NovelToon NovelToon
Cicatrices De Seda: Corazón De Loto, Alma De Acero

Cicatrices De Seda: Corazón De Loto, Alma De Acero

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Mei es una joven china, dulce, inteligente y aparentemente ingenua, que viaja a Europa para estudiar y acompañar a su mejor amiga, Sofia. Sin embargo, detrás de su sonrisa cálida y sus modales impecables, Mei esconde un espíritu de guerrera indomable, forjado bajo una estricta disciplina familiar de artes marciales y superación personal.
Su vida se complica cuando conoce al hermano mayor de Sofia, Adrian, un frío, arrogante y desconfiado empresario europeo que le dobla la edad. Incapaz de admitir la atracción inmediata y arrolladora que siente por ella, Adrian la trata con dureza y distancia, intentando convencerse de que solo es una niña caprichosa.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2: Distancia y prejuicios

El amanecer en los suburbios de Londres no trajo consigo el sol, sino una densa bruma que se adhería a la piedra gris de la mansión Vance como un manto espectral. El reloj de pared de la habitación de Mei marcaba las cinco y media de la mañana. Para cualquiera de su edad, aquella era una hora intempestiva, casi cruel, pero para ella era el inicio natural del día. El cuerpo tiene memoria y el de Mei estaba programado bajo el rigor del Templo de los Siete Lotos en Guangzhou, donde el rocío de la mañana era la señal para comenzar el movimiento.

Se vistió rápidamente con ropa deportiva cómoda: unas mallas negras ajustadas que permitían total libertad de movimiento y una camiseta térmica del mismo color. Se recogió el cabello azabache en una trenza firme y alta, asegurándose de que ningún mechón le molestara en la cara. Tras realizar unos estiramientos rápidos en el centro de su habitación, salió al pasillo con pasos tan silenciosos que ni siquiera las viejas maderas de la mansión victoriana se atrevieron a crujir bajo su peso.

Al bajar las escaleras principales, el vestíbulo estaba sumido en una penumbra silenciosa. Solo el suave tictac del reloj del salón rompía la quietud. Mei cruzó la cocina —donde el personal de servicio aún no había comenzado sus labores— y se deslizó por la puerta trasera que daba a los jardines.

El aire frío del exterior la recibió como una bofetada helada que le despejó los pulmones por completo. El césped estaba cubierto de escarcha blanca y una neblina baja flotaba sobre la hierba. Mei caminó hacia la zona despejada que había divisado el día anterior desde su ventana, un claro flanqueado por un muro de piedra cubierto de hiedra y un viejo roble.

Cerró los ojos. Inspiró profundamente por la nariz, reteniendo el aire en el diafragma, y exhaló despacio por la boca. El vaho de su respiración formó una pequeña nube blanca en el aire gélido.

Comenzó con la forma básica del Wing Chun, movimientos lentos y fluidos que servían para calentar las articulaciones y alinear la columna. Sus manos se movían en el aire con una precisión matemática; cada giro de muñeca, cada sutil desplazamiento de su peso corporal, poseía una gracia casi de danza, pero cargada de una fuerza latente. Poco a poco, la velocidad aumentó. Las transiciones se volvieron rápidas, cortantes. Si alguien la hubiera observado en ese momento, habría visto una metamorfosis asombrosa: la muchacha de aspecto dulce y frágil del día anterior se había desvanecido, dando paso a una figura felina, precisa y letal. Su rostro no reflejaba esfuerzo, sino una concentración absoluta, una paz mental que solo se alcanza cuando el cuerpo y el espíritu operan en perfecta sincronía.

Mientras Mei ejecutaba una compleja serie de golpes y defensas imaginarias, ajena al resto del mundo, no se percató de que estaba siendo observada.

En el piso superior, tras el gran ventanal de su suite principal, Adrian Vance permanecía de pie con una taza de café solo en la mano. Vestía un pantalón de chándal oscuro y una camiseta gris de manga corta que revelaba sus brazos fuertemente musculados y cubiertos de sutiles cicatrices, mudos testigos de su pasado en operaciones tácticas. No había podido dormir bien; una extraña inquietud que se negaba a admitir lo había mantenido dando vueltas en la cama.

