un error.

Ahora Lizzie tiene veinticinco años, un prometido perfecto y una boda esperándola. James debería ser solamente un recuerdo… hasta que la enfermedad de su padre lo convierte en el único hombre capaz de salvar el legado de su familia.

Trabajar juntos no estaba en sus planes.
Volver a desearse, mucho menos.

Porque James sigue siendo el hombre que no debería tocar.
Y Lizzie sigue perteneciendo a un futuro en el que él no tiene lugar.

NovelToon tiene autorización de Enn Gómez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4. Lo que no dijimos

Definitivamente, aquello no había sido un sí.

Tampoco sabía qué demonios había sido.

Me quedé dentro de la camioneta mientras James regresaba por mis cosas. Lo vi desaparecer entre la lluvia y volver unos minutos después con mi bolso en una mano y las llaves de mi camioneta en la otra. Cuando subió, tenía la camisa completamente empapada y el cabello rubio pegado a la frente.

Dejó mi bolso sobre mis piernas.

—Mañana vendrán por tu camioneta.

Quise decirle que podía ocuparme yo, pero tenía tanto frío que hasta discutir empezaba a parecerme demasiado trabajo.

James encendió el motor y aumentó la calefacción. Después tomó una manta de la parte trasera y me la entregó.

Me cubrí hasta los hombros.

El aire caliente comenzó a golpearme las piernas, pero seguía temblando.

James lo notó.

Por supuesto que lo notó.

No dijo nada.

Puso la camioneta en marcha y avanzamos lentamente por el mismo camino en el que yo había conseguido perderme.

Durante los primeros minutos no hablamos.

Yo miraba hacia delante, aunque apenas podía distinguir algo más allá de los faros. La lluvia seguía cayendo con fuerza y los árboles parecían inclinarse sobre nosotros cada vez que el viento golpeaba.

Pero mi cabeza estaba en otra parte.

No vuelvas a decirme que vas a desaparecer de mi vida.

No sabía qué hacer con esa frase.

James llevaba cinco años comportándose como si mantenernos alejados fuera exactamente lo que quería.

Los dos lo habíamos hecho.

Saludos educados.

Conversaciones necesarias.

Mesas suficientemente grandes para no sentarnos juntos.

Puertas que alguno de los dos encontraba una excusa para cruzar cuando nos quedábamos solos.

Nunca habíamos hablado de aquella mañana.

Nunca habíamos hablado de aquella noche.

Y ahora, de pronto, parecía furioso porque yo había ofrecido convertir en definitivo algo que llevábamos cinco años haciendo.

Lo miré de reojo.

Tenía ambas manos sobre el volante.

—¿Vas a contestarme?

—Sí.

Me incorporé un poco.

—¿Sí vas a aceptar?

—He dicho que voy a contestarte.

Volví a hundirme en el asiento.

Seguía siendo insoportable.

—¿Cuándo?

James me miró apenas un segundo.

—Cuando estés seca, hayas comido algo y dejes de temblar.

—Puedo escucharte aunque tenga frío.

—Yo no quiero hablar mientras estás así.

Su tono no dejó espacio para discutir.

Y, para mi propia humillación, tampoco tenía demasiadas fuerzas para hacerlo.

Me acomodé la manta y miré por la ventana.

Al menos no había dicho que no.

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La hacienda apareció entre la lluvia bastante después.

No venía desde hacía años.

Había pasado muchos fines de semana allí cuando era pequeña, cuando nuestros padres todavía organizaban comidas que empezaban al mediodía y terminaban cuando ya no quedaba luz en los jardines. Recordaba los caballos, los árboles enormes y las habitaciones en las que los hijos éramos enviados cuando los adultos comenzaban a hablar de negocios.

Después todo había cambiado.

Los padres de James murieron.

Él heredó mucho más que empresas y propiedades.

Y la hacienda dejó de ser uno de los lugares donde nuestras familias se reunían para convertirse en el lugar al que James desaparecía cuando quería alejarse de todos.

No pensé que alguna vez volvería allí sola con él.

Mucho menos así.

James estacionó cerca de la entrada.

Bajé antes de que pudiera intentar ayudarme.

Fue una mala decisión.

El suelo estaba resbaloso y apenas puse un pie fuera sentí que perdía el equilibrio.

James me sujetó del brazo.

—Estoy bien.

—Eso llevas diciendo toda la noche.

—Porque estoy bien.

Me miró.

Yo estaba empapada, envuelta en una manta y probablemente tenía el maquillaje corrido por media cara.

—No digas nada.

Una esquina de su boca pareció moverse.

Solo un poco.

Después me condujo hacia la casa.

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La ducha me devolvió lentamente la sensibilidad a los dedos.

Permanecí bajo el agua caliente más tiempo del necesario.

James había dejado una toalla y ropa seca fuera del baño. Una camiseta suya, un pantalón deportivo y unos calcetines.

Nada particularmente importante.

Nada que justificara que me quedara varios segundos mirando aquellas prendas.

Me vestí.

La camiseta me quedaba enorme y tuve que ajustar el pantalón para que no terminara en el suelo.

Después llamé a mamá.

Contestó casi inmediatamente.

No le conté todo.

Le dije que estaba bien, que la tormenta me había obligado a quedarme en la hacienda y que regresaría temprano.

Pregunté por papá.

Seguía estable.

La palabra debería haberme tranquilizado.

No lo hizo.

Estable no significaba bien.

Seguía delicado y los médicos insistían en que necesitaba descanso absoluto. Mamá intentó sonar tranquila cuando me explicó que había dormido durante buena parte de la tarde, pero reconocí el cansancio en su voz.

—¿Hablaste con James? —preguntó finalmente.

Miré hacia la puerta.

—Estoy en eso.

—Lizzie...

—Mamá, no quiero darte esperanzas todavía.

Hubo un pequeño silencio.

—Está bien.

—Mañana temprano regreso.

—Avísame antes de salir.

—Lo haré.

Colgué.

Me quedé sentada en la cama con el teléfono entre las manos.

Durante todo el camino había pensado que conseguir que James aceptara resolvería al menos uno de nuestros problemas.

Ahora ni siquiera estaba segura de eso.

Porque James no hacía favores a medias.

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Cuando bajé, encontré a James en la cocina.

Se había cambiado.

Llevaba un pantalón oscuro y una camiseta gris, algo tan diferente de los trajes con los que acostumbraba verlo que tardé un segundo de más observándolo.

Él levantó la mirada.

Sus ojos recorrieron la ropa que me había prestado.

No hizo ningún comentario.

—Siéntate.

Me senté.

Había preparado algo sencillo. Sopa, pan y café.

Me terminé todo.

James no mencionó la empresa mientras comíamos.

Eso consiguió ponerme más nerviosa que si hubiera empezado a enumerar razones para rechazarme.

Cuando terminé, apartó su taza.

—Bien.

Dejé la cuchara.

—¿Bien qué? - pregunté

—Hablemos.

Mi estómago se tensó.

James se levantó y fue hasta una pequeña mesa junto a una de las ventanas. Allí estaba mi carpeta.

La misma que llevaba conmigo cuando salí de la ciudad.

La tomó y regresó.

—Acepto.

Lo miré.

Durante un instante pensé que lo había imaginado.

—¿Qué?

—Voy a asumir la presidencia temporal.

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