Clara es una joven valiente que, tras la muerte de su padre y frente a las dificultades económicas de su familia, ve en un trabajo como niñera la oportunidad de cambiar la vida de todos. Es contratada para cuidar de Pedro, un niño pequeño y frágil, en la lujosa e imponente mansión de Enrico, un hombre rico, autoritario y enigmático.
Al principio, Enrico impresiona a Clara con su mirada intensa, sus reglas estrictas y su actitud distante, transmitiendo poder y control en cada gesto. Pero, a medida que Clara se acerca a Pedro, ganándose su confianza y demostrando dedicación y cariño, surge una tensión silenciosa entre ella y Enrico. Entre enfrentamientos y momentos de vulnerabilidad, nace la semilla de un sentimiento inesperado, delicado y peligroso, pues Enrico es tan intenso como misterioso.
NovelToon tiene autorización de Cintia _Escritora para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2
El celular vibra con un mensaje corto:
“Señorita Clara, mañana a las 8h. Condominio Jardim Imperial, casa 25. Busque la entrada social.”
Sin nombres. Apenas un número desconocido.
Al día siguiente, me despierto antes de que salga el sol. Me pongo la ropa más presentable que tengo: un pantalón vaquero oscuro, blusa blanca sencilla y una chaqueta ya algo gastada. Mis zapatos están limpios, pero delatan años de uso. En el camino, mis manos no paran de sudar.
Después de dos autobuses y un metro, finalmente llego a la dirección. Es otro mundo. El barrio noble parece sacado de una revista. Porterías con seguridad, coches importados desfilando por las calles arboladas. Trago saliva y sigo andando hasta llegar delante de un portón inmenso de hierro labrado. El muro es tan alto que mal consigo divisar las copas de los árboles allá dentro.
Aprieto el timbre. El sonido resuena metálico. Algunos segundos después, el portón social se destraba solo. Mi corazón se dispara.
Entro. El camino está bordeado por un jardín impecable, estatuas blancas y una fuente que brota agua cristalina. Al final de la alameda, surge la mansión. Enorme. En estilo romano. Columnas blancas que sostienen la fachada, ventanas inmensas, puertas de madera maciza. Parece escenario de película, y por un instante siento que no debería estar allí.
En la entrada, la misma reclutadora me espera. Impecable en su traje sastre gris, en las manos una tablilla.
– Buenos días, señorita Clara. El tono es seco, profesional.
– Sus exámenes están dentro de lo esperado. En caso de que sea contratada, algunos deberán ser rehechos cada tres meses, otros de forma anual. Es un procedimiento estándar.
Yo apenas muevo la cabeza, tragando la extrañeza de aquello.
– ¡Acompáñeme!
Ella entra en la mansión y yo la sigo. Los corredores de la mansión son anchos, decorados con alfombras persas y lámparas de cristal. Cada paso que doy hace eco, recordándome que yo no pertenezco a este lugar.
– ¡Aquí!
Ella abre una puerta y es una habitación.
Yo entro.
– Cámbiese, por favor. Ella apunta hacia el uniforme doblado sobre el lavabo. Un pantalón sencillo azul marino, de tejido ligero, una camisa del mismo color, acompañado de un delantal blanco.
– Cuando termine, me encuentra en el corredor. Ella sale. Yo cierro la puerta.
Allá dentro, una habitación de tamaño medio, era bastante mayor que la mía. Una ventana que da vista para la entrada de la casa. Y una puerta.
Voy hasta ella y abro... es un baño. Mucho mayor que el baño de mi casa. Un lavabo enorme, todo en mármol blanco, grifo, accesorio todo dorado. Si no es hecho de oro. Una ventana con alguna película que ofusca la visión. Probablemente por la privacidad. El olor a lavanda flota en el aire, todo blanco, limpio, impecable.