Al asomarse a la ventana para comprobar el estado del tiempo, su mirada se había congelado en la figura que se movía en el jardín.

Adrian frunció el ceño, dejando la taza sobre la mesa auxiliar sin apartar los ojos de Mei. Su primera reacción fue de incredulidad. Esperaba ver a la amiga de su hermana durmiendo plácidamente hasta el mediodía, atrapada en el cansancio del viaje, o quizás deambulando por la casa buscando señal de Wi-Fi. Pero lo que estaba presenciando era algo completamente distinto.

La fluidez de sus movimientos, la economía de esfuerzo en cada golpe y la perfecta estabilidad de su centro de gravedad no eran las de una aficionada que seguía videos de internet. Adrian, que había entrenado con las fuerzas de seguridad más selectas del planeta y dominaba diversas disciplinas de combate, reconoció de inmediato la maestría en la técnica de la joven. No había movimientos desperdiciados. Cada golpe de Mei estaba diseñado para desviar la fuerza del oponente y contraatacar con la máxima eficiencia.

—¿Quién demonios eres, Mei Zhang? —susurró Adrian, con la mandíbula tensa.

Sentía una molesta contradicción en su pecho. Por un lado, su mente analítica y desconfiada encendió todas las alarmas de seguridad: una joven con ese nivel de entrenamiento físico e intelectual no era una simple estudiante de intercambio. Por otro lado, y para su propio disgusto, la belleza plástica de sus movimientos y la firmeza de su silueta recortada contra la niebla de la mañana le causaron un impacto estético y sensorial que se negó rotundamente a procesar. Su mirada, habitualmente gélida, se encendió con una chispa de fascinación que apagó de inmediato, reemplazándola con su habitual máscara de severidad.

Dio media vuelta, decidido a confrontarla y establecer los límites antes de que la situación se le escapara de las manos.

A las seis y media de la mañana, Mei dio por terminado su entrenamiento. Su cuerpo estaba cubierto por una fina capa de sudor que se evaporaba rápidamente en el aire frío. Realizó una última reverencia hacia el árbol, una muestra de respeto por el espacio que la había albergado, y regresó al interior de la mansión.

Subió a su habitación, se dio una ducha caliente que relajó sus músculos y se vistió para el día. Optó por un pantalón de vestir de talle alto de color negro y un jersey de cuello alto de lana fina de color verde botella. Su largo cabello oscuro quedó recogido en una coleta baja, impecable y sencilla. Parecía de nuevo la estudiante universitaria aplicada y dulce, lista para sumergirse en los libros de texto.

A las siete en punto, tal y como dictaban las estrictas normas de la casa, Mei bajó al comedor principal.

El comedor era una estancia alargada con una mesa de roble para doce comensales. En uno de los extremos, la mesa ya estaba dispuesta con un despliegue de vajilla de porcelana, cubiertos de plata y una variedad de opciones para el desayuno: fruta fresca, pan recién horneado, embutidos, té y café.

Para sorpresa de Mei, Sofia no estaba allí. En su lugar, sentado en la cabecera de la mesa, se encontraba Adrian. Llevaba un traje sastre azul marino de corte impecable, una camisa blanca inmaculada y una corbata de seda oscura. Leía unos informes financieros en una tablet mientras sostenía una taza de café.

Al escuchar los pasos de Mei, Adrian levantó la vista. Sus ojos grises, agudos como cuchillas, se clavaron en ella con una intensidad casi física. Mei no desvió la mirada; le sostuvo el escrutinio con una suave y educada sonrisa mientras se acercaba.

—Buenos días, señor Vance —saludó con cortesía, deteniéndose junto a una de las sillas.

—Buenos días, señorita Zhang —respondió él con su característica voz profunda y carente de calidez—. Veo que es puntual. Un hábito inusual en los jóvenes de hoy. Tome asiento, por favor.

