Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capítulo 13: El Rastro Encontrado
La ventisca aullaba como una manada de lobos hambrientos en los límites nevados del Bosque de las Cenizas. La escarcha se pegaba a las pieles de combate de los tres rastreadores de élite de la Manada Colmillo de Plata, congelando el sudor de sus frentes. Sostenían teas encendidas, pero la luz parpadeante del fuego apenas lograba perforar la opacidad de la tormenta.
Jarek, el rastreador principal, se detuvo en seco, hundiendo las botas en la nieve densa. Sus garras de licántropo rasgaron los guantes de cuero por la tensión. Sus dos subordinados se agruparon detrás de él, tiritando, no solo por el frío ártico, sino por el terror primitivo que les dictaba su instinto. Estaban pisando el territorio prohibido del Rey Hereje, un lugar del que ningún lobo de las manadas tradicionales regresaba jamás con vida. Sin embargo, el miedo a su propio Alpha era superior.
—No deberíamos estar aquí, Jarek —masculló uno de ellos, su aliento saliendo en espesas nubes blancas— Si el híbrido nos detecta, nos despellejará vivos antes de que podamos pedir clemencia.
—Cierra la boca —siseó Jarek, sus ojos lobunos brillando con un fulgor amarillo tembloroso— Si regresamos con las manos vacías, el Alpha nos ejecutará a todos de todos modos. No tenemos opción.
El subordinado tragó saliva, mirando hacia la negrura del bosque.
—¿Es verdad lo que dicen en el campamento central? ¿El Alpha realmente está...?
—Está postrado, agonizando —lo interrumpió Jarek con severidad, aunque el pánico en su propia voz era innegable— Fui a la recámara real esta mañana para recibir las últimas órdenes. El Alpha Logan ya no puede mantenerse en pie. Está escupiendo sangre negra y densa cada media hora. La maldición del rechazo le está carcomiendo el núcleo místico desde dentro. Su loba interna se está despedazando porque arrancó el lazo de una verdadera mate.
—Pero... ¿y la Luna Irina? —preguntó el tercer rastreador— Ella es una loba de alta alcurnia, su magia de sangre debería ser suficiente para estabilizar el vínculo de la manada.
Jarek soltó una carcajada amarga que se disolvió en el viento.
—La sangre de Irina no sirve para nada. El chamán de la manada fue claro: el rechazo de un alma gemela biológica es una sentencia de muerte espiritual. La magia de los Colmillos de Plata se está desmoronando, el poder de Logan disminuye a cada segundo y los Alphas rivales ya huelen la debilidad. El chamán nos advirtió que si no encontramos a Astra para que lo perdone y regrese a su cama de inmediato, el Alpha morirá antes del próximo ciclo lunar.
Jarek extrajo de su cinturón un artefacto maldito: una brújula de sangre de latón oscuro. En el centro del dial, una aguja de hueso flotaba sobre una pequeña gota de la sangre reseca que Astra había dejado en el altar el día de su humillación pública.
Hasta hacía unos minutos, la aguja apenas vibraba, apuntando vagamente hacia el destierro. Pero de repente, el artefacto comenzó a vibrar con una violencia tal que el metal quemaba las manos de Jarek. La aguja de hueso comenzó a girar locamente en círculos, descontrolada, antes de clavarse con un golpe seco hacia el corazón profundo del Bosque de las Cenizas.
Al mismo tiempo, una ráfaga de viento barrió la nieve, trayendo consigo una corriente de aire caliente que no pertenecía a esa tormenta. Jarek dilató las fosas nasales, captando el rastro.
Era el olor de Astra: lluvia dulce. Pero ya no era solo eso. El aroma venía mezclado con un almizcle espeso de ceniza mística, ozono y un magnetismo biológico tan abrumador que obligó a los tres rastreadores a hincar una rodilla en la nieve por pura sumisión instintiva.
—No puede ser... —susurró Jarek, con los ojos abiertos de par en par, luchando por respirar— Esto... esto no es el olor de una Omega indefensa. Esto apesta a realeza, a poder puro... a deidad. ¿Qué demonios le ha pasado?
Guiados por la brújula y el rastro asfixiante, los tres rastreadores se adentraron en la espesura, corriendo a velocidad sobrenatural entre los árboles retorcidos. La tormenta parecía abrirse a su paso, no por benevolencia, sino como si el propio bosque los estuviera invitando a entrar para presenciar su propia perdición.
Finalmente, los árboles se ralearon, dando paso a un gigantesco acantilado de piedra oscura. Los rastreadores se arrojaron al suelo, ocultándose detrás de unas rocas congeladas, y alzaron la vista.
El horror los paralizó por completo.
Recortándose contra el cielo nocturno iluminado por una luna llena anormalmente brillante, se alzaban las imponentes y afiladas torres del Castillo de Ceniza. Justo en ese instante, una onda expansiva de energía plateada y visible barrió el cielo desde los jardines inferiores de la fortaleza, haciendo vibrar la atmósfera y disipando las nubes superiores. El aire aún resonaba con el eco sordo de miles de cristales estallando en la distancia.
—Ella está ahí dentro... —articuló el segundo rastreador, el rostro pálido como los muertos— La Omega que desterramos para que muriera congelada... está en el palacio del monstruo.
Jarek comprendió la magnitud de la catástrofe en ese segundo. Astra no solo había sobrevivido al destierro y a las bestias salvajes; el Lazo de Eclipse la había conducido directamente al espécimen más peligroso e inmortal del continente. Estaba bajo la protección absoluta del Rey Hereje. La débil mujer que su Alpha había pisoteado ahora residía en la fortaleza del híbrido ancestral que toda la raza de los lobos temía.
—Esto cambia todo —dijo Jarek, sintiendo un sudor frío recorrerle la columna— El Alpha Logan piensa que solo debe enviar un carruaje para recoger a una vagabunda moribunda. No tiene idea de que se enfrenta a una guerra contra el Rey Híbrido.
Con manos temblorosas, Jarek guardó la brújula de sangre y se giró hacia sus hombres, con la urgencia de la supervivencia grabada en sus facciones.
—¡Retirada! Nos vamos ahora mismo. Hay que informar al Alpha Logan de inmediato. Si los Colmillos de Plata intentan reclamar a Astra por la fuerza sin saber esto, seremos masacrados. ¡Movámonos!
Jarek dio media vuelta para impulsarse y correr de regreso por el sendero nevado, pero sus piernas no respondieron. Su cuerpo se sacudió, bloqueado por una inercia total.
Desconcertado, bajó la mirada hacia sus pies.
El pánico le congeló la garganta. Las sombras proyectadas por los árboles milenarios a la luz de la luna ya no eran estáticas. Las sombras se habían vuelto líquidas, desprendiéndose de la madera y de las rocas como si fueran brea viva y negra. El fluido oscuro ya había trepado por encima de sus botas, enroscándose alrededor de sus tobillos y pantorrillas como cadenas de hierro fundido, fijándolos a la tierra congelada. Por más que forzó sus músculos de licántropo, no pudo mover un solo milímetro. A su lado, sus dos subordinados comenzaron a jadear de terror, atrapados en la misma trampa líquida que comenzaba a ascender deprisa por sus cuerpos.