Aurora Rivas solo quería sobrevivir aquella noche.
Traicionada por su prometido, drogada por su propia familia y perseguida en un hotel de lujo, terminó en brazos de Damian Montero, el hombre más poderoso de la Ciudad de México… y el Alfa de la manada más antigua.
Para Aurora fue una noche que debía olvidar.
Para Damian, fue el despertar de su lobo.
Ella huyó antes del amanecer sin saber que la mordida que dejó en su hombro no era una simple marca, sino el lugar exacto donde una Luna reclama a su Alfa.
Semanas después, Aurora descubre que está embarazada.
No de un bebé.
De cuatro.
Ahora la familia que quiso destruirla quiere arrebatarle lo único que le queda, mientras la manada Montero empieza a inclinarse ante una humana que jamás pidió ser reina.
Aurora no sabe que nació Luna.
Damian sí.
Y esta vez, el Alfa no va a dejar escapar a su pareja destinada.
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Capítulo 2
Capítulo 002: La marca que no debería existir
Damian usó la noche para demostrarle a Aurora que sí podía.
Después, cuando el silencio por fin cayó sobre la habitación, ella ya dormía.
Tenía el cabello revuelto sobre la almohada, los labios hinchados y una mano cerrada en la sábana. Parecía agotada de pelear contra todos: contra Bruno, contra la droga, contra él, contra sí misma.
Damian se quedó sentado al borde de la cama, con la camisa abierta y el cuerpo todavía caliente. Ya no era un muchacho y nunca había pretendido ser un santo, pero al mirar las marcas que había dejado en esa piel demasiado joven, la satisfacción se le volvió incómoda.
Había sido cuidadoso. Eso quería creer.
La realidad, sobre las sábanas blancas, tenía otra opinión.
Aurora se movió apenas y soltó un quejido.
Damian apretó la mandíbula.
—Mierda —murmuró.
Se levantó sin hacer ruido, se vistió y salió de la habitación.
El hotel tenía una farmacia privada para huéspedes importantes. A esa hora estaba cerrada, pero bastó que el empleado de recepción escuchara el apellido Montero para encontrar las llaves con una rapidez admirable.
—Señor, si necesita atención médica...
—Pomada para golpes, analgésicos y toallas limpias.
El empleado tragó saliva.
Damian tomó también suero oral, una bata nueva y una camiseta sellada en plástico. Se detuvo frente a los anticonceptivos de emergencia, no porque dudara, sino porque comprarlos le recordó con una claridad brutal que no sabía nada de ella, salvo su nombre y la forma en que había dicho "no quiero que ellos decidan por mí".
Lo compró. La decisión sería de Aurora cuando despertara.
La dependienta, una mujer de unos cuarenta años, no pudo evitar mirar la marca en su cuello.
—¿También quiere algo para eso?
Damian se tocó el hombro por instinto.
La mordida.
—No.
—Se ve profunda.
—No es problema.
Pagó y volvió a la habitación.
Aurora seguía dormida. La fiebre de la droga había bajado, aunque su piel conservaba un calor terco. Damian dejó las cosas sobre la mesa y se acercó con una toalla húmeda.
—Voy a limpiarte un poco —dijo en voz baja, aunque ella no pudiera oírlo—. Si despiertas y me pegas, lo acepto.
Ella murmuró algo incomprensible y giró la cara hacia la almohada.
Damian limpió primero el rímel corrido bajo sus ojos. Luego las lágrimas secas de las mejillas. Lo hizo con una paciencia rara en él, casi torpe, como si tocarla sin deseo le costara más que todo lo anterior.
Cuando vio los moretones en sus brazos, las marcas de dedos que no eran suyas, la rabia volvió. No tenía nombres, así que pensó en el hombre que la persiguió, en la copa que alguien le puso en la mano, en la habitación de la que ella salió corriendo. Quien hubiera armado esa trampa iba a lamentarlo, pero esa noche Aurora dormía, y eso era más urgente que su furia.
Le puso la camiseta limpia con el cuidado de quien maneja algo que ya rompió una vez y no quiere volver a romper. Después extendió pomada en los moretones visibles, apenas con la punta de los dedos.
Aurora frunció el ceño.
—No...
Damian retiró la mano de inmediato.
—Ya está. No voy a tocarte más.
Ella no despertó del todo.
—Agua...
Él la ayudó a beber dos tragos de suero. Aurora bebió medio dormida, sin abrir los ojos, y volvió a hundirse en la almohada.
Damian se quedó mirándola. Treinta años sin que ninguna mujer le moviera un instinto. Su madre se preocupaba. Sus amigos se burlaban. Su abuelo decía que un Alfa no podía forzar lo que la sangre no reconocía.
