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Renací para Coronar al Príncipe que Todos Dieron por Muerto

Renací para Coronar al Príncipe que Todos Dieron por Muerto

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Multi-reencarnación / Amor tras matrimonio / Época / El Ascenso de la Reina / Completas
Popularitas:92k
Nilai: 5
nombre de autor: Liora Valcendra

Morí anciana, después de gobernar el reino cincuenta años como reina regente: la mujer más poderosa que ha visto esta corte. Y desperté de golpe con dieciséis, el día en que el rey lee el decreto de mi boda.
Lo recuerdo todo. En mi vida pasada tomé a un sexto príncipe sin nombre ni futuro y, con mis propias manos, lo convertí en rey. Me pagó con la traición. Así que lo enterré y goberné en su lugar medio siglo.
Mi hermana Rosalía también renació. Y cree que el secreto de mi poder fue el hombre. Por eso corre a arrodillarse ante el rey para quedárselo.
Pobre tonta. Nunca entendió nada. Al trono no lo hizo el príncipe. Lo hice yo.
A mí me casan con Adrián, el cuarto príncipe: el favorito del rey, envenenado en secreto por la reina, agonizando mientras toda la corte espera la noticia de su muerte. Me miran con lástima, como si me mandaran a un entierro.
No saben que acaban de entregar al príncipe moribundo a la única persona capaz de salvarlo. Sé de medicina. Sé de venenos. Y esta vez no pienso levantar a un traidor: voy a coronar al hombre que todos dieron por muerto.
Quédate con tu príncipe, hermana. Yo hago reyes.

NovelToon tiene autorización de Liora Valcendra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Capítulo 22 — El banquete nocturno del príncipe Leandro

El príncipe Leandro celebra un banquete y nos incluye en la lista de invitados. Adrián se ha recuperado lo bastante para sostener una velada, y yo no pienso desperdiciar la ocasión de ver de cerca al hombre que, tarde o temprano, será nuestro principal rival por el trono. Así que aceptamos.

El salón está iluminado por decenas de candelabros. Suenan violas en un rincón, corre el vino, y las damas y los caballeros de la corte pasean entre las mesas con esa cordialidad de dientes apretados que es la única sincera en estos sitios.

Leandro nos recibe con una sonrisa perfecta y una copa en la mano.

—Cuarto hermano. Cuánto me alegra verte en pie. —Los ojos, sin embargo, se le detienen en Adrián con la frialdad de quien mide a un enemigo—. Y qué buena cara. Uno diría que nunca estuviste enfermo.

—La bondad del cielo —contesta Adrián, apoyándose en mi brazo con esa languidez calculada que sabe fingir tan bien—. Y los cuidados de mi esposa.

Me lleva del brazo hasta nuestra mesa, junto a la de la princesa Camila, que me recibe con una sonrisa auténtica. Camila, hija de doña Elvira, es de las pocas personas de esta corte a las que puedo llamar amiga sin que se me tuerza la palabra en la boca.

La velada transcurre sin incidentes durante un buen rato. Hasta que el vino empieza a hacer estragos en cierto invitado.

Es el cuñado de Leandro, un tal Nicolás de Ríos: segundón de la casa Ríos, holgazán, envalentonado por el apellido y por media docena de copas de más. Lo veo dar tumbos entre las mesas, la cara congestionada, la mirada torcida, buscando a quién importunar. Y su mirada, para mi desgracia, acaba cayendo sobre mí.

Se acerca arrastrando los pies y planta una mano en el borde de mi mesa para no perder el equilibrio.

—Mucho había oído hablar de la belleza de la princesa —arrastra las palabras, con una sonrisa babosa—, pero verla de cerca es… ay, otra cosa. Ande, hágame el honor, bébase una copa conmigo…

Y alarga la mano hacia mi muñeca.

No me aparto. No hace falta.

—Amaya —digo, sin más.

No he terminado de pronunciar el nombre cuando Amaya ya está encima de él.

Le atrapa la mano que tenía tendida hacia mí, la muñeca entera en un puño, y de un solo movimiento seco se la retuerce hacia atrás.

¡Crac!

El chasquido del hueso al doblarse en la dirección equivocada resuena por encima de la música, que se corta de golpe. Nicolás abre la boca en un grito que todavía no le sale del todo, y en ese hueco Amaya le clava la rodilla en el bajo vientre, con toda la fuerza del cuerpo entrenado detrás.

El aire se le va de un golpe. El grito se le queda a medias, convertido en un gemido ahogado. Se dobla por la mitad y se derrumba sobre las losas del suelo, retorciéndose, con una mano colgando inerte y la otra apretándose el vientre, entre arcadas.

No ha durado más que un parpadeo. Y ha bastado para dejarlo hecho un guiñapo.

Amaya lo suelta y se yergue, sacudiéndose la mano como quien se limpia algo sucio.

—Manos sucias —dice, con voz helada, mirándolo desde arriba—. No están hechas para tocar a mi señora.

El salón entero se ha quedado en un silencio de piedra. Las copas suspendidas a medio camino de los labios. Las damas con la respiración contenida. Nadie se atreve ni a moverse, porque lo que acaban de ver no es una criada que abofetea a un borracho impertinente: es alguien que ha destrozado a un hombre adulto en el tiempo que tarda una vela en parpadear, y con una precisión que da escalofríos.

Alguien, entre los invitados, deja escapar un susurro que se propaga de mesa en mesa: “¿De dónde saca la princesa a una criada así?”. Otro contesta, más bajo todavía, que esa muchacha no maneja las manos como una doncella de dote, sino como quien se ha criado en un cuartel. Los veo cruzarse miradas, incómodos, recalculando en silencio cuánto pesa de verdad la esposa del cuarto príncipe, ese matrimonio que hasta hace nada tomaban por un chiste de la corte.

