Valentina tenía 17 años cuando conoció a Lautaro, un amor inesperado que llegó para cambiar su vida para siempre. Entre miradas, promesas y momentos inolvidables, descubrió un sentimiento que creyó que duraría toda la vida.
Pero a veces el amor no alcanza.
Los malos entendidos, las personas equivocadas y las decisiones tomadas demasiado pronto los separaron. Mientras Lautaro siguió adelante con su vida, Valentina intentó olvidarlo, aunque una parte de su corazón siempre quedó en aquel pasado.
Con los años, Valentina construyó una familia junto a Franco, un hombre que le dio amor, estabilidad y un hogar. Se convirtió en esposa y madre, aprendiendo que la vida puede regalarte una felicidad diferente a la que imaginaste.
Pero hay recuerdos que el tiempo no consigue borrar.
Porque algunas personas no desaparecen de tu corazón, aunque pasen los años, aunque cambien las vidas, aunque los caminos se separen.
Y cuando el destino decide volver a cruzarlos...
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Capítulo 13 – La noche que cambió todo
Capítulo 13 – La noche que cambió todo
El tiempo pasó más rápido de lo que imaginaban.
Había pasado casi un mes desde que comenzaron a salir oficialmente y, aunque seguían viéndose solo los fines de semana, la conexión entre ellos era cada vez más fuerte.
Los mensajes ya no eran suficientes.
Necesitaban verse.
Escuchar sus voces.
Sentirse cerca.
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Era jueves cuando Lautaro recibió un mensaje de Martín.
Grupo: "Los de siempre"
Martín: El sábado hacemos juntada en casa de Camila. Después vemos si salimos o nos quedamos ahí.
Bruno: Nosotros vamos.
Sofía: Lleven algo para tomar.
Camila: Y nada de romper cosas como la última vez.
Las respuestas empezaron a llegar una atrás de otra.
Lautaro sonrió.
Sabía que Valentina iba a estar ahí.
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El sábado llegó.
Camila y Martín habían preparado todo.
Había música, algo para comer, cartas sobre la mesa del comedor y un parlante que no paraba de sonar.
Cuando Valentina entró, Lautaro ya estaba esperándola.
Se acercó y la besó sin importarle que todos los estuvieran mirando.
—Te extrañé.
—Nos vimos hace cuatro días.
—Por eso.
Ella rió.
—Sos exagerado.
—Muchísimo.
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La noche avanzó entre bromas y juegos.
Bruno perdió una apuesta y terminó bailando en el medio del living mientras todos se reían.
Hasta Lautaro, que casi nunca hacía chistes, terminó llorando de la risa.
Valentina no podía dejar de mirarlo.
Camila se dio cuenta.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Lo mirás como si fuera el único hombre del mundo.
Valentina sonrió.
—Capaz para mí lo es.
Camila le apretó la mano.
Nunca la había visto tan enamorada.
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Cerca de las dos de la madrugada, la música empezó a bajar de volumen.
Algunos se quedaron conversando en el patio.
Otros entraban y salían de la cocina.
Camila se acercó a Valentina.
—¿Me ayudás a buscar unas cosas arriba?
—Sí.
Las dos subieron.
Mientras tanto, Martín miró a Lautaro.
—Che...
—¿Qué?
—¿Por qué no se quedan un rato cuando todos nos vayamos?
Lautaro levantó una ceja.
—¿Cómo?
Martín sonrió.
—Mis viejos no vuelven hasta mañana.
Bruno entendió enseguida y soltó una risa.
—Qué buen amigo sos.
Lautaro bajó la mirada.
No respondió.
La idea le daba vueltas en la cabeza.
No porque quisiera apurar las cosas.
Sino porque sentía que necesitaba pasar tiempo con ella, sin ruido, sin gente alrededor.
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Más tarde, cuando algunos comenzaron a despedirse, Martín habló con Camila.
Ella entendió el plan enseguida.
—Vale...
—¿Sí?
—Nosotros nos vamos con Bruno y Sofía.
—Bueno.
—Si querés, podés quedarte un rato más.
Valentina miró a Lautaro.
Él hizo un gesto de hombros, como diciendo que la decisión era de ella.
—¿Seguro?
Camila sonrió.
—Segurísima.
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La puerta se cerró.
La casa quedó en silencio.
Por primera vez desde que se conocían, estaban completamente solos.
Valentina caminó hasta el living.
—Qué raro se siente.
—¿Qué cosa?
—El silencio.
Lautaro apagó la música.
Solo se escuchaba el reloj de la pared.
Se sentaron en el sillón.
Hablaron durante horas.
De sus sueños.
De viajes que querían hacer.
De cómo imaginaban su futuro.
En un momento, Valentina apoyó la cabeza sobre el hombro de Lautaro.
—¿Sabés una cosa?
—¿Qué?
—Tengo miedo.
Él la miró.
—¿De qué?
—De enamorarme tanto que algún día me duela.
Lautaro tomó su mano.
—No voy a hacerte daño.
Ella sonrió.
—No lo harías a propósito.
Él sintió un nudo en el pecho.
No sabía por qué esa frase le quedó resonando.
Como si, en algún lugar muy profundo, el destino ya estuviera escribiendo algo que ninguno de los dos podía evitar.
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La madrugada seguía avanzando.
El sueño empezaba a vencerlos.
Martín les había dicho que podían quedarse hasta la mañana siguiente si querían.
Lautaro la miró.
—¿Querés descansar un rato?
Valentina asintió.
Subieron a una de las habitaciones de invitados.
Ella se sentó al borde de la cama.
Lautaro se quedó frente a ella.
No había apuro.
No había presión.
Solo dos personas profundamente enamoradas.
Él le acarició el rostro.
—Te quiero, Vale.
Ella sonrió con los ojos brillosos.
—Yo también te quiero, Lauti.
Se besaron lentamente.
Con calma.
Como si quisieran detener el tiempo.
Esa noche, los dos entendieron que su relación estaba creciendo y que el vínculo entre ellos era mucho más fuerte que una simple atracción.
Sin embargo, también comprendieron que querían seguir conociéndose, respetando los tiempos de cada uno y construyendo su historia paso a paso.
Mientras se quedaban abrazados, ninguno imaginaba que las semanas siguientes traerían personas dispuestas a sembrar dudas donde hasta ese momento solo había confianza. Y que, sin darse cuenta, el amor que parecía tan fuerte empezaría a enfrentarse a la prueba más difícil de todas.