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El Heredero Del Alfa

El Heredero Del Alfa

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Hombre lobo / Salvar al hijo enfermo
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Violeta. E

En la noche de su compromiso, Aeryn descubre la peor de las traiciones: su prometido y su propia hermana esperan un hijo juntos. Destrozada por el dolor, huye de la corte hacia los jardines olvidados del palacio, donde se entrega a una noche de pasión prohibida con un imponente Alfa desconocido para calmar su tormento. Al amanecer, abrumada por la realidad, recoge sus pocas pertenencias y escapa sin dejar rastro, ignorando por completo que el misterioso hombre al que abandonó en la penumbra es el temido y supremo Emperador Lycan

NovelToon tiene autorización de Violeta. E para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 10.

La distancia entre el gran salón y el ala oeste se sintió eterna.

Aeryn corría por los pasillos secundarios del palacio ducal. Sus zapatos apenas hacían ruido contra los tapices viejos y desgastados de la zona olvidada. La fría corriente de aire del norte se filtraba por las rendijas de las ventanas, pero ella sentía la sangre arder.

El miedo por su hijo superaba cualquier estrategia política.

La Consejera de Hierro calculaba cada variable mientras avanzaba, pero su mente se nublaba. El Emperador Magnus estaba bajo su mismo techo. El Alfa supremo, el hombre cuyo nombre hacía temblar las fronteras del continente, había sentido la resonancia de su propia sangre.

Aeryn empujó la pesada puerta de roble de sus aposentos con brusquedad.

—¡Mara! —llamó en un susurro ahogado, cerrando el cerrojo tras de sí.

La habitación estaba sumida en una penumbra asfixiante. En el centro, la cama de dos plazas emanaba un brillo dorado intermitente, como si una estrella atrapada intentara romper la madera.

Mara estaba de rodillas junto al lecho, sosteniendo un paño empapado en ungüento negro. Tenía el rostro bañado en sudor y los ojos desorbitados por el dolor ajeno.

—Mi lady... no puedo contenerlo —sollozó la Beta, su voz quebrándose por la impotencia—. El inhibidor... el inhibidor se rompió por completo. El núcleo de Ian está respondiendo con demasiada fuerza. Su cuerpo no lo resiste.

Aeryn se arrojó sobre la cama.

Ian se retorcía entre las sábanas de lino. Su pequeño cuerpo de seis años quemaba al tacto, emitiendo una onda de calor que olía puramente a menta helada y ozono antes de la tormenta. Sus párpados se movían con frenesí. Cuando Aeryn le tomó el rostro entre las manos, el niño abrió los ojos.

Ya no eran marrones.

Eran dos brasas de un rojo carmesí idéntico a las del soberano que presidía el salón.

—Me quema, mamá —gimió Ian, una lágrima dorada rodando por su mejilla—. Siento que alguien me está llamando desde la oscuridad. Por favor, haz que pare. Me duele mucho el pecho.

Aeryn miró el frasco de inhibidor concentrado que quedaba en la mesa de noche. Sus dedos temblaron al alcanzarlo. Sabía que una dosis más alta obligaría al poder a esconderse, pero el precio sería nefasto. Podía destruir los canales de energía de Ian. Podía apagar su corazón para siempre.

Miró los ojos sufrientes de su hijo. Escuchó su llanto ahogado.

La lógica fría de la Consejera de Hierro se desmoronó, dando paso al amor puro de una madre. No iba a ser egoísta. No iba a matar a su hijo solo para proteger su secreto o su orgullo.

—No —dijo Aeryn, soltando el frasco, que rodó por la alfombra—. No le daré más de esa porquería. No voy a destruirlo por miedo.

—¿Mi lady? —Mara la miró, asustada—. Si el brillo continúa, toda la guardia imperial vendrá hacia aquí. Descubrirán la verdad.

—Que la descubran —sentenció Aeryn, su voz rompiéndose pero llena de una resolución inquebrantable—. Si el Emperador es el único que puede salvarlo de esta fiebre, entonces tendrá que saberlo. Prefiero mil veces enfrentar la ejecución por traición antes que ver morir a mi hijo en esta cama.

Aeryn subió a la cama y abrazó el pequeño cuerpo ardiente de Ian, intentando traspasarle su propia calma.

—Ya viene la ayuda, mi amor —le susurró al oído, besando su frente empapada en sudor—. Aguanta un poco más. Mamá está aquí. Ya no tienes que esconderte.

No tuvo que esperar mucho.

Un crujido espantoso resonó en la entrada del ala oeste.

El sonido de la madera astillándose y el metal retorciéndose viajó por el pasillo. La guardia oscura del imperio no buscaba sutilezas; derribaban todo a su paso siguiendo el rastro místico.

Aeryn no se movió de la cama. Mantuvo a Ian protegido entre sus brazos, esperando el impacto del destino.

La puerta de la antesala saltó en pedazos.

La comitiva imperial avanzaba como una marea negra. Cuatro caballeros de la guardia oscura, armados con armaduras de placas negras que no reflejaban la luz, aseguraron el perímetro. Lucian y Daphne venían detrás, arrastrando los pies con rostros pálidos, escoltados como prisioneros en su propio palacio, temblando ante el caos.

Y al frente de todos ellos, ingresó él.

