Cuando sus mundos chocan, la atracción es inmediata, explosiva y peligrosa. Lo que comienza como una misión para Scarlett se convierte en una obsesión mutua donde la línea entre el deber y el deseo se desdibuja peligrosamente.
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CAPÍTULO 10
La mansión está en silencio.
Scarlett y Alejandro están en la habitación principal, a oscuras, observando desde la ventana las siluetas que se mueven entre los árboles. El FBI ha rodeado la propiedad con una eficiencia que solo ella puede reconocer, sus compañeros, su gente, los mismos con los que ha trabajado durante años.
—¿Cuántos?
pregunta Alejandro en voz baja.
—Al menos una docena. Más los francotiradores.
Señala dos puntos en la distancia
—Allí y allí. Te tienen cubierto si intentas salir por el frente.
—¿Y por detrás?
—También. Williams es meticuloso. No va a dejar cabos sueltos.
Alejandro la mira. Incluso en la penumbra, sus ojos negros brillan con determinación.
—Tengo un túnel. Construido hace años, por si algo así pasaba. Sale a tres calles de aquí, en un garaje.
Scarlett siente una chispa de esperanza.
—¿Pueden haberlo descubierto?
—No. Solo yo lo sé. Ni siquiera mis hombres.
—Entonces vamos.
Alejandro toma su mano y la guía fuera de la habitación. Bajan por las escaleras traseras, las que usa el servicio, hasta llegar al sótano. Allí, detrás de una estantería de vinos, hay una puerta de acero camuflada.
—Una vez que entremos, no hay vuelta atrás
advierte él.
—El túnel tiene casi un kilómetro. Tardaremos al menos veinte minutos en salir.
—Veinte minutos en los que pueden descubrir que no estamos en la casa.
—Exactamente.
Scarlett respira hondo. Su mano instintivamente busca su vientre, aún plano, donde su hijo crece.
—Hagámoslo.
El túnel es estrecho, iluminado solo por las pequeñas luces de emergencia cada cincuenta metros. Avanzan en silencio, sus pasos resonando en el metal del suelo. Alejandro va delante, guiándola, su mano siempre en contacto con la de ella.
—¿Construiste esto tú?
pregunta Scarlett para romper el silencio abrumador.
—Mi padre. Hace años. Él siempre decía que un hombre inteligente construye su propia salida antes de entrar.
—Sabio.
—Paranoico. Pero en este mundo, vienen siendo lo mismo.
Scarlett piensa en el padre de Alejandro, el viejo Don Moretti, a quien nunca ha conocido pero de quien los archivos del FBI hablan como un hombre despiadado. Se pregunta qué pensaría de él, de su hijo enamorado de una federal.
—¿Tu padre sabe de mí?
pregunta.
—No. Y cuanto menos sepa, mejor.
Su voz se tensa.
—Mi padre no es... no es como yo. Para él, el negocio es lo único que importa. Si supiera que estoy con una agente, te mataría él mismo.
—¿Y tú, Qué harías si intentara matarme?
Alejandro se detiene. Se gira para mirarla, y en la tenue luz del túnel, su expresión es feroz.
—Matarlo a él primero.
Scarlett contiene el aliento. Sabe que no es una amenaza vacía. Sabe que Alejandro haría cualquier cosa por ella.
—No quiero eso
susurra.
— No quiero que mates a nadie por mí.
—Entonces no me pongas en esa situación.
Siguen caminando.
Cuando llegan al final del túnel, Alejandro abre otra puerta de acero. Salen a un garaje subterráneo, vacío excepto por un coche cubierto con una lona.
—Es mío
explica.
—Lo dejé aquí hace años por si necesitaba desaparecer rápido.
Quita la lona y revela un coche negro, deportivo, sin ninguna característica distintiva. Perfecto para pasar desapercibido.
—¿Adónde vamos?
pregunta Scarlett mientras suben.
—A un lugar seguro. Un amigo. No de mis negocios, de la infancia. Me debe un favor y nunca se lo he pedido. Hasta ahora.
El coche arranca con un suave rugido. Alejandro conduce despacio, sin luces, hasta salir del garaje. La calle está desierta. Por un momento, Scarlett piensa que lo han logrado.
Entonces las luces se encienden.
Tres coches negros bloquean la salida. Hombres con chalecos antibalas apuntan sus armas. Y entre ellos, con una sonrisa de satisfacción, está Marcos.