Mei se sentó a una distancia prudencial, dos sillas alejada de él, para respetar su espacio personal. El ama de llaves se acercó de inmediato y le sirvió una taza de té verde que Mei agradeció con una inclinación de cabeza.

—¿Sofia no suele desayunar a esta hora? —preguntó Mei, rompiendo el silencio de manera natural mientras se servía una porción de fruta.

—Mi hermana tiene una relación complicada con las mañanas —replicó Adrian, dejando la tablet sobre la mesa con un golpe seco. Se reclinó en su silla y cruzó los brazos, adoptando una postura de dominio—. Suele despertarse a las nueve, a menos que tenga una clase obligatoria. Es una de las tantas costumbres que espero que usted no adopte durante su estancia aquí.

Mei tomó un sorbo de té, apreciando la temperatura perfecta de la bebida, y luego lo miró con calma.

—No se preocupe por eso. Mi abuelo me enseñó que la mañana es el momento más valioso del día. Quien desperdicia las primeras horas del sol, pasa el resto del día corriendo detrás de su propio tiempo.

Adrian entrecerró los ojos. Detrás de esa respuesta dulce y poética, sintió una firmeza que no encajaba con la timidez que la mayoría de la gente mostraba ante él. Decidió que era el momento de dejar las cosas claras y poner fin a cualquier ilusión de que su estancia en la mansión sería un juego de té.

—Es una filosofía muy pintoresca, señorita Zhang —dijo Adrian, arrastrando las palabras con una condescendencia fría—. Pero hablemos de realidades. No me gusta andarme con rodeos, y menos en mi propia casa. Ayer fui bastante claro, pero hoy quiero ser explícito. No quiero distracciones bajo este techo.

Mei dejó su taza sobre el plato de porcelana, produciendo un leve tintineo. Mantuvo su postura erguida y sus manos descansando sobre su regazo. Su expresión seguía siendo de una paciencia imperturbable.

—¿A qué tipo de distracciones se refiere exactamente, señor Vance?

Adrian se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en la mesa. La cercanía física acentuó la diferencia de tamaño y edad entre ambos; él, un hombre de treinta y dos años en la plenitud de su fuerza y poder; ella, una joven de veinte que parecía una flor de loto en un estanque helado. Adrian pretendía usar esa disparidad para intimidarla, para hacerla sentir pequeña y obligarla a bajar la mirada. Pero Mei no pestañeó. Sus ojos oscuros, profundos y tranquilos, lo miraban con una fijeza analítica que a Adrian le resultó exasperantemente magnética.

—Me refiero a todo —declaró Adrian, con un tono cortante—. Me refiero a que mi hermana tiene la mala costumbre de dejarse arrastrar por impulsos emocionales. Este año académico es crucial para ella, y la llegada de una "mejor amiga" de su época de diversión en China es una variable que no me agrada en absoluto. No toleraré que esta casa se convierta en un centro de reuniones sociales, ni que arrastres a Sofia a salidas nocturnas sin control. Mi personal de seguridad tiene órdenes estrictas de registrar cada entrada y salida. Si decides salir con ese diplomático, Julian, o con cualquier otra persona, lo harás fuera de los límites de mi propiedad y sin involucrar a mi hermana.

Mei escuchó cada palabra con atención. No había rastro de indignación en su rostro, ni de la típica rebeldía juvenil. Su mente, en cambio, estaba registrando los datos con frialdad. Sabía que la arrogancia de Adrian no era más que una proyección de su necesidad de control absoluto, nacida probablemente de la desconfianza y de la responsabilidad de proteger su imperio y a su hermana menor. Y también intuyó algo más: la dureza de sus palabras era demasiado calculada, como si necesitara construir una muralla de frialdad para convencerse a sí mismo de que ella era solo una molestia.

—Entiendo perfectamente sus puntos, señor Vance —respondió Mei con voz suave, pero con una entonación que destilaba una madurez aplastante—. Su deseo de proteger a Sofia y mantener el orden en su hogar es completamente comprensible. Sin embargo, me parece que está asumiendo conclusiones sobre mí sin tener la información suficiente.