Yo vuelvo para la habitación y sostengo el uniforme contra el pecho. Por un instante, pienso en mi madre y en mis hermanos. En el colchón dividido, en la mesa vacía. Suspiro hondo y me cambio. El tejido me aprieta en los hombros, pero al mirarme en el espejo siento que no soy más apenas Clara: estoy a punto de convertirme en parte de la casa de Enrico.
Me cambio rápidamente, doblo la ropa que yo vestía y dejo sobre el lavabo. Abro la puerta y ella estaba parada aguardándome.
En el corredor, la reclutadora me guía hasta una sala amplia, iluminada por luz natural. Hay una TV encendida en dibujos infantiles, sofás de cuero beige, estantes repletos de libros y juguetes cuidadosamente organizados en cajas. En la alfombra suave, sentado con las piernas cruzadas, está el niño.
Pequeño, delicado, de mirada distante. Sujeta firme una ranita de amigurumi y chupa el chupete mientras observa fijamente la pantalla. Sus ojos son grandes, castaños, pero cargan una tristeza inusual para alguien tan pequeño.
– Este es Pedro. La reclutadora presenta, sin agacharse, sin suavizar la voz.
– Es calmo, pero aún no habla. Él apunta hacia objetos. Está siendo acompañado por especialistas. Existe la sospecha de un trastorno, pero aún no hay diagnóstico cerrado.
Ella mira el reloj, impaciente.
– Necesito resolver otras cuestiones. Voy a dejarla con él. Y sale, cerrando la puerta detrás de sí.
Me quedo allí, parada. El silencio es cortado apenas por las voces alegres del dibujo. El niño ni mira para mí. Sujeta la rana contra el pecho como si fuera un tesoro.
Me aproximo despacio y me siento en la alfombra, a una distancia respetuosa. No digo nada. Apenas observo la pantalla junto con él. Un personaje resbala y cae, y una risa se me escapa.
El sonido llama la atención de Pedro. Él me mira de reojo, rápido, curioso. Es la primera reacción.
– A mí me encanta este dibujo. Digo, sonriendo.
Él me encara por más un segundo, después levanta el brazo y muestra la rana. Como si fuera su forma de decir mira esto.
– Qué linda ranita. Yo también amo las ranitas. ¿Puedo sujetar un poquito? Pregunto, extendiendo la mano.
De repente, él la tira contra el pecho, apretando fuerte. El gesto es firme, casi defensivo.
– Disculpa. Digo suavemente, recogiendo la mano.
– Yo solo quería mirar. Es que ella es muy bonita.
Él continúa mirándome. Sus ojos son serios, intensos demasiado para alguien tan pequeño.
– Yo también tengo una ranita. Hablo bajito.
– Gané de mi abuela. Voy a traer un día para que la conozcas.
Por algunos segundos, él no reacciona. Pero aprieta la rana contra el rostro, como si estuviera pensando en lo que yo dije.
Me quedo en silencio, respetando su espacio.
Noté que había una estantería llena de libro. Me levanté y fui hasta ella. Era una colección de libros infantiles.
Yo escojo uno.
Leo, la ranita traviesa.
– Mira Pedro. Un libro que cuenta la historia de una ranita.
Él me mira curioso.
– ¿Quieres que yo lea para ti?
Él mueve la cabeza concordando.
Yo me siento a su lado. Y comienzo a leer.
– Leo es una ranita animada. Adora nadar en la laguna, saltar sobre las plantas...
Intento dar la entonación correcta a las palabras. De manera que genere interés en el niño. Y parece que está dando cierto.
Yo continúo la historia que no es muy grande ni compleja.
Cuando termino la historia, él me muestra la ranita nuevamente.
– ¿Yo puedo ver?
Esta vez él no retrocede. Y mueve la cabeza concordando.
Yo tomo la ranita con cariño. Abrazo y luego devuelvo para él.
– Ella es muy linda. Gracias por dejarme sujetarla.
El restante del día sigo buscando conquistar la confianza del niño. De forma que él se sienta a gusto y seguro conmigo.
Siento, en el fondo, que tal vez ese sea el comienzo.