¿Y si el mayor fracaso de tu vida fuera, en realidad, el comienzo de tu historia de amor?
Valeria creyó que reprobar una materia era el fin de su camino. Mientras veía a sus compañeros avanzar, ella tuvo que regresar a un salón que jamás imaginó volver a pisar.
Gabriel, un estudiante que apenas iniciaba su primer semestre de medicina, llegó con la ilusión de cumplir el sueño de convertirse en médico. Lo que no esperaba era encontrar a una joven de mirada melancólica que, sin proponérselo, cambiaría su vida para siempre.
Entre clases interminables, noches de estudio, guardias, cafés compartidos y el peso de una carrera que exige el corazón tanto como la mente, nacerá un amor capaz de demostrar que el destino nunca se equivoca.
Porque hay encuentros que no ocurren por casualidad.
Hay personas que llegan justo cuando creemos haberlo perdido todo.
Y, a veces, la materia que más duele repetir... es la misma que termina enseñándote la lección más importante de tu vida.
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La chica del último puesto
Capítulo 2
La chica del último puesto
Desde aquella mañana, Gabriel comenzó a esperar con impaciencia la clase de Anatomía.
No era precisamente por los huesos, los músculos o las interminables diapositivas del profesor.
Era por ella.
Había algo en Valeria que despertaba su curiosidad. No era la más habladora del salón, ni la que buscaba llamar la atención. Al contrario, parecía esconderse entre los apuntes y el silencio, como si quisiera pasar desapercibida.
Pero Gabriel no podía dejar de mirarla.
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Al día siguiente llegó veinte minutos antes.
Entró al salón con un café en la mano y sonrió al verla sentada en el mismo lugar de siempre.
—Buenos días.
Valeria levantó la vista de su cuaderno.
—Buenos días.
—¿Siempre llegas tan temprano?
—Me gusta estudiar antes de que llegue todo el mundo.
—Eso explica por qué siempre pareces saber de qué habla el profesor.
Ella soltó una risa muy leve.
—No siempre.
—Yo diría que sí.
Gabriel tomó asiento a su lado.
—¿Te molesta si me siento aquí otra vez?
—No.
—Perfecto. Ya somos compañeros oficiales de puesto.
Valeria negó con la cabeza, divertida.
—Tú haces amistad muy rápido.
—La vida es muy corta para no conocer personas interesantes.
Ella bajó la mirada para ocultar la sonrisa.
Hacía mucho tiempo que nadie insistía en hablar con ella de una forma tan natural.
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Los días comenzaron a pasar y, poco a poco, Gabriel encontraba cualquier excusa para acercarse.
—¿Me prestas tus apuntes?
—¿Entendiste lo que explicó el profesor?
—¿Quieres repasar juntos para el parcial?
Siempre había una pregunta nueva.
Valeria empezaba a sospechar que él entendía más de lo que fingía.
Una tarde, mientras salían del laboratorio de anatomía, Gabriel caminó a su lado.
—¿Vas para la biblioteca?
Ella lo miró sorprendida.
—¿Cómo sabes?
—Porque siempre vas.
Valeria sonrió.
—¿Me estás vigilando?
Gabriel levantó las manos en señal de inocencia.
—No... bueno... un poquito.
Ella soltó una carcajada.
Era la primera vez que reía con tanta libertad desde hacía meses.
Y Gabriel sintió que aquella risa había valido cada intento por acercarse.
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En la biblioteca eligieron una mesa cerca de la ventana.
Los libros comenzaron a apilarse frente a ellos.
Después de casi una hora de estudio, Gabriel rompió el silencio.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Depende.
—¿Siempre has querido estudiar medicina?
Valeria cerró lentamente el libro.
—Desde que era una niña.
—¿Por qué?
Guardó silencio unos segundos.
—Porque cuando era pequeña vi a un médico salvar la vida de alguien muy importante para mí. Ese día entendí que quería hacer lo mismo por otras personas.
Gabriel sonrió.
—Sabía que tu respuesta iba a ser bonita.
—¿Y tú?
Él apoyó los brazos sobre la mesa.
—Mi abuelo decía que un médico no solo cura cuerpos. También devuelve esperanza. Desde entonces decidí que quería usar una bata blanca.
Por un instante ambos permanecieron en silencio.
Era la primera conversación que iba más allá de las clases.
Y, curiosamente, se sintió muy natural.
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Cuando salieron de la biblioteca ya estaba oscureciendo.
El campus estaba iluminado por pequeñas luces que hacían del lugar un sitio tranquilo.
Caminaron juntos hasta la salida.
—Gracias por estudiar conmigo —dijo Gabriel.
—Gracias a ti.
—¿Sabes?
—¿Qué cosa?
—Pensé que nunca ibas a hablarme.
Valeria sonrió.
—Yo pensé que te cansarías de insistir.
Gabriel rió.
—Soy bastante terco.
—Ya me di cuenta.
Por primera vez, el silencio entre ellos no resultó incómodo.
Era un silencio lleno de tranquilidad.
Antes de despedirse, Gabriel tomó aire.
—Valeria...
—¿Sí?
—Me alegra que estés en este salón.
Ella sintió un ligero vuelco en el corazón.
No entendía por qué esas palabras la habían conmovido tanto.
—A mí también me alegra haberte conocido.
Gabriel sonrió de una forma que ni él mismo pudo disimular.
Mientras la veía alejarse, comprendió algo que llevaba días intentando negar.
No era simple curiosidad.
No era admiración.
Mucho menos una coincidencia.
Estaba empezando a enamorarse de aquella chica que siempre se sentaba en el último puesto del salón, la misma que ocultaba su tristeza detrás de una libreta llena de apuntes.
Y aunque apenas llevaban unas semanas conociéndose, Gabriel hizo una promesa en silencio.
Haría todo lo posible para devolverle la sonrisa cada vez que la vida intentara arrebatársela.
Sin imaginar que el corazón de Valeria también empezaba a abrir una pequeña puerta que había mantenido cerrada desde hacía mucho tiempo.