Adrian arqueó una ceja, sorprendido por su audacia.

—¿Ah, sí? ¿Y qué información me falta, según tú?

—La de que no soy una variable incontrolable —replicó Mei, sosteniendo su mirada gris con una serenidad pasmosa—. No he venido a Europa a divertirme ni a distraer a Sofia. He venido a estudiar y a cumplir con mis objetivos académicos. No me interesan las fiestas, ni tengo la menor intención de alterar la rutina de su casa. Respecto a mis salidas, le aseguro que soy plenamente capaz de cuidarme sola y de respetar las normas de seguridad que usted considere necesarias. No tiene de qué preocuparse.

Adrian soltó una risa seca, desprovista de humor.

—¿Capaz de cuidarte sola? —repitió, mirándola con una mezcla de burla y superioridad—. Señorita Zhang, Londres no es Guangzhou. Este es un mundo diferente, lleno de personas que no dudarían un segundo en aprovecharse de la ingenuidad de una estudiante extranjera que parece que se asusta con su propia sombra. La dulzura no es una defensa útil en el mundo real.

Mei sintió una leve chispa de diversión en su interior. Le resultaba fascinante ver cómo un hombre tan inteligente podía ser tan ciego debido a sus propios prejuicios.

—La dulzura, señor Vance, a menudo se confunde con debilidad —dijo Mei despacio, midiendo cada palabra—. Pero en mi cultura, el agua es el elemento más suave y, al mismo tiempo, el más poderoso. Puede moldearse a cualquier recipiente, pero tiene la fuerza para desgastar la roca más dura. No subestime lo que no comprende.

Un silencio denso y cargado de electricidad se instaló en el comedor. Adrian se quedó mudo por un instante. La analogía del agua, expresada con una calma tan imperturbable, le golpeó con la fuerza de una verdad incómoda. Sus ojos grises brillaron con una mezcla de molestia y una fascinación que se esforzó desesperadamente por ocultar. Estaba acostumbrado a tratar con políticos corruptos, empresarios despiadados y mercenarios de alto nivel, personas cuyas intenciones podía leer en un segundo. Pero esta joven de veinte años, con su jersey verde y su té de jazmín, le estaba ofreciendo una resistencia intelectual y psicológica que no había previsto.

Para ocultar el impacto que sus palabras y su mirada profunda le habían causado, Adrian recurrió a su arma más familiar: la hostilidad fría.

—Es un discurso muy bonito —dijo Adrian, levantándose de la silla de golpe, lo que provocó que su imponente silueta proyectara una sombra sobre la mesa—. Pero no tengo tiempo para lecciones de filosofía oriental a primera hora de la mañana. Solo recuerda esto: estás bajo mi techo. Si descubro que eres una mala influencia para Sofia o que traes algún tipo de problema a esta casa, te aseguro que no me temblará la mano para cancelar tu estancia y enviarte de regreso en el primer vuelo a China. ¿Está claro?

Mei se levantó también, con una elegancia serena que contrastó con el brusco movimiento de Adrian. Hizo una leve y perfecta inclinación.

—Está perfectamente claro, señor Vance. Le deseo que tenga un día muy productivo en su empresa.

Adrian la miró por última vez, apretando la mandíbula al notar que la joven ni siquiera había parpadeado ante su amenaza. Sin decir una palabra más, dio media vuelta y salió del comedor con pasos firmes que resonaron por el pasillo.

En cuanto las puertas se cerraron, Mei exhaló un suspiro pausado y volvió a sentarse. Una pequeña y casi imperceptible sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios. Adrian Vance era un hombre complicado, lleno de barreras y desconfianza, pero bajo toda esa armadura de arrogancia, Mei había detectado algo más: un hombre que, a pesar de sus rudas palabras, se preocupaba profundamente por los suyos. Y, sobre todo, un hombre que estaba luchando una batalla interna contra la atracción que se negaba a admitir.

—El agua siempre encuentra su camino a través de la piedra —murmuró Mei para sí misma, tomando un trozo de manzana con elegancia.

