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Una Familia Inesperada para el Mafioso

Una Familia Inesperada para el Mafioso

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Mafia / Venderse para pagar una deuda / Completas
Popularitas:195
Nilai: 5
nombre de autor: Mary Mendes

Ekaterina Popova maduró demasiado pronto. A los dieciocho años, cría sola a su hermana menor Lisbela, una niña con una enfermedad cardíaca que necesita ayuda urgente. Abrumada por las deudas y sin ninguna salida, acepta participar en una trampa contra una poderosa familia de la mafia.

Pero todo se sale de control cuando Viktor Morozov se cruza en su camino.

Frío, arrogante y desalmado, Viktor cree que Ekaterina no es más que una estafadora. La situación empeora aún más cuando ella descubre que está embarazada del hombre que la rechazó sin piedad.

Entre secretos, mentiras, dolor y pasión...
¿Podrá el amor sobrevivir cuando la confianza ya ha sido destruida?
¿O hay heridas demasiado profundas incluso para que el destino las cure?

NovelToon tiene autorización de Mary Mendes para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10 - La duda que no calla

Ekaterina pasa junto a mí como un huracán.

Mi madre va tras ella sin dudarlo.

Claro que sí.

Me quedo ahí.

Con mi padre.

El silencio entre nosotros es peor que cualquier discusión.

Él me mira.

Serio.

— ¿Estás seguro, Viktor… de que ese hijo no es tuyo?

No respondo.

Porque responder exigiría pensar.

Y pensar ahora…

es lo último que quiero hacer.

Paso junto a él.

Directo.

Sin mirar atrás.

Sintiendo la cabeza latirme.

Como si estuviera a punto de explotar.

Porque, por primera vez…

una duda se infiltra.

La duda no me suelta.

Entra conmigo al auto.

Se sienta a mi lado.

Me respira en el oído.

Azoto la puerta y me dejo caer en el asiento, cerrando los ojos un segundo, intentando organizar la cabeza.

Pero solo empeora.

Los recuerdos llegan fragmentados.

Confusos.

Me paso la mano por la cara, irritado, forzando la memoria.

La segunda vez…

Intento recordar los detalles. La habitación. La noche. Lo que vino después.

Pero todo es un borrón.

— Mierda…

Mi mano se cierra en puño.

Golpeo el volante.

— ¡Carajo!

El sonido retumba dentro del auto.

Y entonces…

un detalle regresa.

Pequeño.

Pero suficiente para frenarme en seco.

A la mañana siguiente…

Recuerdo haber visto.

Un condón usado.

Solo uno.

El silencio dentro del auto se vuelve ensordecedor.

Porque eso no responde nada.

Solo empeora todo.

Abro los ojos despacio, mirando la nada frente a mí.

La mandíbula apretada.

La respiración pesada.

Porque ahora…

la duda ya no es pequeña.

Crece.

Se instala.

Y, por primera vez…

ya no estoy tan seguro.

La veo.

Mi madre metiendo a aquella… chica en el auto.

Sin pensarlo dos veces, enciendo el motor.

— No. Esto no se va a quedar así.

La sigo.

Mantengo distancia, pero no le quito los ojos al auto. Cada curva, cada frenada… la sigo.

Voy a poner esta historia en claro.

Salimos de la zona residencial.

Las calles empiezan a cambiar.

Casas más chicas… luego más sencillas… luego deterioradas.

Hasta que llegamos a la periferia.

Conozco este tipo de lugar.

Peligroso.

Olvidado.

El auto se detiene.

Reduzco la velocidad, quedándome más atrás.

La veo bajar.

La rubia.

Sola.

Va hasta una casa sencilla de dos pisos, abre un portoncito de hierro y toca la puerta.

Una señora mayor abre.

Intercambian algunas palabras que no alcanzo a escuchar.

Pienso en bajar.

Ir hasta allá.

Terminar con esto ahora.

Pero entonces

algo me clava en el lugar.

Una niña.

Pequeña.

De unos cinco… seis años como máximo.

Rubia.

Corre y abraza a la mujer con fuerza, como si la hubiera estado esperando.

Mi cuerpo se paraliza.

La escena es… demasiado normal.

Demasiado familiar.

La rubia sonríe de una forma que todavía no le había visto.

Ligera.

Verdadera.

Le agradece a la señora y toma a la niña de la mano.

Las dos se van caminando por la acera.

Así de simple.

Como cualquier otra persona.

Me quedo dentro del auto, observando.

Sin entender por qué no puedo bajar.

Se detienen frente a otra casa.

Peor.

Mucho peor.

Abre un portón viejo y entra con la niña. Antes de cerrar, mira hacia atrás.

Como si lo supiera.

Como si sintiera que la están observando.

El corazón me da un latido más fuerte.

Pero estoy demasiado lejos.

No ve nada.

Y cierra la puerta.

El silencio vuelve.

Me quedo ahí.

Quieto.

Mirando esa casa que se cae a pedazos.

Intentando encajar todo.

La chica del bar.

La mujer que acaba de ser abrazada por una niña.

Nada cuadra.

Nada tiene sentido.

Y eso…

eso me inquieta más que cualquier otra cosa.

Porque, por primera vez…

no sé con quién estoy tratando.

Y tal vez…

eso sea lo más peligroso de todo...

Me quedo ahí parado.

El motor apagado.

El vidrio parcialmente empañado por mi propia respiración.

Y nada pasa.

La casa no cambia. El barrio sigue igual: gastado, silencioso, con esa sensación de que cualquier sombra puede volverse un problema. Observo durante horas, sin moverme realmente. Solo pequeños ajustes de postura, una mirada más atenta aquí, otra allá.

Las luces de la casa se encienden y se apagan en algún momento que no registro.

Después vuelven a apagarse.

Como si la vida ahí adentro siguiera sin prisa, sin culpa, sin saber que está siendo observada.

Debería irme.

Lo sé.

Pero algo me mantiene clavado en el asiento, como si cualquier movimiento fuera a obligarme a enfrentar una respuesta para la que todavía no estoy listo.

Mi celular vibra.

Miro.

Mi padre.

La pantalla ilumina el auto por un segundo, trayendo el mundo real de vuelta como una cuchilla.

No contesto.

Lo dejo sonar.

Una vez.

Dos.

Hasta que para.

Y el silencio regresa aún más pesado.

Me paso la mano por la cara, cansado de mí mismo.

— Mierda…

Susurro.

Enciendo el auto.

Despacio.

Doy la vuelta sin prisa, pero también sin rumbo.

Me voy de ahí.

No porque haya resuelto algo.

Sino porque quedarme tampoco va a resolver nada.

El camino pasa bajo los faros como un borrón continuo.

Necesito olvidar.

Necesito borrar esta escena de mi cabeza, aunque siga volviendo.

La forma más fácil ya la conozco.

Alcohol.

Un bar.

Cualquier cosa que me saque de mí mismo por unas horas.

Mi mano aprieta el volante con fuerza.

— Necesito olvidar… —digo solo, con la voz seca.

Y la imagen de ella vuelve otra vez a mi cabeza.

Ekaterina.

La sonrisa.

La niña, abrazándola.

Todo mezclado, todo mal, todo fuera de lugar.

La mandíbula se me traba.

— Maldita… No voy a hacerme cargo de los hijos de otros… —murmuro.

La palabra sale baja, cargada de rabia y confusión, más como defensa que como certeza.

Acelero un poco más.

La ciudad empieza a aparecer en el horizonte.

Luces.

Ruido.

Demasiada gente para pensar.

Y me dirijo hacia eso.

Porque, ahora, la única forma que tengo de no explotar…

es perderme antes.

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