Leandro se ha puesto de pie de golpe, con la sonrisa borrada de la cara.

Iba a levantarme yo también para decir dos palabras, cuando reparo en un detalle. Antes de venir a por mí, este mismo Nicolás llevaba un rato rondando la mesa de Camila. Y ahora recuerdo lo que vi de reojo y no atendí a tiempo: cómo se había inclinado sobre ella, cómo le había puesto la mano en el hombro, en el brazo, mientras Camila se apartaba tiesa, incómoda, sin encontrar el modo de quitárselo de encima sin montar un escándalo en casa ajena.

De modo que no ha sido solo a mí. También ha ido manoseando a mi amiga delante de todos, aprovechando que es una princesa demasiado bien educada para gritar.

Mejor. Así ni siquiera tengo que fingir que lo lamento.

—Vaya —digo, en voz alta, para que se oiga en cada rincón del salón—. Y yo que pensaba que solo me faltaba al respeto a mí. Resulta que antes se había dedicado a incomodar también a la princesa Camila. —Miro a Camila, que asiente, todavía pálida—. Un hombre que se emborracha y va poniendo las manos encima a las damas de una casa ajena. Qué educación la de los Ríos.

Leandro por fin encuentra la voz.

—Princesa, mi cuñado ha bebido de más. Un exceso lamentable, pero se puede…

—Se puede, ¿qué? —Lo miro sin alterarme—. ¿Perdonar? Príncipe, su cuñado ha alargado la mano hacia la esposa principal de un príncipe, y antes ha estado sobando a una princesa de sangre real en su propia cara. Si esto se perdona con un “ha bebido de más”, mañana cualquier borracho podrá manosear a su propia esposa en el próximo banquete, y usted no tendrá con qué protestar.

Se le tensa la mandíbula. No tiene respuesta, porque no la hay.

En el suelo, Nicolás gime, sujetándose la muñeca destrozada contra el pecho. Por entre los dientes apretados, con la cara empapada de sudor y de lágrimas de dolor, levanta hacia mí una mirada cargada de un odio que no se molesta en esconder.

—Me… me las pagarás —consigue escupir, con la voz rota—. Esto no… no se queda así. Tú y esa perra tuya… lo van a pagar…

—Amaya. —Ni lo miro—. Parece que todavía le quedan fuerzas para amenazar. Debe de ser que no le duele bastante.

Amaya da un paso hacia él, y Nicolás se calla en seco, encogiéndose contra el suelo, tragándose el resto de la amenaza con un quejido.

—Que alguien se lo lleve —digo, girándome hacia Leandro—. Y que lo vea un médico, si quiere conservar el uso de esa mano. Aunque, por cómo ha sonado el hueso, yo no me haría muchas ilusiones.

Dos criados acuden a rastras a recoger al herido. Lo levantan entre gemidos y se lo llevan medio a cuestas, dejando en las losas un reguero de desorden y de vino derramado.

La música no vuelve a sonar. El banquete, en la práctica, ha terminado.

Adrián, que ha seguido todo desde su asiento con una calma perfecta, me tiende la mano cuando vuelvo a la mesa.

—Nos vamos —dice, sin dirigirle una palabra a Leandro—. La velada ha sido… instructiva.

Le doy mi brazo. Al pasar junto a Camila, ella me aprieta la mano un instante, agradecida.

Salimos del salón entre el silencio de los invitados, que se apartan para dejarnos paso sin atreverse a cruzar la mirada con nosotros. Y en el suelo del salón, donde antes se derramó el vino, un hombre acaba de aprender que hay favores que se pagan con la mitad de la vida, y ha jurado, con la muñeca rota apretada contra el pecho, que algún día alguien pondrá esa rabia suya al servicio de una venganza.

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Rose M
Felicidades!!
Olga Perez
así son muchos papás es que lo sabía , pero no podía hacer nada . se hacen güeros.
Olga Perez
nunca falta un roto para un descocido
Olga Perez
el mejor consejo jajaja jajaja jajajaja jajajaja
Maria Cantillo
Aquí comienza el ascenso de un joven moribundo y ojalá tengan poder para meterla presa y hacer justicia
Maria Cantillo
bueno excelente actitud para comenzar está novela aquí vamos por la vida de un futuro 👑
Pao
Excelente historia, 100% recomendada te mantiene entretenida de principio a fin, me encanto 😍
Pao
Hermosa historia no han regalado 😍
Pao
Ya lo sospechaba es ella Isabela😭
Pao
Lo que faltaba, recordo su primera vida en la que fue el rey y esposa de isabela
Pao
Esta princesa es la mera bestia 🤭 es la manda
Juany Barrientos
sospecho que Isabel es una princesa de Solterra
marb
está si es una mujer empodera carajo, la versión 2.0😂😈
marb
madre mía, q mujer, aquí estoy aprendiendo el arte de la guerra 😂🔱
marb
q miedo me da está mujer 😂
menos mal q no estoy en su lista negra 😂😂
Clotilde Diaz Chavez
Excelente historia de época, gŕacias escritora..!! Me gustó mucho los personajes de Isabela y Adrian.
Elba Lucia Gomez
linda y juguetona sta historia felicidades escritora🌟👏
Arely Vazquez
excelente novela!!!!
ampliamente recomendada
una verdaera joya!!!!👌🏻
Arely Vazquez
wey!!!! que emoción!!!!!!
no es la adoptada!! es la Reyna!!!!!
Meeseeks ✧
Él sabe, yo sé, tu sabes, todos sabemos jajaja
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