Unos minutos más tarde, Sofia entró en el comedor arrastrando los pies, vistiendo un pijama de seda rosa y con el cabello ligeramente desordenado. Se dejó caer en la silla junto a Mei con un gemido dramático.

—Dime que mi hermano no estuvo aquí torturándote —pidió Sofia, estirando la mano para coger un cruasán.

—Estuvo aquí, sí —respondió Mei con una sonrisa suave—. Desayunamos juntos.

Sofia la miró con los ojos abiertos de par en par, deteniendo el cruasán a medio camino de su boca.

—¿Desayunaste con Adrian? ¿Y sigues viva? ¿No te ha dado un ataque de pánico? Dios mío, Mei, eres de hierro. ¿Qué te dijo? Déjame adivinar: te dio su charla sobre la seguridad nacional, las reglas de la casa y lo mucho que odia las distracciones.

—Básicamente —admitió Mei, divirtiéndose con la reacción de su amiga—. Me advirtió que no quiere que sea una distracción para ti y que tiene un estricto control de seguridad sobre la casa.

Sofia resopló con indignación.

—Es insoportable. Cree que el mundo entero es una conspiración en su contra. Trabajar en seguridad privada le ha secado el cerebro. No le hagas caso, Mei. De verdad. No dejes que sus comentarios arrogantes te arruinen la experiencia. No tiene derecho a tratarte como si fueras una sospechosa de espionaje.

—No me molesta, Sofia, de verdad. Entiendo que es su forma de cuidar de ti. Además, no es tan terrible. Solo es un hombre muy... estructurado.

—"Estructurado" es una palabra muy amable para describir a un dictador —gruñó Sofia, aunque luego sonrió al ver la calma de su amiga—. Bueno, al menos me alegra ver que no te dejaste intimidar. Sabía que tu paciencia oriental sería tu mejor defensa contra él. Por cierto, hoy es nuestro primer día libre antes de que empiecen las clases formales. ¿Qué te parece si salimos a dar una vuelta por la ciudad? Quiero mostrarte el campus de la universidad y algunos de mis lugares favoritos.

—Me parece una excelente idea —asintió Mei—. Me gustaría mucho conocer el campus.

—¡Perfecto! Déjame ducharme y cambiarnos. Ah, y por cierto... —Sofia bajó la voz con tono conspirativo—, Julian me envió un mensaje esta mañana. Se enteró de que ya habías llegado y quiere invitarnos a almorzar en un restaurante muy exclusivo cerca de la universidad. Dijo que quería darte la bienvenida personalmente.

Mei recordó la mención de Adrian sobre Julian durante su conversación en el desayuno. Aunque Adrian lo había pintado como una distracción peligrosa, Mei prefirió mantener su mente abierta y juzgar por sí misma. Había oído hablar un poco de Julian a través de Sofia; un joven diplomático de excelente familia, educado, atento y poseedor de un encanto que parecía derretir a todas las mujeres de su círculo social.

—Sería un placer aceptar su invitación —dijo Mei de manera educada—. Es muy amable de su parte querer darnos la bienvenida.

—¡Genial! Le diré que sí —exclamó Sofia, levantándose de la silla con renovada energía—. Te prometo que te va a encantar. Julian es un caballero absoluto, todo lo contrario al ogro que tenemos por hermano mayor. ¡Nos vemos en media hora!

Mei vio a su amiga salir corriendo del comedor con una sonrisa. Luego, desvió la mirada hacia el ventanal que daba al jardín. La bruma de la mañana comenzaba a disiparse lentamente bajo una luz grisácea y pálida.

Mei sabía que su estancia en esa mansión no sería sencilla. La presencia de Adrian Vance era una fuerza magnética y tensa que parecía llenar cada rincón de la propiedad. Pero lejos de asustarla, el desafío de convivir con un hombre tan arrogante y desconfiado despertaba en ella una silenciosa determinación. El loto de su espíritu estaba listo para florecer, incluso en las aguas más gélidas y turbulentas del invierno europeo.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play