NovelToon NovelToon
Mil Almas En Un Solo Corazón

Mil Almas En Un Solo Corazón

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Traiciones y engaños
Popularitas:334
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

======================================================================
Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

MIL ALMAS EN UN SOLO CORAZÓN CAPÍTULO 6

El sol aún no asomaba por las cúpulas doradas del palacio cuando Elif abrió los ojos, empapada en sudor frío, con el eco de las últimas palabras de Gülşah resonándole en la cabeza como un látigo: *“Si no me obedeces, te destruiré a ti y a todas las que amas”*. Se sentó en la cama despacio, con las manos temblorosas, y miró a sus amigas dormidas en los catres cercanos: Zeynep roncando suave con la boca entreabierta, Lila abrazada a una almohada como si fuera su único refugio, Gül con el ceño fruncido incluso en sueños, siempre alerta.

Por primera vez en siglos de vidas, de muertes, de luchas y de victorias, Elif sintió un miedo real que no era por ella misma. Era por ellas. Por las tres únicas personas que habían elegido estar a su lado sin pedir nada a cambio, sin saber que cargaba con mil almas en el pecho, sin saber que su sola presencia era un imán para el peligro. El trato que había aceptado con Gülşah no era solo un acuerdo: era una cuerda alrededor de su cuello que se apretaría más cada día, hasta estrangularla o hasta que ella encontrara la forma de cortarla.

Se levantó en silencio, se puso su túnica de seda verde claro —el regalo de su ascenso a Kadın— y salió al pequeño balcón de su habitación. El aire de la madrugada olía a jazmín, a tierra húmeda y a la bruma que subía del Bósforo. Cerró los ojos y dejó que los recuerdos de todas sus vidas pasaran por su mente como una ráfaga: la reina que derrotó imperios, la médica que salvó miles, la guerrera que luchó hasta el último aliento… Todas ellas habían enfrentado enemigos peores que Gülşah. Pero ninguna había tenido algo que perder de verdad. Ninguna había tenido amigas. Ninguna había tenido a un joven sultán que la miraba como si ella fuera el único misterio que valía la pena resolver en todo el mundo.

—No te dejaré lastimarlas —se susurró a sí misma, con la voz firme, sin un ápice de la timidez que mostraba al mundo—. Jugaré tu juego, Gülşah. Pero lo jugaré a mis reglas. Y al final, perderás tú.

Durante los días siguientes, Elif se convirtió en una actriz aún más perfecta que antes. Por las mañanas, asistía a las reuniones de las Kadines con su cara de inocencia boba, se equivocaba a propósito en los protocolos, se reía de sus propios errores y decía siempre que “la suerte le ayudaba”. Pero cada tarde, en los rincones oscuros de los pasillos, en los baños públicos o detrás de los tapices antiguos, se encontraba con Gülşah para entregarle “información”: detalles inocuos, verdades a medias, mentiras perfectamente construidas que parecían secretos importantes pero que no dañaban a nadie. Le contaba que Valide Dilara pasaba las tardes leyendo libros de poesía —verdad, pero irrelevante—, que el Sultán prefería el baklava con más miel —algo que todo el mundo sabía—, que Zeynep peleaba con las cocineras por las porciones de pan —cierto, pero sin ninguna consecuencia política.

Gülşah, hambrienta de cualquier detalle que le sirviera para avanzar en sus planes, se lo tragaba todo. Cada vez que Elif le entregaba un papel doblado con sus notas, la mujer le sonreía con esa sonrisa fría y cruel que le helaba la sangre, y le decía: *“Bien, pequeña. Sigue así. Pronto te pediré algo más grande”*.

Pero el peso del doble juego empezó a pasarle factura. Se distraía en las lecciones, se saltaba comidas, pasaba noches enteras sin dormir pensando en cómo salir de aquello sin que nadie saliera herido. Y sus amigas lo notaron. Fue Zeynep la primera que la confrontó, una tarde en que las cuatro estaban solas en los jardines bajos, sentadas en el césped cerca del estanque de peces dorados.

—Ya basta, Elif —dijo la chica del mar, agarrándola del brazo con fuerza, sin brusquedad pero sin dejarla escapar—. Llevas una semana como un fantasma. Te despiertas gritando por las noches, te comes las uñas hasta sangrar, y cada vez que alguien te llama por sorpresa saltas como si te fueran a matar. ¿Qué te pasa? ¿Qué te está haciendo esa bruja de Gülşah?

