Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
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CAPÍTULO 13: El manual del padre neurótico
La etapa de negación corporativa de Maximiliano Starling duró exactamente cuarenta y ocho horas. Al tercer día, el pánico real, crudo y sin refinar se abrió paso en su sistema, y su respuesta natural ante la pérdida absoluta de control fue la que cualquiera que lo conociera habría anticipado: se volvió tres veces más obsesivo, neurótico y meticuloso.
El sábado por la mañana, la barra de la cocina —ya libre de la cinta adhesiva negra, pero sumida en una tensión completamente nueva— estaba sepultada bajo una muralla de literatura médica. Había no menos de veinte libros con portadas de colores pastel y títulos que Maximiliano había subrayado con marcador fluorescente azul: *El manual del padre del siglo XXI*, *Nutrición intrauterina óptima*, y *Logística del primer trimestre*.
Justo cuando Maximiliano terminaba de configurar las alertas de una aplicación en su teléfono llamada *BabyGrows*, el iPad que estaba sobre la mesa comenzó a sonar con el tono de una videollamada entrante. La pantalla mostró el rostro indignado y perfectamente peinado de Julián, quien no traía su habitual sonrisa de arquitecto sibarita, sino una mueca de profundo agravio.
—¡Son unos traidores de la peor calaña! —dijo Julián en cuanto Valeria presionó aceptar, apareciendo en la cocina arrastrando los pies y todavía en pijama—. ¡Me tuve que enterar por mi primo Gabriel! ¡Por ese chismoso sin remedio! ¿Saben lo humillante que es que mi propio primo político me llame a refregarme en la cara que él sabe antes que yo que voy a ser tío? ¡Está insoportable! Mandó un meme de una cigüeña con un esmoquin al grupo familiar. ¡Estoy ofendido, enojado y exijo una compensación emocional inmediata!
Valeria se apoyó en la barra, soltando una carcajada rasposa mientras abría una bolsa de papitas fritas.
—Ay, Julián, por favor, no seas dramático —le dijo ella, metiéndose dos papitas a la boca—. Estábamos en shock. Además, míralo por el lado bueno, querido: gracias a tu fiesta de cumpleaños y a ese maldito licor exótico de contrabando que nos diste, yo quedé embarazada. Técnicamente, fuiste el autor intelectual del crimen. Deberías estar orgulloso de tu puntería fiestera.
Julián se quedó mudo un segundo, procesando la información. De inmediato, la indignación de su rostro se disolvió, siendo reemplazada por una sonrisa de suficiencia y un brillo de orgullo absoluto. Se acomodó el cuello de la camisa de lino con presunción.
—Bueno... visto desde esa perspectiva arquitectónica, es verdad. Mi fiesta fue el catalizador del año —declaró Julián, inflando el pecho—. El ambiente, la música, el destilado artesanal... todo fue un diseño mío. Así que, bajo esa premisa, les informo las nuevas cláusulas: o soy el padrino oficial de esa criatura, o suelto todo ante la prensa. Le digo a los periodistas de finanzas que su idílico matrimonio comenzó con una frontera de cinta negra en la nevera y camas separadas. Elijan, Starling: o me dan el bautizo o les arruino las acciones.
Maximiliano, que hasta ese momento había estado ignorando la pantalla mientras tecleaba furiosamente en su teléfono, alzó la mirada con los ojos entrecerrados.
—Julián, la extorsión es un delito federal, incluso entre amigos de la universidad. Además, la planificación del comité de padrinazgo requiere una evaluación de perfil psicológico y financiero que aún no he redactado.
—Me importa un bledo tu evaluación, Maxi —rio Julián—. Soy el padrino. Vayan comprándome el traje. Los dejo, voy a restregarle esto a Gabriel en su jeta. ¡Adiós!
La llamada se cortó y el silencio regresó a la cocina, pero no duró más que un suspiro. Maximiliano guardó su teléfono en el bolsillo de su pantalón de lino, giró sobre sus talones y clavó sus ojos grises en Valeria. Sus cejas se juntaron de inmediato en una línea recta de pura desaprobación clínica.
