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Hollow Creek

Hollow Creek

Status: Terminada
Genre:Terror / Mitos y leyendas / Maldición / Completas
Popularitas:113
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Camila llega sola a Hollow Creek para olvidar la muerte de su madre. Su auto queda destrozado por trampas en el camino y encuentra a cinco jóvenes acampando. Pronto descubre que ese rincón de Texas esconde una familia que lleva generaciones aislada… y algo mucho más antiguo que ellos.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

La hora pasó.

Después otra media.

Nadie hablaba mucho. Leo miraba el reloj del celular cada pocos minutos aunque no tuviera señal. La pantalla se iluminaba y se apagaba, siempre en la misma hora congelada.

Camila se había sentado en el tronco de siempre. Tenía las manos entrelazadas para que no se notara que le temblaban. Sofía no se había movido de su sitio. Seguía con la vista clavada en Naiara, que ahora estaba más lejos, casi en el borde del claro, como si no quisiera estar cerca de nadie.

Tomi era el único que no paraba quieto. Caminaba de un lado a otro, mirando hacia la pendiente por donde se había ido Mateo.

—Debería haber vuelto ya.

—Lo sé —contestó Leo sin mirarlo.

El viento había cambiado. Traía otra vez ese olor dulce y pesado. Más intenso. Camila se tapó la nariz un momento, pero no sirvió de nada. El olor se metía igual.

Sofía habló bajo, casi para sí misma:

—Si no vuelve en diez minutos, vamos a buscarlo.

Leo asintió.

—Sí.

Naiara se giró por fin.

—No es buena idea separarnos más.

—Tampoco lo fue dejarlo ir solo —replicó Sofía.

El tono era cortante. Naiara no respondió. Solo volvió a mirar el bosque.

Pasaron los diez minutos.

Después cinco más.

Leo se levantó.

—Vamos. Los cuatro. Nadie se queda.

Recogieron lo mínimo: dos linternas que aún tenían pilas, el cuchillo de Mateo que había dejado olvidado junto a la camioneta y una botella de agua. Tomi guardó el celular en el bolsillo, pero la cámara seguía grabando en segundo plano.

Subieron la pendiente en silencio. El terreno era más empinado de lo que parecía desde abajo. Las hojas secas resbalaban bajo las botas. Cada cierto tiempo Leo se detenía y levantaba una mano. Todos se quedaban quietos, escuchando.

No se oía nada.

Ni pájaros.

Ni viento fuerte.

Solo sus propias respiraciones.

A mitad de camino encontraron las primeras señales de Mateo: una marca en la corteza de un árbol hecha con el cuchillo, como había quedado de acuerdo. Un poco más arriba, otra. Después las huellas de sus botas en un tramo de barro blando.

Seguían recto.

Hasta que dejaron de seguir.

Las huellas se desviaban de golpe hacia la izquierda, entre unos arbustos densos. Parecían apresuradas. En un punto el barro estaba removido, como si alguien hubiera resbalado o hubiera sido empujado.

Leo se agachó.

—Aquí hubo forcejeo.

Camila sintió que la sangre se le iba de la cara. Sofía se llevó una mano a la boca. Tomi levantó el celular y grabó el suelo sin decir nada.

Naiara habló por primera vez desde que empezaron a subir:

—No deberíamos seguir por ahí.

—¿Y dejarlo? —preguntó Sofía, girándose hacia ella con rabia contenida—. ¿Eso es lo que harías?

Naiara no contestó. Solo miró hacia los arbustos.

Siguieron el rastro.

Los arbustos se cerraban. Las ramas les arañaban los brazos y la cara. El olor dulce era más fuerte aquí. Casi empalagoso. Camila tuvo que tragar saliva varias veces para no toser.

De pronto el terreno bajó de golpe. Llegaron a un pequeño hueco entre las rocas. Y ahí estaba.

La mochila de Mateo.

Tirada de lado. Abierta. El contenido esparcido: una botella de agua aplastada, el teléfono con la pantalla rota, un paquete de pañuelos sucios de barro.

No había sangre.

Al menos no a simple vista.

Leo se agachó y recogió el teléfono. Intentó encenderlo. Nada.

—Mateo —llamó, primero bajo y después más fuerte—. ¡Mateo!

El nombre se perdió entre los árboles.

No hubo respuesta.

Tomi dio un paso atrás.

—Esto está mal. Muy mal.

Sofía miró a Naiara otra vez.

—Tú sabías que podía pasar algo así.

Naiara apretó la mandíbula.

—Yo dije que no fuera solo. Ustedes lo dejaron ir.

El grupo se quedó congelado en ese hueco. El sol ya empezaba a bajar otra vez. Las sombras se alargaban rápido. El olor dulce parecía venir de todas partes.

Camila se agachó junto a la mochila. Entre la ropa revolvió algo pequeño y metálico: el llavero de Mateo, con una chapita de un equipo de fútbol. Lo cerró en el puño.

Leo se pasó una mano por la cara.

—Volvemos al campamento. Ahora. Y desde allí decidimos. Si seguimos buscando con esta luz vamos a terminar igual que él.

Nadie discutió.

Pero mientras bajaban, todos miraban hacia atrás cada pocos pasos.

Camila apretó el llavero hasta que el metal se le clavó en la piel.

Mateo no había regresado.

Y el bosque, por primera vez, se sentía como si se estuviera riendo de ellos en silencio.

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LJ Series
Me gustan este tipo de historias 👀
hey y aparezco ahí, mi nombre también es Leo
LJ Series
Interesante, veamos que tal
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