Elif se puso pálida de golpe. Quiso sonreír, quiso decir que solo estaba cansada, que era el estrés del nuevo rango, que todo estaba bien… Pero cuando miró a Lila y a Gül, que la miraban con los ojos llenos de preocupación, con esa lealtad que no se merecía, las palabras se le atoraron en la garganta. Se le llenaron los ojos de lágrimas, y por primera vez en mucho tiempo, no actuó.

—No puedo decíroslo —susurró, con la voz rota, bajando la cabeza para que no vieran su dolor—. Lo siento. De verdad que lo siento. Pero si os lo cuento, os pondré en un peligro del que no podré sacaros. Solo… solo confiad en mí. Haré todo lo posible para que nada malo os pase. Jamás.

Zeynep iba a gritar, iba a decirle que entre ellas no había secretos, que eran cuatro contra el mundo y que nada podía con ellas… Pero Gül le puso una mano en el hombro para detenerla. La chica más seria del grupo se acercó a Elif, le secó una lágrima con el dorso del dedo y habló con esa calma que siempre la caracterizaba:

—No tienes que contarnos nada. No tenemos derecho a obligarte. Pero recuerda una cosa: sea lo que sea, sea quien sea el que te amenaza, no estás sola. No lo has estado desde el día en que te agarré del brazo para que no te cayeras en los baños. Si necesitas que mintamos, mentiremos. Si necesitas que nos enfrentemos a Gülşah, a toda la corte o incluso al propio Sultán, lo haremos. Las cuatro juntas. Siempre.

Lila asintió con fuerza, sin decir nada, y le apretó la mano con tanta fuerza que le dolieron los dedos. Zeynep suspiró, frustrada pero rendida ante la lealtad del grupo, y la abrazó por la cintura con fuerza, murmurándole al oído: *“Eres una tonta por no confiar del todo en nosotras… pero te queremos igual. Maldita seas”*.

En ese abrazo de cuatro cuerpos, de cuatro almas que habían elegido ser familia, Elif sintió que un poco del peso que llevaba en el pecho se aliviaba. No podía contarles todo. No podía decirles que había vivido mil vidas, que recordaba cada muerte, cada dolor, cada victoria. No podía decirles que Gülşah la chantajeaba con revelar un secreto que ni ellas entenderían. Pero por primera vez, no se sentía sola en la batalla.

Esa misma tarde, un eunuco la buscó con un mensaje directo del Sultán: la esperaba solo en los jardines altos, el recinto privado donde nadie entraba sin su permiso expreso. Elif sintió que el corazón se le subía a la garganta. Sabía que cada encuentro con Murad era un riesgo doble: por un lado, Gülşah le había ordenado que le contara todo lo que le dijera el Sultán, cada detalle de sus planes, cada duda que expresara. Por otro lado, cada vez que estaba cerca de él, le costaba más mantener la máscara. Cada vez que la miraba con esos ojos oscuros, profundos, que parecían ver más allá de su cara de niña tonta, sentía que su secreto se desmoronaba un poco más.

Llegó a los jardines altos con la cabeza baja, haciendo la reverencia más torpe y mal hecha de su vida, como siempre. Murad estaba apoyado en la barandilla de mármol que daba al mar, vestido con una túnica sencilla de azul oscuro sin joyas, sin símbolos de poder, solo él: el muchacho de diecisiete años, piel clara, alto y atlético, sin barba, que cargaba con un imperio encima de los hombros. Cuando la vio, se giró y sonrió, una sonrisa genuina, suave, que no usaba con nadie más.

—No hagas eso —le dijo, acercándose a ella despacio, sin que sus guardias estuvieran cerca—. La reverencia. Conmigo no es necesario. Al menos cuando estamos solos.

—P‑Pero Majestad… es la ley… —balbuceó ella, sonrojándose hasta las orejas, mirando sus propios pies.

—Yo soy la ley —respondió él, riendo suave, y le levantó la barbilla con un dedo para que lo mirara a los ojos—. Y yo digo que, cuando estamos así, tú eres solo Elif. Y yo soy solo Murad. ¿Entendido?