El Emperador Magnus.

Su sola presencia en la habitación del ala oeste hizo que las paredes parecieran encogerse. Su capa de terciopelo negro se agitaba con una elegancia destructiva. El aroma a ceniza volcánica y tormenta era tan espeso que llenó los pulmones de Aeryn, pero esta vez ella no luchó contra la opresión. Dejó que sus supresores flaquearan. Dejó que su propio aroma a flores silvestres se liberara en el aire, rindiéndose ante la realidad.

Magnus se detuvo a tres metros de la cama.

Sus ojos rojos carmesí se fijaron en la escena. Su mirada, inicialmente cargada de una furia gélida y sospecha, flaqueó por primera vez en su vida al ver el fulgor dorado que envolvía al niño.

Hubo un silencio absoluto. Los guardias imperiales permanecieron inmóviles como estatuas de piedra.

Lucian miraba todo con la boca abierta, paralizado al notar que el bastardo de su ex-prometida brillaba con la mismísima magia de la corona.

Magnus observó a Aeryn, quien lo miraba desde la cama con los ojos llorosos pero la barbilla en alto, desafiante y vulnerable a la vez. El Emperador alzó levemente una mano, deteniendo a sus guardias. Su agudo olfato Lycan decodificó la mezcla de aromas: las flores silvestres de su Omega perdida, la medicina amarga que ella usaba para esconderse y, sobre todo, el aroma purísimo a menta helada del cachorro que se retorcía de dolor.

—Por los dioses... —el murmullo de Magnus fue una vibración baja, desprovista de su usual arrogancia, cargada de un asombro genuino—. Es mi sangre.

Aeryn apretó a Ian contra su pecho, mirando al monarca directamente a los ojos.

—Está muriendo —dijo ella, dejando de lado los títulos nobiliarios, hablándole de padre a madre—. Su núcleo no soporta la fiebre de crecimiento. Los libros decían que necesitaba a su Alfa progenitor. Si viniste a castigarme por huir, hazlo. Pero sálvalo a él primero. Te lo ruego. Emperador Magnus.

La mención de su nombre en la voz de la Omega pareció romper el letargo del Emperador.

Magnus se movió con una velocidad sobrehumana, cruzando la habitación en un parpadeo. Lucian intentó hablar, pero la sola presión del aura de Magnus lo obligó a cerrar la boca.

El Emperador se sentó en el borde del colchón. Sus grandes manos, cubiertas por guantes de cuero negro, se extendieron con una delicadeza insólita para un guerrero. Apartó con suavidad los brazos de Aeryn y tomó el cuerpo del pequeño Ian, subiéndolo a su regazo.

Al entrar en contacto físico directo, la magia operó.

Magnus liberó su energía Alfa de manera protectora, envolviendo al niño en un capullo de calor reconfortante. La ceniza volcánica y la menta helada se fusionaron en el aire, reconociéndose.

El alivio fue instantáneo. La fiebre de Ian disminuyó a ojos vistas, la piel del niño recuperó su tono normal y los espasmos cesaron. El pequeño soltó un largo suspiro, apoyando su cabecita contra la firme armadura del Emperador. Abrió los ojos lentamente, las pupilas carmesíes brillando con paz antes de tornarse de un marrón tranquilo.

—Ya no duele... —susurró Ian, mirando el rostro severo del hombre que lo sostenía—. Hueles como yo.

Magnus sintió un vuelco inédito en su pecho. Sus dedos acariciaron el cabello negro azabache del niño, tan idéntico al suyo. La fiereza posesiva de su instinto Lycan se encendió, reclamando al cachorro y a la mujer frente a él como su propiedad absoluta ante el universo.

El Emperador levantó la vista hacia Aeryn, quien observaba a su hijo respirar en paz, con las lágrimas corriendo libremente por sus mejillas.

La furia de Magnus por los seis años de engaño seguía ahí, pero ahora estaba mezclada con una fascinación oscura por la valentía de la mujer que prefería entregarse antes que dañar a su hijo.

—Ocultaste al heredero del imperio, Aeryn —dijo Magnus, su voz adquiriendo un tono de posesión tan profundo que hizo eco en las piedras del palacio—. Con tu sacrificio hoy salvaste tu vida, pero no tu libertad.

Miró a sus guardias sobre el hombro.

—Preparen el carruaje imperial de inmediato. Nos marchamos a la capital antes del amanecer.

Lucian, recuperando un hilo de voz, dio un paso desesperado hacia el interior.

—¡Majestad! ¿Qué pasará con el ducado? ¿Qué pasará con la traición de Aeryn?

Magnus se puso de pie con Ian dormido en sus brazos, erigiéndose como una torre indestructible. Miró a Lucian y a Daphne con un desprecio letal.

—El ducado de los Ash queda bajo investigación imperial por alta traición y negligencia contra la corona —sentenció el Emperador, su voz cortando el aire—. Si vuelven a alzar la voz contra la madre de mi hijo, sus cabezas adornarán las picas de la capital.

Aeryn se levantó de la cama, acomodándose el traje gris. Sabía que el viaje a la capital sería el inicio de una nueva batalla, pero al mirar la respiración tranquila de Ian en los brazos de Magnus, supo que había tomado la decisión correcta.

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