Tras un trágico accidente que le arrebató la memoria y su identidad, Estefanía despierta en una vida de opulencia que no reconoce, casada con José, un hombre poderoso cuya devoción raya en la obsesión. Aunque él le asegura que su amor es eterno, las noches de Estefanía están pobladas por sueños fragmentados de un rostro cargado de dolor y promesas rotas.
La estabilidad de su nueva existencia se resquebraja cuando aparece Andrés, un rival empresarial de José decidido a destruir su imperio. Al encontrarse, Estefanía descubre que su corazón late con una fuerza desconocida por ambos hombres. Mientras intenta reconstruir su pasado, se enfrentará a una verdad aterradora: uno de ellos no solo es el dueño de su presente, sino el arquitecto del secreto detrás de su "muerte" anterior.
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capitulo 5
La noche en la mansión no traía descanso, sino una penumbra flotante que se adhería a las paredes de terciopelo esmeralda. Estefanía se sumergió en el sueño no como quien se duerme, sino como quien cae por un pozo de agua helada. Al principio solo hubo el vacío negro de su amnesia, pero pronto el frío dio paso a una atmósfera distinta, densa y cargada de electricidad.
Ya no estaba en la cama de dosel. El suelo bajo sus pies descalzos era asfalto rugoso y húmedo. A su alrededor, las luces de una ciudad nocturna se difuminaban bajo una cortina de lluvia intensa. La tormenta le empapaba el cabello y la ropa, pero extrañamente no sentía frío; sentía una urgencia salvaje que le hacía latir el corazón en la garganta.
Entonces, unos brazos la envolvieron desde atrás con una vehemencia que le cortó el aliento.
No era el agarre simétrico y calculadamente posesivo de José. Esta presión era desesperada, áspera, gobernada por un miedo puramente humano a la pérdida. Estefanía se giró entre esos brazos y sus manos, movidas por una memoria muscular que su cerebro ignoraba, se posaron directamente en las mejillas de un hombre. La luz de un farol lejano recortó su silueta: facciones afiladas, ojos claros que brillaban con una angustia insoportable en medio de la tormenta, y una boca que temblaba contra la suya.
Lluvia y madera. Ese era su aroma. Un olor limpio, terrenal, profundamente real, desprovisto de los perfumes costosos y pesados de sándalo que inundaban su presente.
El contacto de sus cuerpos en el sueño poseía una sensualidad abrasadora y dolorosa. Las manos del desconocido se enredaron en su pelo mojado, tirando sutilmente de ella hacia atrás para mirarla a los ojos. Había una reverencia casi mística en la forma en que sus pulgares delineaban sus labios, como si intentara memorizar el relieve de su boca antes del fin del mundo.
—No dejes que te encuentren —le suplicó el hombre, y su voz, rota, vibrante de una pasión prohibida, se clavó en lo más profundo de su ser—. Prométemelo, pequeña flor. Si te atrapan, te borrarán. No dejes que te encuentren.
El dolor del flashback y la belleza del reencuentro se fusionaron en un espasmo físico. Él la besó con una desesperación hambrienta, un sabor a agua salada, tormenta y despedida que la hizo gemir en el sueño. Era una entrega total, la fusión de dos almas que sabían que el tiempo se había agotado. De pronto, los faros de un coche invisible rompieron la escena con una luz blanca y cegadora. El metal crujió. El asfalto se tiñó de rojo.
—¡No! —El grito desgarró la garganta de Estefanía mientras sus ojos se abrían de golpe.
Se incorporó en la cama con el corazón golpeándole el pecho como un puño cerrado. Estaba empapada en sudor, las sábanas de seda negra enredadas en sus piernas como serpientes. Su respiración era entrecortada, asmática por el terror. El olor a lluvia y madera todavía flotaba en la punta de su nariz, desvaneciéndose dolorosamente con cada segundo de vigilia.
Intentó regular su aire, llevándose una mano al pecho. Fue entonces cuando sintió la vibración en la habitación. Un escalofrío helado le recorrió la espina dorsal.
José estaba allí.
No estaba acostado a su lado. Se encontraba sentado en una butaca de cuero en la esquina más oscura de la enorme habitación, completamente inmóvil, observándola en la penumbra. La luz de la luna, filtrada por las pesadas cortinas, apenas lograba delinear la silueta de sus hombros anchos y el brillo opaco de sus ojos fijos en ella. Llevaba los pantalones del traje pero la camisa desabrochada, revelando el torso firme que subía y bajaba con una lentitud antinatural. ¿Cuánto tiempo llevaba allí, sentado en la oscuridad, mirándola dormir?
—Otra pesadilla, mi vida —dijo José. Su voz no tenía la calidez del día; era un murmullo bajo, plano y gélido que cortó el aire como un bisturí.
Estefanía contuvo el aliento, encogiéndose hacia el centro del colchón. La presencia del hombre en las sombras se sintió de inmediato como una amenaza física, una extensión de la jaula de cristal que la rodeaba.
—¿Por qué no estás durmiendo? —preguntó ella, intentando que el temblor de su voz no fuera evidente.
José se levantó de la butaca. Sus pasos sobre la alfombra fueron mudos, una aproximación felina que privó a Estefanía de cualquier capacidad de reacción. Se sentó en el borde de la cama, hundiendo el colchón y atrayendo el cuerpo de ella hacia su campo de gravedad. Su mano grande, caliente y pesada, se posó en la nuca de Estefanía, subiendo por su cabello húmedo. Los dedos se cerraron con una firmeza que rozaba el dolor, obligándola a alzar el rostro hacia él.
—Porque tu mente viaja a lugares a los que no pertenezco, Estefanía —susurró él, inclinándose hasta que sus labios rozaron la frente sudorosa de ella. El beso fue lento, posesivo, un sello que pretendía reclamar el territorio de sus pensamientos—. Gritabas. Hablabas de promesas. ¿Con quién sueñas cuando te alejas de mí?
La proximidad de su cuerpo, el olor a sándalo que volvía a reclamar el espacio de manera agresiva, asfixió el último rastro del aroma a lluvia de su sueño. José bajó su mano por el cuello de ella, atrapando su pulso acelerado entre el pulgar y el índice, midiendo su miedo con una precisión fría. Su otra mano se deslizó por el muslo desnudo de Estefanía debajo de la sábana, un roce lento, cargado de una sensualidad dominante que exigía sumisión como respuesta al pánico.
—No lo sé… solo eran formas en la oscuridad —mintió ella, clavando las uñas en las sábanas para no apartarse.
—Mejor así —sentenció José, y sus labios buscaron la comisura de la boca de ella en un beso que no admitía réplicas. Era un reclamo carnal, una demostración de que, sin importar a dónde escapara su mente durante la noche, su cuerpo seguía atrapado bajo su control—. Tus sueños me pertenecen, igual que tu presente. Duerme, mi amor. Yo vigilo el silencio.
Estefanía cerró los ojos bajo la presión de su abrazo, pero la orden de no dejarse encontrar, pronunciada por el rostro de la tormenta, se convirtió en su único faro dentro de la mentira que habitaba.