Damian siempre había pensado que eran tonterías de viejos.
Hasta esa noche.
Hasta Aurora.
La mordida en su hombro volvió a arder.
Se levantó y fue al espejo del baño. Apartó el cuello de la camisa.
Los dientes de Aurora habían quedado marcados justo donde el hombro se unía con el cuello.
Damian se quedó inmóvil.
Ese punto no era casual.
En la manada, ahí se marcaba a una pareja durante la ceremonia. No un centímetro arriba. No un centímetro abajo.
Una humana no podía saberlo.
Una humana drogada, asustada y furiosa no podía encontrar ese lugar por instinto.
Su lobo, que llevaba media vida seco de silencio, soltó un sonido bajo.
Satisfecho.
Damian apoyó una mano en el lavamanos.
—No empieces.
El lobo no obedeció.
No rugió. No peleó. Solo se acomodó dentro de él como si hubiera encontrado por fin el sitio exacto donde dormir.
Eso fue peor.
Damian volvió a la habitación y se sentó en el sillón, no en la cama. Miró a Aurora hasta que el cansancio empezó a cerrarle los ojos.
—Ni siquiera sé tu apellido —dijo en voz baja.
Aurora no respondió.
Él soltó una risa seca.
—Perfecto, Damian. Muy elegante.
A las cinco y algo, se quedó dormido.
Aurora despertó cuando la luz gris del amanecer entraba por los ventanales.
Al principio no entendió el dolor.
Luego recordó.
El pasillo. Bruno. El hombre de ojos dorados. La cama. Su propia voz preguntando si él no podía.
Se tapó la cara con ambas manos.
—Idiota —susurró.
No sabía si se lo decía a Damian o a sí misma.
Giró despacio y vio al hombre dormido en el sillón. Era demasiado grande para ese mueble. Tenía el ceño fruncido incluso dormido, como si estuviera peleando con alguien en sueños.
La camisa abierta dejaba ver la mordida en su hombro.
Aurora sintió que la cara le ardía.
Lo había mordido.
Por supuesto que lo había mordido.
Porque al parecer su vida no podía volverse un desastre con dignidad.
Se incorporó con dificultad. Le dolía todo: las piernas, la cintura, la espalda, la garganta. También le dolía una parte más profunda, una que no sabía nombrar.
En la mesa vio la bolsa de farmacia.
Pomada. Analgésicos. Suero. Una bata limpia. Una caja de anticoncepción de emergencia.
Aurora se quedó mirando esa caja.
Quiso odiarlo.
Habría sido más sencillo si él hubiera sido un monstruo.
Pero el muy desgraciado había pensado en eso.
—Maldito hombre decente —murmuró, furiosa.
Su vestido estaba arrugado y roto junto a la cama. No podía ponérselo. Su bolsa y su celular no estaban; seguramente Mariana se los había quedado desde antes.
Aurora encontró la bata limpia y se la puso con manos torpes. Luego buscó sus tenis. Dentro de uno, bajo la plantilla, seguía escondida la tarjeta vieja con dinero de emergencia.
Trescientos veinte pesos.
Suficiente para regresar.
No podía quedarse.
Si Damian despertaba, tendría que hablar. Tendría que explicar. Tendría que escuchar su voz y recordar que, por unas horas, se había sentido menos sola con un desconocido que en la casa donde llevaba viviendo doce años.
Eso era peligroso.
Aurora tomó sus zapatos y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, miró una vez más al hombre del sillón.
—Gracias —susurró.
La palabra le pareció pobre.
También le pareció demasiado.
Abrió la puerta y salió.
Una hora después, Damian despertó de golpe.
El silencio fue lo primero.
Luego el olor de Aurora en las sábanas.
Luego la cama vacía.
Se levantó tan rápido que el sillón golpeó la pared.
—Aurora.
Nada.
Revisó el baño, la entrada, el pasillo.
Nada.
La bata limpia ya no estaba. El vestido roto seguía en el suelo. Las medicinas estaban sobre la mesa, intactas.
Damian pasó una mano por su cabello.
Su lobo rugió, esta vez no de deseo sino de furia.
No contra ella.
Contra la ausencia.
Contra la ciudad enorme que acababa de tragársela.
Sobre la almohada encontró una hebra larga de cabello oscuro. La tomó entre los dedos y cerró los ojos; olía a rosas, a lluvia y a una chica que mordía antes de rendirse.
Damian abrió los ojos. El dorado le cubrió las pupilas.
—Mejor que no te encuentre —dijo, con la voz baja y áspera.
Pero incluso mientras lo decía, ya sabía que iba a buscarla.
El único de acero es el abuelo Esteban 😜
ud es querendona y alborotadora 🤭