Elif no pudo responder. Sentía el calor de su dedo en su piel, el olor de su perfume de incienso y cuero limpio, la intensidad de su mirada que la recorría como si quisiera grabarse cada detalle de su rostro. Por un segundo, olvidó quién debía ser. Olvidó la máscara, olvidó el chantaje de Gülşah, olvidó las mil vidas que llevaba dentro. Solo era una chica a la que el chico más poderoso del mundo miraba como si ella fuera el único tesoro que quería poseer.

—Te he pedido que vinieras porque quería preguntarte algo —dijo Murad, bajando la voz, acercándose un poco más, hasta que casi se tocaban—. Cada vez que te veo… siento que te conozco de antes. De mucho antes. Como si hubiéramos estado juntos en otro lugar, en otra vida. ¿Es una locura?

El corazón de Elif dio un vuelco tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho. Cómo iba a decirle que no era una locura? Cómo iba a decirle que, efectivamente, se habían conocido antes? Que en una vida ella había sido su maestra de armas, en otra su enfermera, en otra la mujer que lo había salvado de morir envenenado en la cuna, sin que él nunca lo supiera? Cómo iba a explicarle que el hilo del destino los había unido una y otra vez a lo largo de los siglos, siempre para separarlos de la peor manera posible?

Así que hizo lo único que podía: volvió a ponerse la máscara. Abrió mucho los ojos, se rió una risita tonta y nerviosa, y negó con la cabeza tantas veces que casi se le deshace el peinado:

—¡A‑Ay, Majestad, qué cosas dice! Seguro que es porque yo tengo la cara muy común, de esas que todo el mundo cree haber visto antes… O porque soy tan tonta que me confundo con cualquier otra chica… —se tapó la boca con la mano, fingiendo vergüenza—. Perdón, no debí decir eso, soy muy grosera…

Murad la miró durante unos segundos interminables. Ella vio cómo una sombra de decepción cruzaba su rostro, cómo sus ojos se oscurecían un poco. Pero no insistió. En cambio, le tomó la mano con suavidad, la acercó a la barandilla y le señaló el mar que se teñía de oro y naranja con el atardecer:

—Mira —le dijo—. Cuando era pequeño, mi madre me traía aquí todas las tardes. Me decía que el mar recuerda todo. Todas las historias, todos los amores, todas las vidas que han pasado por sus orillas. A veces creo que es verdad. A veces creo que el mar me recuerda a ti, aunque yo aún no sepa por qué.

Elif no dijo nada. Solo miró el horizonte, con la mano de él todavía cubriendo la suya, y rezó en silencio a todos los dioses que había conocido en mil vidas para que esta vez, por una vez en la eternidad, el destino no se ensañara con ellos.

Pero el destino, como bien sabía ella, nunca perdona.

Dos noches después, se celebró una gran cena en el Salón de Mármol para recibir al embajador de un reino vecino. Todas las Kadines estaban presentes, vestidas con sus mejores sedas y joyas, el Sultán en el trono elevado, Valide Dilara a su lado con su mirada sabia que lo veía todo, y Gülşah en el extremo opuesto de la mesa, mirando a Elif con una sonrisa que presagiaba desgracia.

A mitad de la cena, mientras los músicos tocaban una melodía suave, una sirvienta se acercó a Elif por detrás y le susurró al oído, con la voz temblorosa: *“Ella dice que lo hagas ahora. En la copa de la Kadın Hümüşah. Si no lo haces, mañana todo el palacio sabrá lo que eres”*.

Elif miró hacia Gülşah. La mujer levantó su copa de vino hacia ella en un brindis silencioso, cruel, y movió los labios sin sonido: *“Hazlo”*.

Bajó la mirada hacia la mesa. Junto a su plato, un pequeño frasco de cristal transparente, diminuto, que alguien había puesto allí sin que ella lo viera. Reconoció el contenido al instante: una sustancia inodora, insípida, que no mataba pero que hacía caer enferma a quien la bebiera durante días, con fiebres altas y delirios, suficiente para apartar a Hümüşah —la única Kadın que tenía más poder que Gülşah— de la corte durante semanas. Era el chantaje definitivo: o se convertía en una criminal a las órdenes de Gülşah, o todo se acababa para ella y sus amigas.

