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Mi Amante Millonario

Mi Amante Millonario

Status: En proceso
Genre:Amante arrepentido / Amor eterno / Amor prohibido
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Margalo

Un romance que surge entre el jefe de su esposo y la esposa de un hombre incapaz de satisfacer los más profundos deseos de una mujer como ella, al menos como lo hacer su jefe...

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Capitulo 15: 3 Dias

Pasaron exactamente tres días desde aquella noche en que el mensaje había cambiado todo. Durante ese tiempo, Elisa mantuvo una distancia que dejó a Marco totalmente desconcertado y cada vez más desesperado. En la oficina, solo le hablaba de temas estrictamente laborales: le entregaba los informes, le recordaba las citas, le preguntaba por los detalles de los contratos, y nada más. Cuando él intentaba acercarse, rozarle la mano o decirle algo al oído, ella se apartaba con una educación cortante y firme, sin dejarle espacio para nada más.

Al principio, Marco pensó que sería algo pasajero, un mal momento o un enfado sin importancia. Un día, cuando estaban solos revisando unos papeles, se acercó despacio a ella, le pasó la mano por la espalda baja y le susurró con esa voz profunda que siempre la hacía estremecer:

—Deja ya esa actitud, mi vida… sé que me estás evitando. ¿Por qué no vienes aquí y olvidamos los papeles un rato? Sabes lo bien que nos pasa cuando estamos juntos.

Elisa se giró de inmediato, se puso de pie y lo miró a los ojos con una seriedad que nunca antes le había mostrado:

—Señor Marco, estamos trabajando. Le ruego que se mantenga en su lugar y que no vuelva a insinuar nada que no sea propio de nuestro puesto. No estoy aquí para “pasarla bien” a su antojo, sino para cumplir con mi trabajo.

Esa respuesta le golpeó más fuerte que cualquier golpe. Desde ese día, cada intento suyo fue recibido con un rechazo sutil pero imbatible: una mirada fría, una respuesta breve, un cambio de tema inmediato o una excusa perfecta para salir de la habitación. Marco no entendía qué había pasado, no sabía qué decía aquel mensaje, pero la falta de ella lo estaba volviendo loco. Su deseo se mezclaba con una angustia nueva, una sensación de impotencia que no soportaba, porque él no estaba acostumbrado a que le dijeran que no, y mucho menos ella.

La tercera noche, Elisa estaba en su cocina, con el delantal puesto y el pelo recogido en una coleta sencilla, cortando verduras para preparar una sopa de pollo. Luis llegaría tarde, y ella intentaba concentrarse en el sonido de la cuchara moviéndose en la olla para no pensar en nada más. De repente, escuchó el clic suave de la puerta de entrada abriéndose y luego cerrándose despacio. Se giró asustada con el cuchillo en la mano, y se quedó helada: ahí estaba Marco, caminando despacio hacia ella con esa presencia imponente que llenaba toda la casa.

—¿Cómo ha entrado? —preguntó ella con voz temblorosa y firme a la vez—. ¡La puerta estaba cerrada con llave! ¿Qué hace usted aquí? ¡Tiene que irse ahora mismo!

Marco se detuvo a unos pasos de ella, con las manos en los bolsillos del abrigo, mirándola con una intensidad que le recorría el cuerpo entero.

—Tengo mis métodos —respondió con calma, sin inmutarse por su enfado—. Y no me iré hasta que hablemos de verdad. ¿Crees que puedes desaparecer tres días y tratarme como a un extraño sin que yo venga a buscarte? No sabes lo que me has hecho sentir, Elisa.

—No tiene derecho a estar aquí —repitió ella, señalando la puerta con la mano libre—. Por favor, váyase antes de que llegue Luis. No quiero problemas.

—No me iré —dijo él con voz grave, dando un paso hacia ella—. Y no puedes echarme con palabras secas ni con miradas frías. No después de todo lo que hemos sido el uno para el otro.

Se acercó más, y aunque ella intentó mantenerse firme, su porte masculino, su olor, la forma en que la miraba la fueron desarmando poco a poco. Elisa suspiró, resignada a que no podría hacerle cambiar de opinión por la fuerza, y bajó la mirada hacia la olla que hervía suavemente.

—Estoy preparando la cena —dijo con cansancio—. Es sopa de pollo.

Marco miró la comida y luego volvió a mirarla a ella, con una media sonrisa que empezaba a devolverle la seguridad.

—Esa sopa no será tu cena esta noche —dijo con firmeza.

—¿Y cómo sabe usted lo que será o no será mi cena? —le replicó ella, confundida.

—Porque ahora mismo nos vamos al restaurante más exclusivo de la ciudad —anunció él—. He reservado la mejor mesa, con vistas a todo el centro. Y tú vas conmigo.

—¿Está loco? —exclamó ella—. No puedo irme así de la nada, no estoy arreglada, y además…

—Estás recién bañada, hueles a jabón y a limpieza —la interrumpió él, recorriéndola con la mirada—. Solo tienes que cambiarte y ponerte algo bonito. Y sé que tienes cosas hermosas. Anda, no me hagas esperar más.

Elisa negó con la cabeza una y otra vez, poniendo excusas, diciendo que no quería, que no debía, pero la fuerza de su persuasión, esa mezcla de orden y súplica, de autoridad y deseo, fue ganando terreno en su voluntad. Al final, sin saber muy bien cómo, se encontró asintiendo con resignación, pero también con una chispa de emoción que no pudo apagar.

—Está bien —dijo al fin—. Espereme aquí. No se mueva de este sitio.

Subió las escaleras y se encerró en su habitación. Se miró al espejo y sintió que esa noche algo iba a cambiar. Sacó del fondo del armario un vestido de seda roja, tan intenso como el fuego que había entre los dos: ceñido al cuerpo, con un escote elegante pero llamativo, que le llegaba hasta media pierna y se abría ligeramente al caminar. Se arregló el pelo suelto, cayéndole en ondas sobre los hombros, se puso unos pendientes pequeños y se pintó los labios del mismo color rojo ardiente. Cuando bajó despacio las escaleras, Marco se quedó quieto, con la boca entreabierta y los ojos brillantes de admiración y deseo puro. Nunca la había visto así: tan segura, tan hermosa, tan provocativa y elegante a la vez.

—Dios mío… —susurró él, acercándose a la base de la escalera—. No sabía que podías ser aún más hermosa de lo que eras. Ese color te está quemando viva… y me está quemando a mí también. Eres espectacular, Elisa. Nadie en el mundo podría compararse contigo ahora mismo.

Elisa sintió que se le aceleraba el corazón, y por un momento olvidó todo lo demás. Marco le tomó la mano con delicadeza, la acercó a sí mismo y le abrió la puerta de salida con una reverencia llena de intención.

—Vámonos —dijo él—. Esta noche te mereces todo lo mejor que pueda darte.

Y juntos salieron de la casa, dejando atrás el silencio y la distancia de esos tres días, sin saber aún hacia dónde los llevaría ese camino lleno de pasión y secretos.

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