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La Empleada del Magnate

La Empleada del Magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Mujer poderosa / Niñero / Completas
Popularitas:114
Nilai: 5
nombre de autor: AUTORAATENA

Antonieta, una joven luchadora, acepta trabajar en la mansión de Luke Petronius para asegurar estabilidad y cuidar a su abuela enferma.

Decidida e indomable, entra en conflicto directo con la actitud rígida y controladora de Luke, dentro de un ambiente lleno de reglas y tensión silenciosa.

Entre provocaciones, límites puestos a prueba y una convivencia obligada, ambos se ven envueltos en una dinámica peligrosa donde el poder, el deseo y la resistencia empiezan a confundirse…

NovelToon tiene autorización de AUTORAATENA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4

4 — La Mansión Petronius

Me miré en el espejo a las seis menos diez de la tarde y me quedé paralizada.

No de vanidad. De extrañeza, nada más.

Esa mujer de vestido azul y cabello suelto todavía me tomaba por sorpresa cada vez que aparecía. Tres días después del sábado en casa de Carla y todavía no me había acostumbrado al reflejo. Pasé la hidratación que ella me enseñó en la mañana, dejé el cabello como me mostró, puse el vestido con el cuidado de quien no quiere arrugarlo antes de tiempo y metí el pie en una sapatilla negra que estaba guardada en el fondo del clóset desde quién sabe cuándo.

Tomé la bolsa. Revisé los documentos por cuarta vez. Respiré.

—Ándale, mija. —dijo Abuela Cida desde la sala sin ni siquiera verme, como si hubiera sentido que estaba paralizada en el pasillo.

Fui.

La dirección que Carla me había dado quedaba en una parte del complejo Petronius a la que el autobús no llegaba. Pedí un Uber por primera vez en meses, miré el precio, cerré los ojos, confirmé el viaje y decidí que era una inversión.

El carro dobló en un portón diferente al que había entrado el sábado. Este era más pequeño, más discreto, sin letrero ni placa, solo una caseta con un guardia de uniforme oscuro que revisó mi nombre en una lista antes de abrir la pluma sin sonreír.

Y entonces el carro avanzó por el camino interno y olvidé respirar durante unos treinta segundos.

No era el resort.

El resort era hermoso, sí, pero era un negocio. Tenía esa belleza calculada para impresionar al cliente, para salir en fotos, para hacer que la gente rica se sintiera aún más especial. Esto era diferente. Esto era privado. Era el tipo de lugar que no necesita impresionar a nadie porque no fue hecho para eso.

La mansión apareció al final del camino flanqueado de árboles altos y juro que sentí que mi mandíbula se aflojó.

Era enorme sin ser ostentosa. Piedra clara, madera oscura, ventanas del piso al techo por todos lados, techo a dos aguas que descendía con una elegancia que parecía intencional pero al mismo tiempo inevitable, como si no pudiera ser de otro modo. Jardines al frente cuidados con esa perfección silenciosa, sin una hoja fuera de lugar, sin una flor inclinada hacia el lado equivocado.

Había una escalinata de piedra en la entrada principal con barandal de hierro forjado y dos macetones enormes a cada lado con plantas que no sabía cómo se llamaban pero que claramente eran raras y claramente eran caras.

Todo ahí era así. Perfecto en los mínimos detalles. No la perfección de quien exagera para compensar, la perfección de quien simplemente sabe lo que quiere y tiene los medios para tener exactamente eso.

Esto no era lujo.

Era realeza.

Bajé del carro con el cuidado de quien no quiere perturbar el aire del lugar y la puerta principal ya estaba abierta con una mujer parada en el umbral esperándome.

Glória tenía unos cincuenta y tantos años, cabello canoso recogido en un chongo firme, uniforme oscuro con un pequeño broche plateado en la solapa, porte de quien se pasó la vida entera sabiendo exactamente dónde poner los pies. El tipo de mujer que miras y de inmediato entiendes que esa casa funciona gracias a ella.

—Señorita Giménez. —dijo, no preguntó.

—Así es. Buenas tardes, señora Glória.