Sus manos temblaron. Miró a Hümüşah, una mujer buena, generosa, que nunca le había hecho daño, que incluso le había regalado un peine de marfil la semana anterior. Miró a sus amigas, que charlaban despreocupadas sin saber que su destino se decidía en ese segundo. Miró a Murad, que hablaba con el embajador sin saber que la mujer que le interesaba estaba a punto de cometer un crimen para proteger a los suyos.

Y entonces, por un segundo, la máscara se cayó por completo. La Elif tonta, tímida y despistada desapareció. En su lugar apareció la estratega de mil batallas, la mujer que había salido de situaciones imposibles durante siglos. Sonrió por lo bajo, un gesto rápido que nadie vio, y esperó su momento.

Cuando los sirvientes se acercaron a cambiar las copas, cuando todo el mundo miró hacia los músicos que empezaban una pieza nueva, Elif movió la mano con una velocidad tan rápida que era casi invisible para el ojo humano —la misma agilidad que había usado para salvar a la novata en la escalera, la misma que había aprendido de acróbata y ladrona en vidas pasadas—. Cambió la copa envenenada de Hümüşah por la copa de vino de Gülşah, que estaba justo al alcance de su brazo, en un movimiento tan natural que pareció que solo se ajustaba en su silla.

Cinco minutos después, Gülşah bebió un largo trago de su copa, segura de que su plan funcionaba. Media hora más tarde, se puso pálida, se llevó la mano al estómago y se desmayó en su silla, provocando el caos en todo el salón. Mientras todos corrían a ayudarla, mientras los médicos eran llamados a gritos, Elif se quedó quieta en su sitio, con la cara de pánico más perfecta que había actuado nunca, mirando a su alrededor como si no entendiera nada.

Nadie la sospechó. Nadie. Solo Valide Dilara, que la miró desde el trono con una sonrisa pequeña, casi imperceptible, y le hizo una seña casi invisible con la cabeza: *Bien hecha*.

Al día siguiente, por la mañana, una niña sirvienta la llevó a las habitaciones privadas de Valide Dilara, en el ala más antigua y olvidada del palacio. La mujer mayor estaba sentada frente a una chimenea encendida, tejiendo una cinta de seda azul, cuando Elif entró temblando, lista para ser descubierta, lista para ser castigada.

—Siéntate, pequeña —le dijo Dilara, sin levantar la vista de su labor—. No te voy a gritar. No te voy a castigar. Al contrario. Vine a darte las gracias.

Elif se quedó paralizada en el umbral.

—¿Gracias? —susurró.

—Sí —respondió Dilara, levantando la cabeza, y sus ojos claros la atravesaron como si pudiera ver hasta el fondo de su alma—. Gracias por no hacerle daño a Hümüşah. Gracias por devolverle el veneno a quien lo envió. Sé lo que Gülşah te está haciendo. Sé que te chantajea con tu secreto.

Elif sintió que las piernas le flaqueaban. Se sentó en la silla que le indicaban, sin fuerza, con el corazón latiéndole a mil por hora.

—¿Sabe… sabe qué soy? —preguntó, con la voz apenas un hilo.

Dilara dejó de tejer. Se inclinó hacia ella, y por primera vez, su rostro serio se suavizó en una expresión de una tristeza muy antigua.

—Sé que llevas mucho más tiempo en este mundo de lo que dicen tus dieciséis años —dijo muy bajito, para que solo ella lo oyera—. Sé que recuerdas cosas que nadie más recuerda, que sabes cosas que nadie debería saber. Sé que has vivido muchas vidas, Elif. He conocido a alguien como tú una vez, hace muchísimos años. Una mujer que salvó mi vida cuando era solo una niña. Tenía tus mismos ojos morados. Tu misma forma de mirar, como si hubieras visto demasiado dolor como para asombrarte de nada.

Elif no pudo contenerse más. Las lágrimas rodaron por sus mejillas sin control, por primera vez sin actuación, sin máscara. Finalmente. Alguien lo sabía. Alguien la entendía. Alguien no la juzgaba por ser lo que era.

—¿Por qué me ayuda? —preguntó, sollozando suave.