Eran las ocho y cuarto de la mañana. Valeria estaba sentada en el taburete, vistiendo una playera enorme, devorándose la bolsa de papitas con sabor a queso a la que le había vaciado encima una cantidad alarmante de salsa picante embotellada. El tablero de granito ya tenía tres migajas huérfanas flotando cerca de su tazón.
A Maximiliano le empezó a parpadear el párpado izquierdo. Avanzó hacia ella con pasos largos y firmes, como un inspector sanitario en un restaurante clandestino.
—Valeria, detente de inmediato —le ordenó, extendiendo una mano para retirarle la bolsa de papitas, aunque ella la apartó con un movimiento rápido de felino protegiendo su presa—. ¿Eres consciente de lo que estás haciendo? Son las ocho de la mañana. Tu estómago debería estar recibiendo macronutrientes limpios, antioxidantes y grasas saludables. No esa bomba de sodio, colorantes artificiales y conservadores que estás ingiriendo.
—Son mis papitas, Starling. Y mi cuerpo las está pidiendo a gritos —replicó ella con la boca medio llena, mirándolo desafiante—. El bicho tiene hambre.
—El "bicho", como lo llamas de manera tan anticlimática, es en este momento un embrión de exactamente seis semanas —declaró Maximiliano, sacando su teléfono y mostrándole la pantalla con una gráfica interactiva—. Según *BabyGrows*, nuestra criatura tiene actualmente el tamaño exacto de un grano de arroz. Un grano de arroz que está desarrollando su tubo neural y sus cavidades cardíacas básicas. ¡Un grano de arroz, Valeria! No puedes inundar un organismo de ese tamaño con salsa picante de dudosa procedencia. No estás haciendo absolutamente nada por la salud del bebé. Ese embrión necesita nutrientes orgánicos, aminoácidos esenciales, no grasa saturada y sodio de nivel industrial. Estás saboteando el proyecto de desarrollo intrauterino.
Valeria dejó la papita que estaba a punto de morder a mitad de camino. Miró la pantalla del teléfono, donde un pequeño gráfico animado de un grano de arroz parpadeaba amigablemente, y luego miró a Maximiliano, cuya frente estaba empapada de un sudor frío de puro pánico paternal. La rigidez del hombre era tan absurda, tan cómica y tan genuinamente neurótica que Valeria tuvo que morderse el interior de la mejilla para no soltar una carcajada que agravara su migraña matutina.
Se cruzó de brazos, apoyó la espalda en el taburete y lo miró con una sonrisa cargada de una picardía peligrosa. La guerra de perros y gatos acababa de encontrar su nuevo terreno de juego, y ella tenía el control absoluto del tablero.
—¿Así que no estoy haciendo nada, Starling? —preguntó ella, alzando una ceja—. ¿Te parece que estar despierta desde las seis de la mañana porque tu "grano de arroz" me hace devolver hasta el alma en tu inodoro de diseñador es no hacer nada? Estoy fabricando a tu y a mí heredero las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, mientras tú solo lees libritos de colores y miras gráficas en una aplicación. Mi cuerpo está trabajando horas extra sin recibir un solo aumento de sueldo.
Maximiliano tragó saliva, abriendo la boca para dar una réplica basada en el capítulo tres de su manual de paternidad, pero Valeria no lo dejó hablar. Le apuntó con una papita untada en salsa como si fuera un arma cargada.
—Así que vamos a dejar las reglas claras para este segundo trimestre, "cara de iceberg" —sentenció ella con voz de jefa—. Tú eres el socio capitalista de este proyecto, y yo soy la planta de manufactura. Y como yo llevo la carga pesada aquí dentro, tú te vas a encargar de la logística externa. Eso significa que a partir de hoy, tú y tus libritos están a mi entera disposición. Si el grano de arroz quiere sodio a las ocho de la mañana, tú me consigues el sodio. Y si se me antoja algo más raro a mitad de la noche, más vale que tengas las llaves de tu precioso coche listas, porque vas a salir a buscarlo sin rechistar. ¿Nos entendemos, socio?
Maximiliano miró la bolsa de papitas, miró el gráfico del grano de arroz y luego miró la determinación feroz en los ojos de Valeria. Sabía que legalmente estaba atrapado, y que su preciado orden mental dependía ahora de los caprichos de una mujer que consideraba el caos como un estilo de vida.