Me evaluó por unos tres segundos con ojos que no perdían nada, de esa manera profesional que no es grosería pero tampoco es amabilidad, es solo eficiencia.

—Pase, por favor.

Pasé.

Y casi tropiezo con mis propios pies tratando de no quedarme boquiabierta.

Por dentro la mansión era lo mismo que por fuera multiplicado. Techo alto, lámpara de cristal en el vestíbulo que atrapaba la luz de la tarde y la esparcía en fragmentos dorados sobre el mármol del piso. Una escalera curva que subía al segundo piso con esa dignidad de cosa que nunca va a pasar de moda. Flores blancas en arreglos que alguien seguramente cambiaba cada mañana. Silencio de calidad, de ese que no está vacío sino contenido.

Glória me llevó por un pasillo lateral hasta una sala pequeña y seria con una mesa, dos sillas y una ventana con vista al jardín lateral.

Nos sentamos.

Ella abrió una carpeta, me miró, y empezó.

La entrevista no fue lo que esperaba. No se puso a hacerme las preguntas obvias de RH, de esas de "háblame de tus puntos débiles" que uno ensaya frente al espejo. Me hizo hablar del trabajo de verdad, cómo organizaba mi rutina, qué productos sabía usar, si tenía experiencia con material importado y superficies delicadas, si sabía lavar ropa de tela especial, si podía trabajar en silencio durante horas sin necesitar conversación.

Respondí todo con calma. Sin rodeos, sin inflar, sin minimizar.

Ella fue anotando con esa letra pequeña y precisa, y yo fui notando que no solo estaba escuchando lo que yo decía. Estaba leyendo lo que yo no decía. La postura, la mirada, la forma en que acomodaba las palabras.

Cuando terminó de anotar cerró la carpeta, cruzó las manos sobre ella y me miró directamente.

—Antes de continuar necesito que entiendas cómo funcionan las cosas en esta propiedad.

—Claro.

—Aquí no se habla alto. Nunca. Independientemente de la situación.

Asentí.

—No se habla más de lo necesario. La discreción no es una sugerencia, es una exigencia.

—Entendido.

—No se para a cada rato. El trabajo tiene un flujo y ese flujo no se interrumpe por cansancio, por distracción ni por conversación.

—De acuerdo.

—No se come antes que los señores de la casa. Nunca.

—Sí.

—No se mira dos veces al señor Petronius. Un saludo cordial y los ojos en el trabajo, siempre.

No pregunté por qué. No era el momento.

—No se dice groserías. No se toca nada más allá de lo necesario para la limpieza. No se toman fotos, no se filma ninguna parte de la propiedad sin autorización expresa del señor Petronius.

—Comprendo.

—El uniforme lo provee la casa y debe usarse sin alteraciones. Nada vulgar, nada llamativo. Aquí la presentación es parte del servicio.

—De acuerdo.

—No se le dirige la palabra al patrón ni a ningún invitado más allá de buenos días, buenas tardes, buenas noches. Si hay alguna necesidad relacionada con el servicio, la comunicación pasa primero por mí. Nunca de manera directa.

—Entendido, Glória.

—Y nunca, señorita Giménez, nunca desobediencia. —lo dijo con una calma que pesaba más que si hubiera gritado. — Aquí las reglas no se negocian.

—No tengo costumbre de negociar reglas de trabajo. —respondí en el mismo tono.

Me miró un segundo de más.

Continuó.

—La limpieza del ala este, donde están los cuartos principales, se hace con alcohol y esencia de lavanda. Los difusores de aire de ese ala se abastecen con esencia de canela. El señor Petronius aprecia esos olores y eso no se cambia.

Fue entonces cuando mi estómago decidió traicionarme.

La lavanda ya sabía que era un problema. La canela, en cambio, la canela era el tipo de olor que me llegaba a la nariz y se iba directo a la cabeza en una náusea que no pedía permiso. Hice una mueca involuntaria antes de poder controlarla y cuando me di cuenta Glória ya me estaba mirando con esa ceja levantada.

—¿Algún problema, señorita Giménez?