—Porque este palacio, este imperio, necesita gente como tú —respondió Dilara, pasándole un pañuelo de lino bordado—. Gente que ha visto el mal y el bien, que sabe distinguir uno de otro, que no se deja corromper por el poder. Gülşah no es el único peligro. Hay fuerzas más grandes, más oscuras, que quieren destruir a Murad, que quieren apoderarse del trono. Tú eres la única que puede protegerlo. Y proteger a tus amigas, por supuesto.

Le extendió un pequeño pergamino enrollado, atado con el mismo hilo azul de la nota anterior.

—Esto te ayudará —dijo—. Pruebas irrefutables de todos los crímenes de Gülşah, de todas las trampas que ha hecho, de todas las personas a las que ha lastimado. Cuando sea el momento adecuado, lo usarás para destruirla de una vez por todas. Pero ten cuidado: ella sabe que le fallaste anoche. Pronto se dará cuenta de que no puede controlarte. Y cuando lo haga, atacará con todo. No habrá más chantajes. Solo habrá guerra.

Elif agarró el pergamino con fuerza, como si fuera su única salvación. Cuando salió de las habitaciones de Dilara, el sol ya estaba alto en el cielo, y sentía que por primera vez en todo el capítulo, tenía una oportunidad real de ganar.

Pero se equivocaba. Porque Gülşah ya había despertado. Y el veneno que había bebido no la había matado… solo la había hecho más furiosa, más peligrosa, más dispuesta a destruir todo lo que Elif amaba sin importarle las consecuencias.

Esa misma noche, cuando la luna estaba en lo más alto del cielo, Elif salió de su habitación siguiendo una nota que le habían deslizado por debajo de la puerta: *“Ven al pabellón abandonado de los naranjos. Solo. Si traes a alguien, Zeynep, Lila y Gül amanecerán muertas en sus camas”*.

Caminó por los pasillos oscuros sin temor. Llevaba el pergamino de Dilara escondido en el interior de su túnica, una pequeña navaja en la manga, y mil años de experiencia en los huesos. Cuando llegó al pabellón, vio a Gülşah esperándola en el centro, rodeada de cuatro guardias de confianza, con el rostro todavía pálido por la enfermedad, los ojos ardiendo de un odio asesino.

—Pensaste que eras más lista que yo, ¿verdad, niña blanca? —escupió Gülşah, dando un paso hacia ella, con la voz ronca y llena de veneno—. Cambiaste las copas. Me hiciste beber mi propio veneno. Creíste que te saldrías con la tuya?

—El trato se acabó, Gülşah —dijo Elif, y esta vez no fingió. Su voz era baja, fría, segura, la voz de la reina que había sido, la voz de la guerrera que no temía a nada ni a nadie—. No soy tu marioneta. Nunca lo fui. Y si le haces un solo daño a cualquiera de mis amigas, te prometo que lo que te haré yo será mucho peor que cualquier veneno.

Gülşah soltó una carcajada aguda, desquiciada, que resonó en todo el pabellón vacío. Señaló a sus guardias, que se acercaron rodeando a Elif, sin dejarle salida.

—No te preocupes —dijo la mujer, sonriendo con crueldad—. No les haré nada a tus amigas. Todavía. Primero me encargaré de ti. Mañana, todo el palacio sabrá que eres una bruja. Mañana, te quemaré viva en la plaza pública. Y cuando estés muerta… entonces iré por ellas una por una.

Hizo una seña a los guardias. Ellos avanzaron. Elif apretó la navaja en su mano, lista para luchar hasta el final, lista para usar todas las habilidades de mil vidas para salir de allí…

…Y justo en ese momento, se oyó el sonido de una espada saliendo de su vaina en la oscuridad de la entrada. Una voz joven, fuerte, furiosa y conocida de todos resonó en el silencio, helando la sangre de todos los presentes:

—Si tocas un solo pelo de su cabeza, os juro por mi alma que os cortaré la cabeza a todos vosotros antes de que amanezca.

Elif giró la cabeza. En la entrada del pabellón, con la espada desenvainada brillando a la luz de la luna, el cabello revuelto por la carrera y los ojos negros ardiendo de rabia, estaba el Sultán Murad. Alto, piel clara, apuesto, sin barba, con esa presencia imponente y arrolladora.

Había oído todo.

Lo sabía todo.

Y el juego, por fin, había cambiado para siempre.

\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=

FIN DEL CAPÍTULO 6

\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=\=

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play