Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.
El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.
Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.
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CAPITULO 14 UAN PROPUESTA QUE NO PEDÍ
El bar estaba lleno de gente que reía y bebía, pero yo no escuchaba nada más que el zumbido en mis oídos y el peso en el pecho que no se iba, por más que intentara ahogarlo. Pedí copa tras copa, y entre tragos le conté a Agustín todo lo que me quemaba por dentro:
—Duele tanto… —decía con la lengua cada vez más pesada—. En la cocina todos gritan, se mueven rápido, y yo solo pienso: ¿qué haría Rosa si viera este plato? ¿Le gustaría el olor de esta salsa? Siento que cada vez que pico una cebolla, cada vez que enciendo la hornalla, lo hago en un vacío que nadie más llena. Me dicen que falta poco, que terminamos el contrato… pero no sé qué hacer cuando se acabe. No sé adónde ir, ni para qué esforzarme tanto si ella no va a estar ahí para probarlo.
Agustín no me interrumpió, solo me escuchó, apretándome la mano cuando la voz se me quebraba. Bebí hasta que el mundo empezó a girar, hasta que perdí la noción del tiempo y de dónde estaba, hasta que todo se volvió oscuro y silencioso.
Cuando recuperé un poco el sentido, sentí que me alzaban en brazos con cuidado. Era Agustín; habíamos tomado un taxi, y ahora caminábamos hacia mi edificio, uno de esos edificios altos de cristal y acero en pleno centro de la ciudad, donde las luces no se apagan nunca. De reojo vi pasar de nuevo ese Lamborghini negro, deslizándose suavemente entre el tráfico antes de perderse en una esquina, pero no tuve fuerzas para pensar en ello.
Me desperté del todo justo cuando llegamos a la puerta de mi departamento. Agustín me bajó despacio, y me quedé mirándolo sin entender muy bien qué pasaba, hasta que de pronto me rompí en llanto y me aferré a su camisa como si fuera el único suelo firme.
—¿Por qué se fue? —sollozaba—. ¿Por qué me dejó sola?
Él me abrazó fuerte, me pasó la mano por la espalda y me limpió las lágrimas con el dorso de los dedos, sin decir nada hasta que me calmé un poco.
—Vamos, acuéstate —me dijo en voz baja, llevándome hasta la cama y cubriéndome con la sábana—. Descansa. No tienes que estar fuerte ahora.
Me quedé allí, mirando el techo oscuro, y así empezó todo: me levantaba sin ganas, me acostaba sin cansancio, pasaba horas sentada en el suelo sin moverme. Lloré toda la noche, escuchando una y otra vez los audios que Rosa me mandaba, viendo sus fotos, tocando la pantalla como si pudiera alcanzarla. A veces me quedaba mirando la nada durante minutos, sin saber qué hora era ni qué día tenía, como si parte de mí se hubiera ido con ella.
A la mañana siguiente me arreglé como pude: me puse el uniforme, me lavé la cara para ocultar los ojos hinchados, y fui al restaurante. Mientras esperábamos que empezara el turno, me senté al lado de Tim.
—Ya falta poco para terminar el contrato —le dije—. Pero no sé qué voy a hacer después.
Él me miró con ternura y me dio una palmadita en el hombro.
—Enrique y yo vamos a fundar nuestro propio restaurante —me contó—. Ya tenemos todo planeado. Nos gustaría que te unieras a nosotros, Camila.
Sonreí, pero no llegó a mis ojos.
—Lo sé, y les agradezco mucho… pero yo quiero lo mío. Es mi sueño, ¿sabes? Trabajaré duro cinco años más, aprenderé todo lo que pueda, y luego abriré el mío: quizás en California, quizás en Canadá, cerca de casa.
Tim asintió, respetando mi decisión.
—Nosotros nos iremos primero a Tailandia —dijo—, para aprender sus técnicas.
—No sé —admití, encogiéndome de hombros—. No quiero aprender otro idioma todavía. Apenas empiezo a sentirme cómoda con el alemán.
Estaba a punto de ponerme el delantal cuando vino un mensajero hasta mí.
—Camila, te buscan en las oficinas principales —dijo.
Fui con el corazón en la boca. Al entrar vi a Raúl, el encargado de Recursos Humanos, y en la pantalla del ordenador estaba el director del restaurante, en videollamada. Y en una silla junto a ellos, un hombre de traje gris, de mirada seria y porte distinguido. Me quedé quieta un instante: su cara me resultaba muy conocida, pero no lograba ubicarlo.
—Siéntate, por favor —me pidió Raúl con voz suave—. Vamos a explicarte algo.
Me senté, y el hombre desconocido habló entonces:
—Soy Roberto, secretario personal del señor Emiliano Fierro —dijo—. ¿Lo conoces?
Cerré los ojos un segundo, y la imagen de ese hombre arrogante del aeropuerto, la noche que me desperté a su lado, pasó por mi mente de golpe. Pero negué con la cabeza.
—No —dije con voz firme—. No me suena.
Roberto asintió sin hacer preguntas.
—El señor Fierro es el hombre más influyente de Alemania —siguió—. Le ha interesado mucho tu trabajo, y quiere que te unas a su equipo. Si aceptas, empezarás mañana mismo.
—No —respondí de inmediato—. No estoy de acuerdo. Tengo contrato con este restaurante, y no puedo romperlo.
Raúl intervino entonces, con una sonrisa amable:
—Señorita, por eso mismo hemos hablado. El señor Fierro se hace cargo de tu liquidación: recibirás el sueldo completo de aquí por dos meses más, sumado al salario que él te ofrecerá, que es muy superior al que ganas ahora.
—Aun así no quiero —insistí, poniéndome de pie—. Me voy del país en dos meses. Ya compré mi boleto de ida. No puedo aceptar trabajar para él.