—No, claro que no, Glória. —sonreí con todo lo que tenía.

Me miró un segundo como quien no descartó nada pero tampoco fue tras ello.

—El resto de la mansión se limpia únicamente con alcohol y lirios. La cocina solo con alcohol, como prefiere el señor, para no interferir con el olor de la preparación de los alimentos.

Respiré discretamente. Los lirios los aguantaba. El alcohol era mi amigo.

—Su función serán los cuartos y los baños de toda la propiedad, incluyendo el área exterior con la zona gourmet y los cuartos adyacentes que sirven de alojamiento para invitados. Todo bajo el mismo estándar. —hizo una pausa. — Hay muchos empleados en esta casa, señorita Giménez. El respeto es la base de todo, con el equipo y con los señores de la casa.

—Siempre ha sido así para mí.

—Cinco días a la semana. —continuó. — Sábado y domingo son descanso, excepto en caso de necesidad de la casa, cuando la convocatoria se hace con anticipación y se compensa debidamente.

—Comprendo.

Cerró la carpeta por segunda vez. Se levantó. Yo me levanté junto a ella de manera automática.

Fuimos en silencio hasta la puerta de entrada y ahí se detuvo, me miró a los ojos con esa seriedad que no era frialdad sino peso, y dijo:

—Hasta mañana, Antonieta. Será un placer trabajar con usted. Traiga los documentos para hacer el registro.

El corazón me dio un vuelco en el pecho.

—Hasta mañana, Glória. Gracias.

---

En el Uber de regreso a casa me quedé mirando por la ventana sin ver nada, con ese cosquilleo de quien está sosteniendo una noticia grande dentro del pecho y todavía no sabe bien qué hacer con ella.

Llegué a casa. Abuela Cida estaba en la sala con el volumen de la telenovela bajo, lo que significaba que estaba más pendiente de la puerta que de la televisión.

Me miró cuando entré. Esperó.

Tiré la bolsa en el sofá, me senté a su lado y me puse seria por unos cinco segundos de puro placer perverso.

—¿Y bien? —preguntó con esa voz de quien está fingiendo calma.

—¿Bien qué, abuela?

—Antonieta.

—¿Hmm?

—Niña.

Dejé pasar dos segundos más.

—Soy la empleada más nueva de los Petronius. —dije. — Y empiezo mañana.

Abuela Cida cerró los ojos por un momento. Los abrió. Y había algo brillando ahí adentro que ella nunca dejaba caer pero que aparecía cuando no podía contenerlo del todo.

—Gloria a Dios, mi niña. —dijo bajito. — Mis oraciones fueron escuchadas.

—Lo fueron, abuela.

—¿Y el salario?

Sonreí.

—Cinco mil dólares al mes. Seguro médico cien por ciento cubierto por ellos, sin descontar del sueldo. Tarjeta de despensa de mil dólares, también sin descuento. Almuerzo en el trabajo todos los días.

La abuela se quedó callada.

—Y sábado y domingo de descanso, pero si me llaman son quinientos dólares solo por aparecer.

Silencio.

—Abuela.

—Aquí estoy.

—Se quedó callada.

—Estoy calculando. —dijo con esa sequedad suya que lo escondía todo por debajo. — Y calculando también por qué esta niña que crié se puso a hacerme suspenso en mi propia sala.

Solté una carcajada que salió más aliviada que animada, de ese tipo de risa que carga un peso que se venía sosteniendo desde hace tiempo.

—Perdón, abuela.

—Nada de perdón. —me tomó la mano, la apretó con esa fuerza que aún tenía a pesar de todo. — Ve a bañarte. La cena ya casi está lista y después a la cama, que mañana es el primer día.

Me levanté.

—Abuela.

—Qué.

—Usted lo sabía, ¿verdad? Desde esta mañana cuando dijo "revelar".

No respondió. Solo giró la cara hacia un lado con esa media sonrisa que creía que yo no veía.

Yo siempre la veía.

Fui al baño sonriendo sola como una idiota feliz.

Y estaba bien ser una idiota feliz por una noche.

*Continúa...*

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